¿Qué hacer hoy en política?

José Luis Widow Lira | Sección: Política, Sociedad

#03-foto-1En artículos anteriores he planteado una crítica bastante radical a la forma y a la vida política que hoy desarrollamos. Esa crítica ha comprendido la dependencia que hoy existe respecto de los partidos políticos por haberse transformado estos en un factor de centralismo que ahoga la real vida política. Producto de esto, se me ha planteado la pregunta de cómo es posible hoy participar e influir en la vida política, si al mismo tiempo pienso que es negativo que sigamos dependiendo de los partidos, pues estos parecieran ser el único canal con que se cuenta para participar e influir en política con alguna posibilidad de éxito.

Me parece que la pregunta planteada de esa manera confirma la necesidad de disminuir la dependencia que tenemos respecto de los partidos para sacar adelante nuestra vida política, porque ella ha afectado, incluso, nuestra capacidad de imaginación. En efecto, pareciera que ya no somos capaces de ver otras vías eficaces de participación política, más que los mismos partidos. O las votaciones a las que nos llaman de tarde en tarde. Y vemos otras, las consideramos, con suerte, testimonios inconducentes o “saludos a la bandera”.

Me parece que terminar con las dependencias real y psicológica respecto de los partidos es difícil sobre todo por la fuerza de la segunda. Difícil, pero no imposible. Aunque hay que pensar en el largo plazo y tener paciencia.

Voy a trazar de modo muy grueso las vías por las que pienso que es posible transitar para participar en influir en nuestra vida política. Los principios generales para establecerlas son cuatro. Primero, que la sociedad política es sociedad de sociedades y, en consecuencia, lo natural es que se constituya de abajo hacia arriba. El segundo principio es que las sociedades menores en las que se participa no agotan las diversas formas en las que el bien humano puede y debe procurarse y, por lo tanto, no deben estar cerradas al bien mayor que en último término es razón de su existencia. El tercer principio, contracara del anterior, es que las sociedades y los poderes mayores, especialmente el central del estado, deben regular la vida común, pero de una manera que no signifique reemplazar ni ahogar a las sociedades menores. El cuarto principio, derivado de los anteriores, es que la actividad política se puede desarrollar en diversos niveles y no sólo cuando se relaciona directamente con el estado central. La participación política más corriente es la que se verifica directamente en las sociedades menores e indirectamente en la política. Por supuesto, para que sea verdadera participación política, esas sociedades menores habrán de estar abiertas al bien común de las sociedades mayores de las cuales son parte. Esto debiera significar que, según las posibilidades de cada cual, debiera tenderse a cooperar también de un modo directo en esas sociedades mayores, desde luego, asumiendo la responsabilidad de cargos de gobierno. Aunque esto, como digo, dependerá de las posibilidades de cada cual, determinadas a partir de consideraciones de muy diverso orden (como el grado de virtud y de conocimiento práctico que se posea, de conveniente disposición psicológica y de salud, de situación económica, etc.). Otra cosa que está implícita en lo señalado es que el voto por un candidato u otro no es la acción política más relevante. Lo es aquella que se desarrolla cotidianamente de manera de cooperar al bien común.

La participación política se puede dar, entonces:

1.    Se puede participar políticamente en la vida familiar. Será verdadera participación política en la medida que la familia sea gobernada de manera de que en ella se formen buenos patriotas, preocupados no sólo del círculo pequeño de la misma familia, sino también de las demás sociedades, como el barrio, la ciudad, la región y, en definitiva, de la sociedad política. Hacer de la familia un núcleo al servicio del bien común implica, por supuesto, la firme voluntad de que ella forme las nuevas generaciones en las circunstancias más propicias para que ello ocurra: un núcleo familiar bien constituido por matrimonio del padre y la madre, por los hijos y por todos aquellos otros que pudieran agregarse para alcanzar el mismo fin para el que existe la familia. Pero si esto es así, también será muy importante lo señalado primero: la familia no puede cerrarse sobre sí misma, como si en ella comenzara y acabara el orden social.

2.    El barrio es la primera instancia de participación política más allá de la familia. Hoy en Chile, salvo contados casos, la vida de barrio no existe. Por consiguiente, la acción política que debe llevarse a cabo es la de hacerlos funcionar. Es cierto que es difícil, porque el estado central se lleva, a través de los impuestos, todos los recursos a su propio presupuesto. No hay impuestos que los recaude y gestione el mismo barrio. Lograr que algún día esto suceda será un objetivo de largo plazo. Pero mientras, si es difícil lograr cosas, no es del todo imposible. Hay que identificar los objetivos más urgentes en los que el barrio como tal puede ser una causa más eficiente de su logro y, a partir de los lazos que con ello se creen, avanzar a otros de mayor importancia, como puede ser, por ejemplo, la educación de los niños (se que muchos se preguntarán qué tiene que ver el barrio con esa educación. Aunque no lo puedo desarrollar esto ahora, tiene mucho que ver, pues un buen barrio tendrá, por ejemplo, espacios comunes en los que los niños practicarán sus primeras virtudes de convivencia social más allá de su familia o donde deberán sujetarse a ciertas normas de convivencia de manera de que a todos alcance el bien propio de la vida de barrio). Al igual que sucedía con la familia, la participación en el barrio será genuinamente política si está abierta al bien de la ciudad. Un barrio, como tal, debería intervenir en los asuntos de la ciudad. Quizá en el futuro se podrá aspirar a que las autoridades de la ciudad se generen, al menos en parte, desde los barrios.

