Lo que hay que hacer en educación
Gonzalo Letelier Widow | Sección: Educación, Familia, Política
Lo que hay que hacer en educación es, sobre todo y en primer lugar, dejar de decirle a la gente lo que hay que hacer en educación. Renunciar al pontificado de la educación única y dejar –o más bien, incentivar– que aquellos que sí saben de educación, porque la viven cada día, desarrollen e implementen sus propias iniciativas, fomentando de paso la innovación y la investigación, midan sus propios resultados y difundan sus propios éxitos.
El problema de las propuestas educacionales en Chile es que, buenas o malas (y, efectivamente, muchas son muy buenas), siempre son planteadas desde el delirante molde de la unidad y la universalidad. “Lo que hay que hacer en educación” nunca es una mera propuesta particular, sino que significa siempre “lo que todos y cada uno de los colegios de Chile, de modo único y uniforme, debe hacer”. Nuestro debate educativo tiene la estructura mental del tirano, y sus interlocutores razonan como ideólogos iluminados. Incluso cuando tienen razón. Hoy es la educación cívica, antes fueron las horas de música o de historia, mañana serán “los métodos pedagógicos más propios del siglo XIX que del XXI”, pero, en el fondo, al menos desde la reforma curricular de los ’90, el marco es siempre el mismo: un sistema único modelado desde dentro por los planes y programas oficiales del Ministerio, desde fuera por el Simce, desde su término por la PSU y desde su comienzo por la prueba Inicia. Un sistema en el que, en verdad, nunca nos vamos a enterar de qué tan buena sea una idea mientras no sea impuesta forzosamente desde los olimpos ministeriales para todas las escuelas de Chile.
Por eso, en Chile nunca se discute sobre educación, sino del tema “de moda” instalado por el ministerio. Hoy es la carrera docente, ayer el financiamiento, anteayer el sistema finlandés (¡!). Siempre bajo el supuesto implícito, asumido de contrabando, de que hay solo una manera de hacer las cosas. En este esquema, los famosos semáforos de Lavín no fueron más que la concreción derechista de un clásico principio de la izquierda: donde unos quieren una educación-commodity que permita comparar los estándares de calidad para asegurar la libre elección en un mercado perfecto, los otros quieren la educación única del hombre nuevo, y al final, todos obtenemos un sistema educacional totalmente monopolizado por el Estado.
Mientras tanto, la investigación educacional en Chile pena como un fantasma por el desolado páramo de la escuela única. La investigación verdaderamente educativa, esa referida no al financiamiento del sistema o a la distribución socio-económica del alumnado, sino a la didáctica, a la sicología del aprendizaje, a las estrategias relativas a los trastornos del aprendizaje, al diseño curricular, a la formulación de proyectos educativos consistentes, prácticamente no existe.
Dos botones de muestra. En Chile no existe una carrera de Educación, y a nadie le llama la atención. Existen múltiples “pedagogías”, pero no existe un estudio universitario metódico y profundo del problema educacional, semejante al de una Facultad de sicología, filosofía o derecho. En la práctica, las diversas carreras de pedagogía, salvo raras excepciones, se limitan a entrenar implementadores de programas oficiales.
Segundo ejemplo, esta vez simplemente hipotético: ¿habrá algún tipo de relación entre la alarmante hipermedicación de nuestros alumnos y el modo en que formamos a nuestros profesores? ¿De verdad es normal que la mitad de un curso de básica tome ritalín o aradix? ¿Será realmente muy absurdo pensar que un maestro tecnificado, al que se le enseñó que educar consiste en aplicar un método que garantiza resultados, y nunca se enteró de que la educación es sobre todo un arte fundado en la benevolencia hacia el alumno, se queda totalmente privado de recursos cuando el método le falla? En último término, ¿por qué ese niño chileno común y corriente, con problemas de aprendizaje idénticos al de cualquier otro niño en cualquier lugar del mundo, termina en la consulta del neurólogo en vez de en el taller de un psicopedagogo? Probablemente nunca lo sabremos. Y es que, para llegar a enterarnos, tendríamos que contar con verdadera investigación en educación, y la investigación exige libertad.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Chile B, www.chileb.cl.




