El ministro de Educación y el modelo de Hamlet
Germán Gómez Veas | Sección: Educación, Política
A propósito de la iniciativa que esta Administración tiene para un nuevo estatuto docente, el ministro de Educación expresó que esta ya se encuentra “en la puerta del horno”.
¿Experimentará el Estatuto docente una transformación que dé paso a un marco de acción que posibilite a los docentes un desarrollo profesional a la altura de los objetivos que Chile requiere? ¿Habrá una eficaz articulación del desempeño docente con el liderazgo de los equipos directivos? ¿Se les dará autonomía a los Directores para que puedan, realmente, gobernar sus equipos docentes? ¿Habrá, o no, una prueba habilitante para el ejercicio de la profesión docente? ¿La prueba Inicia será obligatoria? ¿Se planteará una carrera profesional que trascienda a la municipalización?
A estas alturas, sólo hay interrogantes, pues el ministro ha elaborado los criterios para nuevo marco de acción profesional docente, por una parte, con un hermetismo inentendible, y, por otra parte, con una ausencia de liderazgo sorprendente.
Esta forma de actuar se asemeja mucho a la que tuvo Hamlet.
En efecto, tal como nos lo describe Shakespeare, Hamlet es un atribulado príncipe que no se atreve a actuar para recomponer las cosas que reconoce se han hecho mal. Su comportamiento vacilante y a ratos irracional, lo va encaminando trágicamente a un final lóbrego que afecta injustamente a numerosos inocentes. Sin embargo, el literato inglés presenta la actitud confusa y negligente de este príncipe junto a otras formas de razonar y actuar que, como contrapunto, posibilitan advertir con más claridad las nefastas consecuencias en que terminarán aquellos que habiendo sido convocados a recomponer con su liderazgo el devenir de los hechos, finalmente optan por un camino errático que desfigura completamente el horizonte reconocido como valioso desde el comienzo, antes siquiera de empezar a caminar. Es el caso, por ejemplo, de Apolonio, quien con gran sabiduría aconseja a su hijo respecto de lo que tiene que hacer para que su actuar sea honesto, valioso y nunca se exponga a ser apuntado como sospechoso. En lo medular, le exhorta con seguridad a la vez que con seriedad: “Sé fiel a ti mismo, y a eso seguirá, como la noche al día, que no podrás ser entonces falso para nadie”.
A nuestro entender, si el ministro de Educación siguiera el prudente consejo, estaríamos con una mejor posibilidad de razonar acerca de los objetivos que esta Administración quiere proponerle al país respecto del desarrollo profesional docente. Además, al saber a qué atenernos se podría contar, en paralelo, con los aportes tanto de expertos como de los actores directamente involucrados. Incluso se podrían considerar, con serenidad, diversas alternativas.
Es que el desarrollo profesional docente es un pilar substantivo de la reforma escolar y no se puede evitar definirlo con altura de miras, con amplio consenso, respetando los procesos democráticos que exigen un ritmo, amplia participación y compromiso activo de los principales actores, sin temor a rechazar todas las fallas y con el liderazgo necesario que permita recomponer o proponer las ausencias que con el tiempo han revelado las normativas aún vigentes.
En resumidas cuentas, el ministro no debería seguir el modelo de Hamlet. En su lugar, le convendría hacer caso a Polonio, porque esta administración debe hacer todo lo posible para restablecer la confianza, la credibilidad y el respeto imprescindibles para acometer el desafío de proponer un sistema educativo digno.




