La virtud se la puede

Gonzalo Rojas Sánchez | Sección: Educación, Política, Sociedad

#02 foto 1Para colocar a la virtud cívica en el centro del servicio público hacen falta acciones virtuosas.

Se aprende a andar caminando, no hay otro modo. Recuperaremos el sentido moral de los actos de servicio a los demás –dejando atrás la corrupción, la manipulación, la mentira, la vanidad y el odio al adversario– si se difunde desde diversas instancias un conjunto de criterios sobre la virtud y se estimula un conjunto de comportamientos consiguientes.

Para la siembra, en nuestra historia está siempre disponible el ejemplo de Portales como servidor público y el conjunto de criterios y disposiciones que introdujo en aquella naciente vida republicana. Desde fuera, nos llega la vida plena de Vaclav Havel, el checo que presidió por más de una década a ese sufrido pueblo. Si en todas las asignaturas de Historia, Derecho, Filosofía, Ciencia Política, Sociología, Comunicaciones, etc. los profesores sensatos hicieran las oportunas menciones a sus textos, la siembra habría comenzado a recuperar su fuerza. “Cuando echo mi grano no pienso en un trigal inmenso que se levantará del polvo; pienso solamente que mi grano dará una espiga rubia. ¿Para qué pedir más? Que mis hermanos obtengan otras y tendremos pronto una gavilla”, escribía Gabriela Mistral en 1918.

Para los estímulos, una ONG de reconocido prestigio podría premiar al hombre público del mes, destacando siempre alguna de sus virtudes: veracidad, o lealtad, o amistad cívica, o sacrificio por los demás. En paralelo, otra organización podría hacer lo mismo con un ciudadano de a pie, premiando el gesto cívico del mes, algún acto de servicio desinteresado, alguna reacción enérgica para afirmar un derecho o evitar un daño, etc.; y una tercera institución, tarea más difícil, podría escoger el comportamiento periodístico del mes, destacando al comunicador positivo y veraz a la vez, a un hombre o una mujer de radio, tv, prensa o internet, que haya dicho lo que casi ninguno de sus colegas políticamente entregados a causas concretas se atreve a comunicar.

Otras organizaciones –algo de esto se ha hecho ya– podrían levantar voluntariados para la limpieza de grafitis, para la recolección de basuras en el acceso a ciudades, para la organización de corridas familiares, para la visita masiva en un mismo día a hospitales y asilos, para la formación cívica de adolescentes, etc.

Si más encima se pudiera hacer la sinergia entre organizaciones, ciudadanos y comunicadores para difundir bien estas acciones virtuosas, la marea de banalidad comenzaría a retroceder. Ya lo han dicho los sabios: la palabra mueve, el ejemplo atrae y la sangre convierte.