¿Cómo enfrentar el problema del tiempo?

Juan Ignacio Izquierdo Hubner | Sección: Sociedad

#09 foto 1El tiempo es un gran enigma. ¿Qué es?, difícil respuesta. ¿De quién es?, para esto podemos recurrir al consejo del demonio Escrutopo a su sobrino: “debes, por tanto, conservar celosamente en su cabeza la curiosa suposición: ‘mi tiempo es mío’. Déjale tener la sensación de que empieza cada día como el legítimo dueño de veinticuatro horas. Haz que considere como una penosa carga la parte de esa propiedad que tiene que entregar a sus patrones, y como una generosa donación aquella parte adicional que asigna a sus deberes religiosos. Pero lo que nunca se le debe permitir dudar es que el total del que se han hecho tales deducciones era, en algún misterioso sentido, su propio derecho personal.” (C.S. Lewis en “Cartas del diablo a su sobrino”).

Saber de quién es el tiempo determina toda nuestra conducta. Por ejemplo, un gran amigo, junto con estudiar mucho para sacar adelante su carrera, está trabajando como procurador en un estudio jurídico de renombre. Está feliz, sin embargo hace unos días me confesó: “Jota, de lunes a viernes pienso en el fin de semana, porque ahí puedo –¡por fin!– tener tiempo para mí”. Un segundo amigo, que también tiene una agenda bien intensa, me dijo: “lo que me hace feliz es hacer las cosas por Dios, pues así, cuando descanso, me alegra pensar que después podré servir mejor a los demás”. Dos estilos de vida fundamentados en nociones del tiempo distintas. Para el primero, es algo de lo que puede disponer a su sola voluntad, y sus actividades están al servicio de su persona. Para el segundo, es un don de Dios, y, en coherencia con ello, es feliz en la medida que lo usa para servir a su Dueño y a los demás.

Si no estuviéramos hechos de materia, el tiempo no sería una categoría que conociéramos. Dios, y los ángeles, no están sujetos a este chaleco. Nosotros lo tenemos puesto, y, en idénticas circunstancias, algunos pasan calor, y otros están cómodos: el problema no es de la lana o del diseño, sino de la temperatura corporal de quien lo usa. Es una realidad que nunca, o casi nunca, nos cuestionamos, porque es parte del ADN de la vida. Pero con una palabra es posible resquebrajar el suelo, que aparentaba ser tan firme: muerte. No sabemos el día ni la hora. Hasta el más inteligente, inteligente y exitoso, de los hombres entregará forzosamente su cuerpo a la mesa de los gusanos. ¿A quién no le intriga la eternidad?, pensábamos que el tiempo era nuestro, pero nos topamos con dos grandes limitaciones: siempre termina, y, mientras vivimos, no hay un dominio que nos dé una plena disponibilidad: un padre quiere dormir, y el niño llora; una mujer quiere llegar a destino, y el conductor choca; un niño quiere jugar, y enferma. Es cierto que somos libres, y es justamente esa facultad la que nos lleva a la felicidad o a la confusión: podemos luchar por “nuestros” segundos, o reconocer que son de Dios y entregarnos a su designio. Así, el padre con sueño es feliz consolando a su hijo; la mujer accidentada mantiene la serenidad, e incluso el optimismo; y el niño busca otra cosa con la que poder jugar.

Resistirse a la realidad del tiempo, creyendo que es personal, es como intercambiar los roles del tenedor y del cuchillo. En vez de cortar, pincho con el cuchillo y junto con comer mal, me provoco algunos cortes. Aceptar que es un don que debo administrar en favor de los demás, tiene como fruto la elegancia y alegría de quien sabe comer bien.