Una gran oportunidad

José Luis Widow Lira | Sección: Política

#03-foto-1 Finalmente las elecciones ya son pasado. Está todo definido (y no me adelanto a nada). Más allá de la depresión en la que algunos han caído por el triunfo claro de la izquierda chilena y de los premios de consuelo por el triunfo de algún candidato por aquí o por allá, me parece que estos años que vienen son una buena oportunidad para repensar el modo de practicar la política.

Como sabemos, la política en Chile está centralizada en un triple sentido. Primero, está centralizada en un sentido físico, porque ella se desarrolla principalmente en Santiago y su extrarradio; segundo, porque ella está monopolizada por los partidos políticos de carácter nacional; y tercero, porque la inmensa mayoría de las decisiones relevantes dependen de las instituciones del Estado central (cuyos cargos son provistos en su mayoría por los partidos políticos y sus sedes se encuentran, casi sin excepciones, en Santiago) ahogando los ámbitos propios en los que debieran darse: regiones, municipios, barrios, gremios.

Corrientemente confiamos en que las cosas caminarán mejor porque el próximo Presidente será el votado por uno mismo o porque en el nuevo parlamento estarán presentes los diputados o senadores del sector ideológico afín. Habría que añadir, ahora, que pensamos que todo andará mejor si los CORES son los que uno quería.

Lo más probable es que todo siga igual. ¿Por qué habría de cambiar si los que toman las decisiones relevantes son los mismos y las circunstancias en que lo hacen, también? ¿Es esto malo? Evidentemente en sí es malo, pero me parece que puede ser un gran bien si lo asumimos como una oportunidad para repensar la política y para convencernos de que el camino para salir del callejón en el cual estamos consiste en quebrar los tres centralismos señalados.

El principio general, me parece, debiera ser el de que la sociedad política se organiza, en cierto sentido, de abajo hacia arriba. Es una sociedad de sociedades. Por ello las autoridades e instituciones centrales no pueden actuar ahogando todas las comunidades que les dieron origen, cosa que, lamentablemente, es lo que ocurre hoy.

Si consideramos este principio, se comprenderá que la triple descentralización sugerida no puede ser sino triple. No puede darse en una línea, por ejemplo la física, y no en las otras. Sólo si es triple, la descentralización implicará que las comunidades menores que conforman la política puedan nuevamente respirar y cobrar vida. En efecto, en la medida en que esa descentralización se verifique, las regiones, las ciudades, los barrios y pueblos, y los gremios podrán organizarse en orden a conseguir sus fines sin que estén determinados casi completamente en sus tareas por los poderes nacionales centrales. La descentralización supone, por ejemplo, que regiones, ciudades y barrios tengan definido un ámbito en el que pueden tener legislación propia. Por supuesto, que tengan un presupuesto propio; lo cual no significa administrar un presupuesto aprobado por los poderes centrales a quienes, además, se da cuenta, sino uno propio. Presupuesto propio significa que se posee con autonomía respecto de esos poderes centrales, en su generación, administración y disposición. Estas comunidades deben tener relativa autonomía también para ser ellas las que determinan las instituciones que las rigen y como se sirven los cargos. Si se me permite un ejemplo, la elección de CORES no es un avance sustantivo en la regionalización. Los presupuestos que manejan siguen dependiendo de los poderes centrales, las personas que sirven los cargos vienen principalmente de los partidos, se eligen según la forma determinada por los poderes centrales, en las condiciones por ellos establecidas, en la fecha que lo  señalaron y en los lugares por ellos elegidos. Los CORES siguen siendo funcionarios de un Estado todopoderoso que en este caso alarga su mano generosa para conceder graciosamente a las regiones lo que previamente se les extrajo… y de paso la deja extendida para que la besemos en señal de gratitud. Eso no es descentralización.

La triple descentralización sugerida conlleva de verdad –y no sólo como eslogan de campaña barata– la devolución de la política al pueblo, entendido éste, no como masa informe, sino como complejo orgánico vitalizado por los fines por los que las personas naturalmente se asocian.

Muchas veces se comenta que en las elecciones municipales se da un voto transversal –que respeta menos las afinidades partidarias o ideológicas–, porque se elige a alguien que es más cercano, más conocido y más concretamente influyente en el desarrollo de la vida de las comunidades particulares. Probablemente haya algo de eso, aunque con toda seguridad está muy atenuado por la intervención de los poderes centrales en el ámbito municipal de manera de tener en éste una plataforma partidaria e ideológica destinada a servir a esos mismos poderes centrales. Pero no me interesa destacar ahora esa atenuación, sino lo contrario: el hecho de que hay una política que se desarrollaría a partir de la consideración de vínculos naturales y concretos entre personas y comunidades.

Pues bien, me parece que es de crucial importancia repensar toda la política desde esos vínculos naturales. De allí, por ejemplo, la imperiosa necesidad de darle vida institucional a los barrios. Sobre todo si consideramos que, no ya la nación, sino las mismas ciudades son muchas veces megalópolis en las que sus miembros pasan a ser abstracciones numéricas. Más aún si se considera que las sociedades políticas actuales son altamente urbanizadas, con una mínima porción de población rural.

Lo que hay que hacer, entonces, es regenerar este tejido político que los poderes centrales tienen aplastado. Hay que generar centros de poder descentralizados –gremios, junta de vecinos, municipios, regiones y asociaciones de todo tipo– que, además de cumplir con sus fines propios, hagan contrapeso a los poderes centrales de manera de disminuirlos.

#03-foto-2Para terminar, tres anotaciones. 1. Pienso que intentar hacer la triple descentralización del poder desde los mismos poderes centrales es inconducente: no lleva a ninguna parte más que a ser fagocitado… por los mismos poderes centrales. No se puede hacer desde los partidos o desde los cargos institucionales de un Estado central ocupados por los mismos partidos. Tampoco se puede hacer desde Santiago. Los poderes descentralizados deben organizarse desde las comunidades en las que las personas naturalmente participan. 2. Estoy consciente de que lo que señalo en este pequeño artículo deja muchos cabos sin atar, como por ejemplo, el de la naturaleza que debiera tener el poder central, del que no desconozco que es no sólo es una necesidad, sino directamente un bien, cuando no se hipertrofia. 3. Estoy seguro que el sistema político que tenemos no funciona, si se quiere atender a los verdaderos fines de la comunidad política y a los de las comunidades que la conforman. Pero eso no significa que esté seguro de que lo que propongo pueda funcionar, pues toda forma política depende del estado del alma de los ciudadanos. Hoy padecemos un extendidísimo individualismo que ha destruido, incluso, la sociedad en la que todas las demás se fundan: la familia. Y sin ella –se puede entender fácil si no olvidamos que la sociedad política se forma desde abajo– no hay forma política que resista. Se me preguntará, con razón, entonces, por qué propongo una descentralización de esta índole. Mi respuesta es que aún tengo la esperanza de que las personas y comunidades particulares, cuando se enfrentan con los bienes comunes reales y cercanos, actúan más razonablemente que cuando lo hacen a partir de esos bienes no simplemente abstractos, sino irreales, que les ofrecen los poderes centralizados de los estados modernos absolutistas.

De allí que vea en estas “derrotas” eleccionarias no un mal, sino una gran oportunidad para que pongamos nuestras confianzas –o lo que nos quede de ellas– no en “más de lo mismo”, siempre sofocante, sino en algo que, aunque no con total seguridad, sí podría traernos algo de aire fresco.