3.    La ciudad es el tercer ámbito de participación política. Hay ciertos bienes que no se consiguen en el barrio, sino que en esa unidad social mayor que es la ciudad. Es necesario hacer todo aquello que tienda a que en la ciudad, distribuidos convenientemente, estén todos los servicios que el desarrollo humano requiere. Esto implica que la ciudad debe dejar campo de acción no sólo a los barrios, sino también a los diversos gremios con los que ha de coordinarse, sean ellos de naturaleza productiva, comercial, de salud, deportiva, lúdica, educacional, científica, artística, religiosa, etc. Tengo muy presente que hoy, por el gigantismo que padecen muchas ciudades es más difícil organizar una vida que tenga carácter humano a partir de las relaciones también humanas que sea posible practicar en ella. Ese mismo gigantismo hace muy difícil, también, la planificación urbana, de manera que sirva a la creación de esos ambiente humanos. La verdad es que no sé cómo puede resolverse este problema. Pero sí sé que lo peor que se puede hacer es dejar que las cosas sigan avanzando en la dirección que llevan hoy, pues tal cosa nos llevará –si es que no nos llevó ya– a que las ciudades no sean más que un espacio físico en el cual ni siquiera nos encontramos, sino que nos damos encontronazos, si se me permite la diferencia.

4.    Como se ve a partir de lo dicho sobre la ciudad, los gremios son otro campo de acción política. Ellos agrupan a personas y comunidades que desarrollan una actividad específica necesaria para lograr una buena vida. Ocuparse de que un gremio cumpla bien su tarea es realizar actividad política. Por supuesto, para que esa actividad sea verdaderamente política, la actividad gremial no podrá tener como único objetivo el interés particular del gremio. A partir de la consideración de la función social que tiene la actividad de un gremio por ser necesariamente complemento de otros, tendrá que estar coordinado con esos otros gremios de manera de que cada uno cumpla su parte. Esa coordinación debiera hacerse a nivel de la ciudad, pero no por la ciudad, sino por los mismos gremios. Dentro de cada gremio hay otras sociedades menores como, dependiendo del gremio, pueden ser empresas o comercios de un determinado tipo, hospitales, universidades, etc. Será importante que esas unidades sociales menores también se dispongan de manera de ser útiles al bien social. También sus partes, como los sindicatos que, junto con velar por sus objetivos propios, cuidarán también los de la ciudad y del país.

5.    Un quinto ámbito de participación política es el de la provincia o región. Hay ciudades que forman una unidad con otras y sus territorios adyacentes por el hecho de pertenecer a un territorio común en el que por historia hay objetivos comunes de diversa índole –desde luego, económicos– y una cultura particular compartida. Eso implica la necesidad de que cuenten con una organización diversa de la del estado central. Participar en la estas instancias regionales es necesario. Hoy es difícil esa participación, porque este terreno está muy absorbido por el estado central. Pero todo lo que se pueda hacer para que las regiones tengan vida y desarrollen propia es participación política de alto precio.

6.    Hay otras formas de participar políticamente. Por ejemplo se pueden crear grupos ad hoc para intentar cambiar el actual estado de cosas. Puede ser por la vía de la realización de obras concretas, o por la de ejercer presión al estado central para que produzcan los cambios, o de creación de corrientes de opinión, etc. Puede ser por la vía de la influencia intelectual, sugiriendo o difundiendo ideas. Puede ser por la vía de la formación intelectual y moral de las nuevas generaciones. Puede ser también a través de ejercer influencia en quienes tienen cargos de poder para que gobiernen atendiendo del mejor modo al bien común.

7.    Por último, evidentemente, es una forma noble y necesaria, la participación en el nivel de la sociedad política como tal. En la medida que sea posible, habrán de ocuparse los cargos políticos, sean ejecutivos, legislativos o judiciales. Se puede también cooperar en el área de las propias competencias para que los proyectos de bien común se planifiquen y ejecuten de la mejor forma. Como sabemos, hoy es muy difícil llegar a ocupar estos cargos si no es cediendo al centralismo partidario. Por eso, me parece que es crucial hacerlo sin caer en la tentación de entrar en las máquinas centralizadoras de los partidos. De hacerlo, lo que se conseguirá no es una mayor participación política, sino hacerse parte de un estado que ahoga la verdadera comunidad política y, en consecuencia, es más un mal que un bien.