¿Una nueva derecha?

Manfred Svensson | Sección: Política, Sociedad

Sería pretencioso hablar de una nueva derecha por la aparición de la dupla Allamand-Longueira; si Ud. ha seguido algo las discusiones de la derecha de los últimos veinte años, no se trata precisamente de nombres desconocidos. Con todo, el hálito de vida y esperanza que ha cobrado ese sector en estos días no es injustificado: es un testimonio elocuente de la importancia de que la política sea conducida por genuinos políticos, de que la revitalización no siempre proviene de rostros nuevos.

Pero el ímpetu recibido por este nuevo escenario bien puede ser de corto aliento si no hay prisa por comprender que la política requiere algo más que pesos pesados en la cancha. Ella no es la más sutil de las actividades, pero exige idearios coherentes y diagnósticos mínimamente acertados; que la derecha esté en vías de tenerlos está por verse. De esto hay, por cierto, plena conciencia en sus filas, como indican los múltiples llamados a volver a “nuestras ideas”; pero cuáles podrían ser dichas ideas es algo digno de extensa discusión, una discusión que no va a avanzar mediante un discurso unilateral sobre la importancia de la libre iniciativa. Si no quiere dar paso a discursos más sustantivos, la derecha estará obligada a seguir en la tónica de sus últimos años: preguntarse por qué con cifras tan buenas logra tan baja aprobación.

Respecto del poco deseo por acometer tal tarea, resulta no poco revelador que, a dos décadas del asesinato de Jaime Guzmán, no exista una edición completa de sus escritos; no hay siquiera una biografía respetable del último hombre en la derecha que —piénsese lo que se piense sobre los efectos de largo plazo de su ideario— hizo algo por trazar un proyecto coherente. Pero, sea esto como fuere, pocos dudarán de que el país ha cambiado lo suficiente como para someter a revisión dicho proyecto.

Una tal revisión pasará no por menos énfasis en la libertad, pero sí por un reconocimiento más explícito de las condiciones para que ésta se despliegue, y tales condiciones no son sólo morales, sino también políticas. Es cierto, por mucho que pese a los kantianos, que sin una adecuada formación de las personas tampoco los resguardos políticos —la división del poder, un Estado fuerte— nos salvarán de la catástrofe; pero no es menos cierto, por mucho que pese a los defensores de un ingenuo liberal-conservadurismo, que no basta con poner la mirada en la formación moral de las personas: tienen que existir un discurso y una práctica robustos sobre lo público, o no hay razón para estar en esto.

En pocos campos esto resulta tan patente como en la educación, y en pocos campos le ha costado a la derecha tan caro su déficit. Replicó ahí su discurso prototípico, pero irónicamente abandonó así lo que alguna vez fue bandera suya: la última vez que ella estuvo en el gobierno, se abrió a flexibilizar la educación superior, pero con prohibición del lucro; ahora, en cambio, no ha sabido sino leer el “no al lucro” como amenaza a la libertad. No es extraño: poner dicha frase en su lugar —concediendo lo que tiene de correcto, pero no haciendo recaer sobre ella todo el diagnóstico— pasaría por tener un discurso considerablemente más amplio del que se posee.

No es del todo distinto lo que le ocurre a la derecha cuando habla de los llamados “temas valóricos” (como si los otros no lo fueran). Pues, cuando entra en este campo, sigue casi exclusivamente atrincherada en la defensa legal de ciertas posiciones. Ese atrincheramiento da cuenta no sólo de una actitud defensiva, sino que también de las dificultades que tendría para abordar estos temas como una tarea cultural de largo plazo. Pero, a pesar de tal dificultad, bien cabe preguntarse si con menos que eso puede tener esperanza de encantar al electorado.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Segunda.