Un país común y corriente

Manfred Svensson | Sección: Educación, Sociedad, Vida

#03-foto-1-autorQue Chile es el país más desigual del mundo; que Chile es el único país en el que el Estado financia proyectos educativos con lucro; que no hay un país tan estafado como Chile; que es el país más odiado del continente, el más conservador o el con mayor segregación. Respecto del valor de este tipo de afirmaciones, haremos bien en cultivar el mayor de los escepticismos. Todos sabemos cuánto depende de qué variables se destaca, de con quiénes uno se compara. Son frases que pueden tener, es cierto, una validez limitada: tras décadas cacareando lo contrario (Chile la Inglaterra del continente, y esto en infinitas variantes), ciertamente nos puede abrir los ojos a muchos problemas el que haya alternancia entre las generalizaciones que vamos a proferir.

Pero si uno de verdad quiere saber cómo está su país, querrá dejar de lado esta retórica tanto en la versión que nos exalta como en su versión autoflagelante. Después de todo, es sólo nuestra condición provinciana la que nos permite creer unas u otras variantes de “Chile, el país más x”. Provincianos. Eso sí somos. No se trata, en efecto, de negar que cada país tenga ciertos rasgos menos o más acentuados (lea, por ejemplo, a Fábrega sobre nuestra condición de “pillos), y nuestra marginal ubicación en el mapamundi bien puede explicar que estemos dispuestos a creer toda clase de cosas sobre nosotros –precisamente porque ignoramos soberanamente a los otros, que están todos tan lejos–.

Los países se parecen mucho más entre sí que lo que nos gusta imaginar (la frase que empieza “sólo en Chile” está virtualmente siempre condenada a terminar mal). Y cuando hay peculiaridades, los pocos países que se nos parecen no son siempre los que imaginamos. Tómese eso del único país sin apoyo estatal a la educación con lucro. Ocurre que no es así, y entre nuestros pares se encuentra no Burkina Faso sino Suecia. Pero valga como consuelo que también ellos son provincianos: hace poco leí un artículo en el que se quejaban por ser el único país del mundo que admite esta práctica. Ya ve usted que ni siquiera somos el único país provinciano del mundo.

O lea a Tomás Henríquez sobre el mito de Chile como uno de los cinco países retrógrados que no admiten el aborto: ocurre que en los 61 países en que es autorizado con restricciones, se trata de restricciones muy similares a las que bajo otro lenguaje (el del doble efecto o voluntario indirecto) se admite en estos cinco países…

De más está decir que lo anterior no constituye un argumento a favor del lucro ni un argumento en contra del aborto. Pero constituye un argumento a favor de los argumentos. Constituye un argumento a favor de que dejemos todos la retórica del “país más x”, para enfrentar cada problema con su debida complejidad y en sus debidas dimensiones.

Somos un país común y corriente, y como todos esos países somos un país con muchas anormalidades. Algunas de ellas claman al cielo, otras son peculiaridades tolerables y otras hasta buenas. Y no está mal recordar, para cuando nos andemos comparando, que dentro de los países comunes y corrientes somos todavía de los relativamente pobres: no sea que quejándonos porque aún no somos como Noruega, e implementando a la fuerza políticas que nos hagan parecer como ella, terminemos mucho peor de lo que estamos.

Podrá responderse que siempre es mejor errar por ese lado de compararnos con países ricos, y que lo contrario lleva a adoptar una actitud complaciente. Pero yo diría que nuestros problemas en sus dimensiones reales ya son suficientemente graves como para sacarnos de la complacencia.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Chile B, www.chileb.cl.