Susanna Tamaro y la vejez
Gonzalo Carrasco A. | Sección: Arte y Cultura, Sociedad, Vida
La escritora Susanna Tamaro es un personaje extraño y especial. Vive en el campo, rodeada de animales, flores y árboles, se autodefine como una antimoderna que prefiere escribir una carta a mano antes que enviar un correo electrónico. Le gusta la cocina y tocar flauta. Sin duda es su naturaleza lenta y escéptica para incorporar cosas nuevas a su vida lo que le ha dado a su literatura esa profundidad emocional tan rica que incluso el mismo Federico Fellini se ha obligado a decir de ella “Me ha dado la alegría de conmoverme sin avergonzarme, como me ocurrió al leer ‘Oliver Twist’ o ciertas páginas de ‘América’ de Kafka”.
Alguna vez le llegaron a decir “Es que usted vive aquí al margen del tiempo, como en el siglo XIX. Toma el té, conversa, se da un paseo. ¡Es increíble que sea capaz de vivir aún como en una novela rusa!”. De esta serenidad reflexiva nace “Luisito” dedicada a una de sus amigas de 102 años, una novela de corte intimista donde se nos cuenta una historia tan brillante como hermosa: la relación entre una anciana desahuciada por la sociedad y un papagayo que encuentra en un cubo de basura y cuya compañía le habrá de devolver las ganas de vivir. No en vano la novela presenta el siguiente subtítulo: “Una historia de amor”. Tiene algo de autobiográfico, pues ella misma caminando por las calles de Roma encontró un pequeño papagayo, al cual abrazó con su bufanda y se lo llevó a su campo. Desde ese momento los papagayos forman parte de su vida.
“Luisito” nos invita a reflexionar sobre la vejez, sobre nuestra existencia y la prevalencia de apreciar la vida solo en la medida de que ella rinda bienestar, eficiencia y productividad. Claro está que un anciano es la contradicción de todos estos valores que empiezan a predominar, porque no produce económicamente como antes por sus limitaciones físicas e intelectuales que llegan con los años, también llega la enfermedad y el dolor físico, e incluso la soledad muchas veces por hijos que se retiran a hacer su vida ya fuera del hogar de los padres, olvidando a quien les dio la vida.
De “Luisito” podemos derivar que las crisis económicas son más bien crisis antropológicas, crisis del hombre que, al apuntar su arma hacia sí mismo, yerra en su objetivo. La mirada economicista tiende a que la vida de los ancianos sea menospreciada porque en una sociedad en la que el tener domina al ser, las relaciones humanas son reducidas a un nivel de utilidad. Usamos a las personas para lograr nuestros propósitos; no son más que peldaños que pisamos para llegar más alto. Un anciano que ve reducida su productividad por el desgaste de los años, ¿qué cosa buena puede brindar?
Nuestra sociedad cada vez se hace más enemiga de la fragilidad, obsesionada con el cómo morir, que, sin embargo, no se pregunta cómo debemos vivir. Es un mundo que muchas veces olvida que nuestro cerebro está hecho para la profundidad y la lentitud; y que alejarlo de esto trae un alto grado de inestabilidad. Y así, de repente sin darnos cuenta, las cosas ya no están a nuestro servicio sino que somos nosotros los que estamos al servicio de las cosas.
A tanto llega la repugnancia de una vida sin eficiencia que se llega a contradicciones como considerar la muerte “absurda” cuando interrumpe por sorpresa una vida todavía abierta a un futuro rico de posibles experiencias interesantes, pero se convierte en una “liberación reivindicada” cuando se considera que la existencia carece ya de sentido por estar sumergida en el dolor inexorablemente condenada a un sufrimiento posterior más agudo. Le surge así al hombre la idea de la eutanasia, una “muerte dulce” que la procura anticipadamente.
Las sociedades de bienestar, donde toda ética y política pública emanan de una mentalidad eficientista, en las que nacen cada vez menos niños, presentan además a un creciente número de personas ancianas y debilitadas como algo gravoso e insoportable. De esta manera una vida irremediablemente inhábil no tiene ya sentido alguno.
Cambiar esta situación obliga necesariamente a regresar a la sabiduría del corazón. Solo devolviendo el corazón a su lugar central, delegando en él la tarea de guiarnos, pondremos de nuevo a punto el motor renovador de nuestra vida. Por este motivo para Susanna Tamaro, cada palabra es una semilla y el terreno donde se siembra es el corazón del hombre. Tiempo atrás ella decía “Hay palabras instigadoras y palabras reflexivas, palabras que explotan en forma de rabia y de resentimiento y otras que, en cambio, son capaces de detener cualquier tipo de explosión. Precisamente por eso la escritura consume, porque es un peso, y ahora más que nunca, una responsabilidad”.
De esta manera la escritora italiana cumple su responsabilidad, entregándonos su libro “Luisito”, y nos demuestra cómo una vida, por limitada que sea por la edad, es un reflejo de la trascendencia que se levanta por encima de la tristeza con la alegría y la energía de una canción de juventud.




