Positivo

P. Raúl Hasbún | Sección: Religión, Sociedad

#06-foto-1-autorLa fe cristiana está impostada en clave de sicología positiva. Ante la evidente existencia del mal, cree que Dios lo permite por respeto a la libertad de quien lo causa, y porque de ese mal su providencia amorosa sabrá extraer un bien mayor. La ilustración más elocuente de esta afirmación positiva es la crucifixión y muerte de Jesucristo. Dejó, Dios, que actuara la libertad del hombre en su más pérfida expresión, condenando al Justo, mofándose del Santo y Sabio, matando al Autor de la vida. Al tercer día actuó Dios, resucitando a su Hijo, restituyéndole su honra y soberanía y convirtiendo, el mismo infame madero de la cruz, en signo y fuente de un manantial de vida imperecedera. “Era necesario, convenía”, será el escueto comentario de Jesús. La presencia y agudeza del mal puede ser necesaria y conveniente para que reluzca con victorioso fulgor esa sabiduría divina que confunde a los sabios de este mundo. San Pablo lo expresará en forma tan asertiva como concisa: “sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Romanos 8, 28). También en el pecado, como advierte  San Agustín y profesa la Iglesia al elevar su “¡Oh feliz culpa, o ciertamente necesario pecado de Adán, que nos mereció tal Redentor!” (pregón de Pascua de Resurrección).

Esta  sicología positiva puede formularse así: “lo que Dios permite que se ataque, es porque El quiere que se destaque”. Vida y magisterio de la Iglesia se han ido desarrollando conforme a esa ley. Doctrinas, personas, disciplinas, devociones particularmente objeto de escarnio e impugnación se han beneficiado y resurgido con espléndido vigor gracias a estos ataques. Es el ingenio de Dios quien se vale del mal para perfeccionar el bien.

Hace una semana se produjo, en Santiago, un ataque brutal a los tres lugares más sagrados de la tierra. En el útero materno se cobija, inviolable, una vida humana, don sagrado de Dios. En el templo, casa de Dios, se celebra el memorial y presencia de la Cruz que nos salva y de la Cena que nos une, mientras un tabernáculo o sagrario conserva la presencia real de Jesucristo, hijo de Dios. Y  en el confesionario se levanta ese otro sagrario que es la conciencia moral de una persona humana, lugar inviolable respecto de toda coacción física o ideológica. Una turba de fanáticos, intoxicados con el diabólico mesianismo de la libertad para matar vidas inocentes, desnudó  el origen de su desvarío procurando destruir o mancillar el lugar en que se celebra la Vida, y violentar el lugar en que cada persona habla y decide, a solas, con Dios.

La necesaria condena moral y jurídica de esta triple profanación debe fructificar en esta positiva reafirmación: la vida, el templo, la conciencia moral son lugares sagrados e inviolables.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.