La Política en tiempos de twitter
Enrique Subercaseaux | Sección: Política, Sociedad
Hace algunos años me tocó participar en una conferencia tripartita con Raymond Aaron, Henry Kissinger y Lee Kwan Yew de expositores. Era la época en que comenzaba a usarse el email.
Los expositores argumentaban que en su generación se recibía formación y se estimulaba el debate a través de lecturas y estudios. La generación siguiente, a través de la televisión, con una notable pérdida cualitativa. Y ahora (decían ellos) a través de la modernización de las comunicaciones, ejemplificándolas en el email.
Hemos caído un peldaño más con el uso, ya invasivo de la tecnología twitter, y otras similares, donde la condensación del texto y de las ideas llega a límites exagerados. La síntesis, en la expresión oral y escrita, siempre ha sido una cualidad a la que es muy difícil acceder. Decía un autor español: “No tengo tiempo, por eso escribo textos largos”. Por extensión, la síntesis masiva y generalizada, forzada a través de las herramientas comunicacionales disponibles en las redes sociales, es ya por generación imperfecta, y el mensaje no apela tanto al intelecto sino más bien a la emoción, que es más maleable al uso de los eslóganes, que tanto gustan a los políticos y comunicadores de hoy en día.
El resultado, empero, ha sido contraproducente: la comprensión lectora es cada vez más escasa, el tiempo disponible para absorber mensajes es cada vez más escaso, en un público que ya se ha habituado a los videoclips, cuñas publicitarias y demás herramientas de la mercadotecnia.
Es así, y no debe extrañarnos, que el mensaje político, y la reacción al mismo, se haya degradado a un conjunto de ideas básicas, empaquetadas como eslóganes y estos, a su vez, pretendiendo tener el peso de una verdad cósmica. Y así, comienza el desfile de lugares comunes que han inundado el debate político en la sociedad chilena actual.
Poco debe extrañarnos entonces que una vez que el mensaje haya llegado a su destinatario, y haya producido un suficiente eco social, comience el proceso de desarrollo de iniciativas, leyes o reformas, y que en su periodo gestatorio se enfrenten a toda clase de tropiezos: no hablamos solo de la forma sino que también del fondo y de la relación de estos cuerpos legales en gestación con el universo de normas ya creados.
La cadena imperfecta en que se han generado y transmitido las inquietudes e iniciativas políticas comienza a pasar la cuenta. Particularmente grave es la situación en sociedades profundamente legalistas como la nuestra que padece de una afición desmedida por la dictación de leyes y reglamentos.
Suscitar la razón y la comprensión racional dentro de una sociedad sobre temas que necesitan de un consenso social para su elaboración o reelaboración es una tarde ardua de persuasión y convencimiento, puesto que ya no cuela esto de imponer de buenas a primeras. Los instrumentos para tal proceso no están al alcance de cualquier político o cualquier cuerpo burocrático. Es por ello, entre otras razones, que en la modernidad se prefiere apelar a la emoción y a los sentimientos (es decir a la manipulación explícita o implícita del subconsciente) para plantear cambios o evoluciones dentro de una sociedad. Si a esto se añade la dialéctica populista, tan de moda en nuestro sub-continente, el cóctel no solo es explosivo, sino que los malos resultados están prácticamente garantizados.
Y es así como hemos visto el desarrollo de los acontecimientos en nuestro país desde que asumió el Gobierno de la Nueva Mayoría. Primero fue la Reforma Tributaria: no hubo argumento válido para revisarla a fondo; se aprobó y la economía se estancó. Luego, la Reforma Educacional: desfilaron muchos expertos internacionales por Chile; todos de acuerdo en que estaba mal planteada, mal diseñada y con los énfasis erróneos. Ahora, con parte de ella aprobada, se dan cuenta que no hay como financiarla (otro Transantiago).
La Reforma Laboral misma cosa, y eso que aún está en debate.
La sustitución del estudio razonado, del discurso profundo por el impulso emotivo de las redes sociales no hace más que conducir a la superficialidad, el eslogan, la cuña publicitaria y los resultados están a la vista. Reconducir el debate a cauces más profundos, más consensuados y más acordes con el sentir más atávico de la sociedad es una necesidad imperiosa. Y respecto de las herramientas que pueblan las redes sociales, un uso más creativo de ellas se impone como tarea de bien común.
La conclusión de los tres expositores de mi conferencia fue unánime: la síntesis forzada del mensaje político y de la idea como motor de cambio y evolución facilita la aparición de políticos desaprensivos que están más interesados en sus intereses particulares que en aquellos del colectivo. La emoción en política, en particular cuando se la usa como línea conductora para el mensaje, no solo distorsiona la necesaria reflexión que debe existir en este ámbito, sino que también reduce el campo de acción para la elaboración de políticas que sean socialmente satisfactorias y perdurables en el tiempo.




