Q.D.E.P.
Luis Alejandro Silva | Sección: Política, Sociedad
¿Hasta cuándo interrumpen el descanso de los muertos? Ahora es Neruda, ayer fue Salvador Allende y antes Frei padre, a quien no le han dado respiro. Abren sus tumbas, les toman muestras y los vuelven a enterrar, hasta nuevo aviso. Para “aclarar las causas de su muerte” es el estribillo en que se justifican los profanadores.
Ciertamente podría uno pensar que son políticos, económicos o vindicativos los motivos que explican tanto interés por desenterrar a los muertos. Pero pensemos bien, y supongamos que un sincero interés por la justicia inspira este afán por conocer la verdad histórica. Dejemos de lado todas las segundas intenciones que se pudieran atribuir a quienes promueven este macabro ejercicio, y centrémonos en una sola: hacer justicia.
Para algunos resulta intolerable la idea de que se haya cometido un crimen y el responsable quede impune. Cuando se mezclan motivos políticos, este sentimiento se agudiza hasta el extremo. Entonces, no hay obstáculo que pueda interponerse entre los vengadores y el anónimo victimario. La prescripción de la responsabilidad penal fue el primer obstáculo en caer. Hoy no queda más que una fachada toda precaria, lista para rendirse ante la invocación de los Derechos Humanos.
No puede ser que la ley eche tierra sobre los presuntos responsables de un crimen –dicen, menos si es de lesa humanidad. El paso del tiempo no puede “blanquear” una injusticia. Hacer justicia es la consigna, cueste lo que costare. Bajo esta bandera hemos asistido a casos de auténtico encarnizamiento judicial.
Yo ignoro las lecciones de la Historia en esta materia. Pero hay una del Sentido Común que me basta para anticipar el oscuro derrotero de este modo de entender la justicia: si nos comportamos como si no hubiera justicia después de la muerte, la vida se transformará en un infierno.
Para quienes creemos que hay un Juicio Universal que “revelará hasta sus últimas consecuencias lo que cada uno haya hecho”, es relativamente más fácil aceptar las deficiencias de la justicia en la tierra. El asesino puede haber escapado de la mano de los hombres, pero no escapará de las manos de Dios. Esta convicción compensa favorablemente la impotencia de ver como a veces el mal triunfa.
En cambio, para quienes no existe un más allá en el que se cobren las deudas, el tiempo presente es la única instancia para satisfacerlas. En consecuencia, si es preciso exprimir todos los medios para pagarse hasta el último peso adeudado, hágase; no vaya a ser que la muerte consagre esta injusticia, impidiendo para siempre su reparación. Los daños colaterales que dicha persecución pueda causar no son motivos para detenerse.
Los romanos traspasaron al mundo occidental un derecho que reconocía las limitaciones humanas para hacer justicia. Su sentido práctico les enseñó que, en determinadas circunstancias, la justicia debía ceder ante bienes más importantes. La Revelación Cristiana complementó este diseño perfeccionando la escala humana de sus dimensiones. Pareciera que hoy estamos desandando el camino: se amenaza con desquiciar el Derecho pidiéndole lo que no puede dar.
Si no está convencido, piense en el descanso de los muertos. R.I.P.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Chile B, www.chileb.cl.




