No querer ver lo evidente
Max Silva Abbott | Sección: Sociedad, Vida
Parece que es muy cierto el dicho según el cual, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Y lo anterior resulta más notable todavía gracias a los avances de la tecnología, pues pese a mostrarnos lo evidente, no consigue que los que no quieren ver, salgan de su empecinada porfía.
Este fenómeno parece ser hoy particularmente llamativo respecto del no nacido. Ello, porque nunca antes habíamos tenido tantas pruebas, contundentes e irrefutables, de su increíble y delicada realidad. Así, lo que hace algunas décadas era una poderosa intuición, apoyada en estudios relativamente indirectos, hoy ha sido comprobado más allá de toda duda: la existencia de un ser humano (“one of us”, para recordar esta notable iniciativa europea), desarrollándose a toda velocidad dentro del vientre de su madre.
Lo anterior ha sido posible sobre todo gracias a las ecografías, que muestran al embrión o feto en tiempo real y por la genética, que revela el increíble ajuste de los –hasta ahora– elementos más pequeños de nuestra corporeidad y su delicado funcionamiento y equilibrio.
Sin embargo, pese a esta avalancha de pruebas, la ceguera de muchos parece no tener límites. Ya no sólo se dice que el producto de la concepción sería un ser humano pero no una persona, en atención a faltarle algún atributo o requisito considerado fundamental para serlo (anidación, sistema nervioso, viabilidad, nacimiento, autoconciencia, etc.); otros, yendo más allá, sostienen que podría tratarse de un ser vivo, mas no de la especie humana (pese a tener nuestra misma genética); incluso hay quienes se han atrevido a sostener, contra la lógica más elemental, que nos e trataría ni siquiera de un ser vivo. Seguramente es por eso que algunos sectores han comenzado a tratar al embarazo como una enfermedad de transmisión sexual.
De esta forma, se da la paradoja que cuando tenemos más pruebas para estar seguros de algo, su evidencia se niega de manera más porfiada. ¿Por qué?
Sencillamente (si bien en el fondo esto es un misterio), porque no somos guiados en nuestro actuar y en nuestra forma de conocer sólo por la razón, sino también por las emociones y los sentimientos. Y dentro de esta mixtura, dichas emociones y sentimientos pueden incluso a nublar completamente a la razón, a fin de no reconocer aquello que sencillamente, no conviene reconocer, por las razones que sea.
De este modo, existen vastos sectores tan interesados por tener una sexualidad sin límites o contratiempos; o por lograr ganancias en el área sanitaria por cualquier medio (el aborto es un muy buen negocio); o que quieren controlar la población sin importar cómo, que se ha acabado negando lo evidente, y en no pocos casos, con prepotencia o incluso la intimidación.
Hoy es el no nacido; mañana puede ser cualquier otra cosa. ¿Hasta dónde llegaremos en este afán de conformar la realidad a nuestro capricho?




