El AVP y los heterosexuales
Manfred Svensson | Sección: Familia, Política, Sociedad
El proyecto de Acuerdo de Vida en Pareja ha sido reactivado, como una de las demandas tendientes a mejorar la situación de parejas de un mismo sexo. Algunos han creído que con esto se frena un eventual matrimonio homosexual, otros que se está en la antesala del mismo. Pero podemos hablar sobre el AVP también con la mirada puesta en otro grupo humano, esos dos millones de convivientes heterosexuales que registra el último censo. Al respecto bien cabe preguntar si acaso a los heterosexuales les interesa siquiera esta legislación y, en caso de que así sea, cómo afecta ella al futuro de la familia en Chile.
¿Les interesa? Para un país insignificante como el nuestro, los dos millones de convivientes son una porción considerable de la población. ¿Pero cuántos de éstos están preocupados por el AVP? Si algo ha avanzado la tramitación de éste, es por la acción de Iguales o el Movilh, no por alguna Sociedad Chilena de Convivientes. Tal indiferencia de los heterosexuales no debiera extrañar: la convivencia es una relación más precaria e inestable que el matrimonio, pero es elegida precisamente por esas características que la distinguen de la institución tradicional. ¿Por qué el que eligió eso va andar pataleando para que lo regulen?
La convivencia es una relación más informal, disoluble. Ahora, por cierto, también el matrimonio civil es disoluble. Hubo un tiempo en que no era así, y tal vez entonces tendría sentido que alguien quisiera una institución más blanda en sus requisitos, pero igualmente generosa en sus beneficios. ¿Pero qué sentido tiene tal requerimiento hoy? Multiplicar entidades idénticas, pero bajo distinto nombre, es permitir que el derecho sucumba del mismo modo que ha sucumbido la política.
Es del todo probable que, no obstante, se apruebe, y que una vez aprobado muchos se acojan al AVP. Pero esa previsible consecuencia no legitima la situación, sino que más bien invita a otras preguntas. Pues quienes se acojan a tal figura no serán los que preferían mantener una relación informal, sino que serán algunos que antes preferían casarse, y ahora optan por la normativa nueva. Así las cosas, el único mensaje relevante que el AVP lanza respecto de los heterosexuales es que hay que ser muy tonto para casarse. Y la pregunta obvia es si en las condiciones actuales, con un 69,7 % de los niños inscritos el 2012 nacidos fuera del matrimonio, ése es el mensaje que más se requiera difundir.
También a los homosexuales, por cierto, el proyecto les envía un mensaje: les dice que serán objeto de un reconocimiento, pero parcial. Es hora, en efecto, de que, por lo que a los homosexuales respecta, reconozcamos de una vez lo evidente: el AVP sólo le interesa a candidatos presidenciales que no quieren matrimonio homosexual, pero que tampoco tienen cara para decirlo. Los que no nos estamos candidateando para nada, tengamos la franqueza necesaria para dejar la gelatinosa discusión sobre el AVP y sentarnos a hablar respecto de qué es el matrimonio y por qué puede importar fortalecerlo. Sea cual sea el resultado de tal conversación, será algo más honesto que lo que homosexuales y heterosexuales creen estar recibiendo cuando se les ofrece el AVP.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Tercera.




