Peras al olmo
Joaquín Fermandois | Sección: Historia, Política, Sociedad
Al discutirse el Estatuto de Garantías en octubre de 1970, el senador DC Benjamín Prado, justificando por qué había que votar por Allende como primera mayoría aunque negociando garantías constitucionales, afirmó que no hacerlo era como haberles dicho que “ustedes tienen derecho a participar en las elecciones, pero no a ganar”. El temor no confesado —pero aludido— de Prado era que por medio de la ley se construyera un edificio no democrático.
Negociar garantías mostraba la comprensible desconfianza de que la transformación legal pudiera muy bien instaurar de hecho una “democracia popular”, uno de los tantos eufemismos del siglo XX para las dictaduras totalitarias. Los movimientos revolucionarios utilizan con frecuencia medios legales en la prosecución de sus finalidades. Se trata de un empleo instrumental y limitado a una consideración pragmática, no porque tengan fe en su bondad en sí misma. Hasta Lenin —dechado de dictador— apeló a este recurso.
Cuando han colocado la democracia como meta es porque han dejado de ser revolucionarios. Esto se ha dado en la historia de los dos últimos siglos en la pugna en el interior del socialismo entre reforma y revolución. Esta última, pletórica de epopeya y de sensación emancipadora en el momento inaugural, si persiste en su meta, se transforma ineluctablemente en despotismo antidemocrático.
En cambio, la puja política, al acostumbrar a las fuerzas revolucionarias al trabajo en una sociedad abierta y democrática, no es extraño que vincule su norte por la igualdad (en el caso del socialismo) a la apreciación del pluralismo político. Se produce también porque se presiente que en el triunfo absoluto, amén de incierto y arma de doble filo, se pueden traicionar algunos de los ideales más acariciados, como en efecto sucede. Se trata de una evolución que toma su tiempo. El caso paradigmático fue el socialismo alemán. Inspirado por Marx y en un momento liderado por el mismo Engels, llegó a ser parte del sistema y fue el más firme puntal frente a los intentos de repetir la experiencia bolchevique. De los partidos democráticos, fue el más valeroso ante el nazismo y sabemos de su papel como cofundador de Alemania Federal a partir de 1945. ¿Hay una analogía en Chile?
No entre los 1950 y los 1970. La izquierda chilena cerró filas en torno a un marxismo revolucionario. Una parte significativa de ella podía desarrollar un comportamiento democrático mientras estaba en la oposición. Una vez en el gobierno, no podía hacer sino lo que auténticamente creía, esto es, avanzar hacia un modelo de “socialismo real”. Jamás dijo otra cosa. No estaba preparada para cultivar un jardín delicado como es la república democrática, donde no debiera haber un triunfo que se parezca a un juego de suma cero: lo que gana uno lo pierde el otro. Para colmo, hacia 1970 una parte de la izquierda estaba que rompía las huinchas por iniciar la lucha armada, y de hecho algunos la comenzaron, aunque la suspendieron por intervención de Castro.
La raíz central de la tragedia chilena consistía en que gran parte de la izquierda marxista sabía operar legalmente y hasta con fecundidad mientras estaba en la oposición. Si llegaba a ser gobierno, todavía no estaba preparada psicológicamente para abandonar su meta revolucionaria, un principio moral y organizativo irrenunciable. La crisis del orden democrático vendría por la consolidación revolucionaria o por una oposición que desencadenaba otra crisis como medio de supervivencia. En realidad, no se le puede exigir cualquier cosa a la democracia. Por ello, el “nunca más golpe” solo será efectivo si se le añade un “nunca más pedirle peras al olmo”.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio.




