Educación gratuita. Por qué no
Gastón Escudero Poblete | Sección: Educación, Política, Sociedad
Uno de los slogans que más se ha repetido en la actual campaña presidencial y parlamentaria por parte de los candidatos de izquierda es “educación gratuita y de calidad”.
Entiendo que el slogan se refiere a la educación superior. ¿Qué significa entonces, en la práctica, “educación superior gratuita” (dejaré fuera la exigencia de “calidad”)? Obviamente la prestación de los servicios de educación implica costos: las instalaciones en donde se imparte, la mantención de esas instalaciones, instrumentos de apoyo (computadores, pizarrones, etc.), remuneraciones de profesores y administrativos, etc. Por lo tanto la exigencia de gratuidad no puede significar que la educación no implique costos, sino quién los asume.
¿Quién debe asumir el costo de la educación de un joven? (digo “joven” porque hasta ahora no se ha planteado que la educación superior de perfeccionamiento profesional sea gratuita, aunque así como vamos…). Hay tres opciones:
a) El propio estudiante. Ocurre en muchos países de aquellos que consideramos “desarrollados”. Y en Chile no son pocos los jóvenes que trabajan los fines de semana para costearse en todo o parte sus estudios o que cursan carreras vespertinas porque trabajan en el día para costearlas. Los admiro por ello.
b) Los padres del estudiante. Es hoy en Chile la situación más común. Tiene para el estudiante la ventaja de que le permite dedicarse por completo a sus estudios y con una cuota importante de tiempo libre, pero tiene el riesgo de que el estudiante no valore el esfuerzo de sus padres y dedique al relajo más tiempo del conveniente para su salud moral.
c) El Estado. En este caso ni el estudiante ni sus padres realiza un desembolso monetario por sus estudios porque que el Fisco, de alguna manera (que ninguno de los candidatos que lo proponen ha especificado) asume el costo, lo que en definitiva significa que lo asume el resto de los chilenos.
Volviendo al slogan “educación superior gratis”, significa la tercera alternativa. Si quien hace la demanda es un estudiante, es como si dijera: quiero que los demás chilenos me paguen mi carrera; si quien la hace son los padres, es como si dijeran: quiero que los demás chilenos le paguen la carrera a mi hijo. En ambos casos, el dinero no sale del trabajo ni de los ahorros del estudiante ni de sus padres, sino de otros 16 millones de personas que en su casi totalidad poca o ninguna relación directa tienen con ellos. En otras palabras es como si dijeran: no quiero trabajar para pagar mi educación superior (o la de mi hijo), sino que exijo que otros lo hagan.
Que lo digan los jóvenes se puede explicar (no justificar) por la inmadurez propia de esa etapa de la vida. Pero que lo digan los padres es algo que me llama profundamente la atención, puesto que a mí no se me ocurriría pedir a otros padres que paguen la educación de mi hijo ─es más, me daría una enorme vergüenza─, y si no pudiera pagarla lo animaría a buscar un trabajo para que se costee él mismo su carrera.
En mi modo de ver las cosas, lo obvio, lo propio, lo digno de un Hombre (o Mujer) es que asuma su propio destino y, en el camino, ayude a otros a hacer lo mismo y, si es joven, que en vez de pensar en lo que va a recibir de la sociedad se esmere en no ser una carga para ella y luego, apenas esté en condiciones, procure entregar a la Patria lo mejor de sí para saldar la deuda contraída con Ella por todo lo recibido. Por eso es que resulta tan pobre el argumento esgrimido por algunos candidatos de derecha, intentando refutar la reclamación de la izquierda de educación gratuita, de que “no corresponde que los hijos de los ricos tengan educación gratis”; el tema de fondo es que cada joven, para transformarse en un adulto responsable, debe hacerse cargo de su propio futuro.
¿Debe entonces desentenderse el Estado de la financiación de la educación superior? No. La autoridad debe apoyar a los estudiantes pobres, por ejemplo, a través de créditos con bajas tasas de interés, incluso con interés real cero (es decir, con devolución del capital corregido sólo por variación del IPC). Ello no vulnera el principio de que cada joven debe hacerse cargo de su vida, por el contrario, precisamente ayuda a que lo haga. Pero otra cosa muy distinta es eximirlo del deber de cuidar de sí mismo echándolo sobe las espaldas de otros.
El domingo 17 de noviembre, antes de ir a votar, fui a Misa y entendí la segunda lectura bajo este prisma. En ella San Pablo advierte a los cristianos de la ciudad de Tesalónica en contra de la pereza ‒me atrevo a decir la “frescura”‒ de vivir a costa de los demás: Ya sabéis cómo debéis imitarme, pues estando entre vosotros no viví desordenadamente, ni comí de balde el pan de nadie, sino que día y noche con fatiga y cansancio trabajé para no ser una carga a ninguno de vosotros (2 Tes, 3, v. 7). Comprendí entonces que el primer deber con la sociedad no es “dar” sino evitar ser una carga para los demás; lo otro, dar, hay que hacerlo, pero después. Comprendí también de otro modo aquella advertencia de San Pablo: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma (v. 10), y es: “si alguno no quiere trabajar, tampoco estudie”.
Luego, mientras me dirigía a votar pensé: ¿en qué momento se perdió de la enseñanza social católica este pasaje de la carta a los Tesalonicenses, o es que se ha omitido desde el comienzo? Nuestros obispos, en su “Mensaje Frente a las Elecciones”, al decir que “se debe promover el acceso y la calidad de la educación… así como la tarea y decisión prioritaria de los padres, que pueden y deben colaborar a la educación de sus hijos, también en lo económico”, acogen en parte la enseñanza de San Pablo a los Tesalonicenses, pero me atrevo a afirmar que les faltó decir con claridad que no es legítimo exigir que otros costeen la educación propia o la de los hijos, y que tampoco es legítimo ofrecerlo.
Cuando llegué a votar vi que una de las vocales de mesa tenía puesta una polera negra con la siguiente leyenda en letras blancas: “Por una educación gratis y de calidad”. Al verla pensé: ¿cuántos cristianos chilenos votarán hoy en contra de la enseñanza paulina por candidatos que ofrecen “que otros me paguen mi educación o la de mis hijos”? Y al emitir mi voto pensé que a ellos y a sus candidatos se aplica la afirmación de San Pablo: “Porque me he enterado que hay entre vosotros algunos que viven desordenadamente, sin trabajar nada, pero metiéndose en todo. A ésos les mando y les exhorto en el Señor Jesucristo a que trabajen con sosiego para comer su propio pan” (v. 11-12).




