El silencio de la derecha

Joaquín Fermandois | Sección: Historia, Política, Sociedad

#07-foto-1Se entiende en referencia a su “receso” entre 1973 y 1983, como si no tuviera razón alguna de existir. Aunque es difícil desconocer la significación de esa larga década de mutismo, quizás es más decidor colocarlo en el contexto de otros silencios de la derecha. En realidad fue el segundo silencio. En la historia contemporánea, el primer silencio fue el de la noche del 4 de septiembre de 1970 y se prolongó por más de dos meses. No es para la política ni para el servicio público –y esto también toca a Jorge Alessandri– aquel que no puede modular palabra tras una derrota. Este silencio se eternizó por más de dos meses, ¡y qué meses! Esto es más que una casualidad o un aturdimiento momentáneo. Hay una debilidad a la que atender.

El tercer silencio se hizo notar para los 40 años de 1973. Primero porque la derecha no desarrolló explicaciones y ni siquiera percibía la necesidad de dar explicaciones, aunque tendría algunos buenos argumentos; segundo, porque el Presidente Piñera la aferró por el cuello al hablar de la comentada expresión de “cómplices pasivos”, por puro cálculo político (no creo que le sirva por esto, pero es evidente que no fue una proclamación de principios personales; si era esta la intención, la debió plantear y hubiera sido bueno hacerlo en 1989, cuando transitó legítimamente del mundo DC a RN).

El cuarto silencio, gran paradoja, es el vacío de ideas del que ahora nos toca ser testigos. Se entendía un momento de retiro después de la derrota estrepitosa (lo fue, porque no había razón material para que lo fuese tanto) y buscar una salida a la crisis, en cierta manera autoinfligida. El gran historiador Arnold Toynbee ponía como rasgo central de la creatividad de las civilizaciones el momento ese en que los actores después de una derrota o yerro –no importa si leve o catastrófico– se retiran a cavilar y diseñar una respuesta, y más tarde retornan a la acción. Si así fuese para la derecha, en buena hora.

Uno sospecha que, en realidad, aquí se les ha pasado la mano en lo del retiro. No se puede desconocer que un mérito del frenesí de transformaciones propuestas es que se están debatiendo con intensidad todos los grandes temas que caracterizan la vida pública de los tiempos actuales, en Chile y en el mundo, nos complazca o no lo que sucede. De la derecha no ha surgido hasta el momento casi nada que tenga un sentido estratégico, entendiendo, por supuesto, que hay varias derechas, y que la polaridad entre conservadores y liberales le es insoslayable, y además, creo, necesaria y saludable. Sin embargo la cacofonía actual, desordenada, intermitente y carente de estrategia condena a este sector a la esterilidad política. La fecundidad en este plano es la razón de su existir, como para cualquier sector político.

En contrapartida, inesperadamente ha emergido una multiplicación de voces de una sociedad civil que en general se manifiesta a través de la derecha reciente, la que surgió en los años 80, y que le ha dado peso al debate. Más inesperadamente todavía, surgieron voces de otras vertientes que han desarrollado críticas u observaciones, que encienden tanto alertas como apuntan a puntos de fuga que no desmienten, pero otorgan sensatez y profesionalismo a metas sustanciales que propone el actual gobierno. En este debate contemporáneo –en la educación, en el sistema tributario y en los valores en torno a la vida y autonomía– afloró una voz más compleja y más responsable que lo que sugería el debate público restringido a la clase política y a los llamados movimientos sociales, que a veces posaban de iracundos. Esta nueva creatividad que afloró quedaría amputada sin su analogía en la derecha en sus diversas aleaciones.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.