La libertad, ese vital alimento
Andrés Concha Rodríguez | Sección: Política, Sociedad
¿Prohibir o no prohibir? Hemos visto en estas últimas semanas cómo el viejo dilema de Hamlet se ha visto reducido a una serie de decretos y leyes que buscan justamente que comamos mejor, bebamos menos y fumemos ojalá nada.
Inspirado por este noble deseo, el Senado acaba de dar su aprobación a la idea de legislar respecto de un proyecto de ley que prohíbe la publicidad dirigida a adultos, a través de medios televisivos y en horario diurno, de los alimentos que el Ministerio de Salud califique como no saludables por tener altos contenidos de azúcar, sodio, grasas y calorías.
Por su parte, el Instituto de Nutrición y Tecnología de los Alimentos (INTA) ha entregado a dicha Secretaría de Estado un documento en el que propone calificar al 80% de los alimentos envasados en la categoría de no saludables o “alto en”. Milagrosamente, en caso de que este proyecto se convierta en ley, los chilenos veríamos la mayor parte de nuestra alimentación, tales como pan, queso, quesillo, leche, porotos, lentejas, tallarines, arvejas, aceites, arroz, frutos secos, calificada con el mote popular de “comida chatarra”.
El razonamiento que subyace en esta iniciativa legal es que los malos de la película son los alimentos y no los hábitos alimenticios, y que en horario diurno el televidente adulto no tiene capacidad de discernimiento frente a la publicidad televisiva que promueve su consumo, razón por la cual habría que prohibirla. (Recordemos que la ley 20.606 ya prohibió la publicidad de dichos alimentos dirigida a niños menores de 14 años).
De esta manera, caemos en un absurdo, en donde resulta tan inconveniente un comercial diurno de una botella de whisky o de ron, como el de un kilo de arroz o de porotos. Subyace otra idea, la de que lo que no se ve en televisión deja de existir. Así, se consagra una suerte de borroneo y censura como un cordón sanitario que defiende la inocencia del telespectador.
¿Tendrá algún efecto esta ley en la reducción de la obesidad y de otros males crónicos que forman parte de las patologías nacionales? Es poco probable, toda vez que gran parte de la ingesta diaria de una persona no está asociada a la compra de alimentos envasados, sino más bien al consumo directo en restaurantes, casinos laborales, establecimientos educacionales, y a productos adquiridos en ferias, rotiserías, pastelerías y heladerías, entre otros.
De hecho, al observar la experiencia internacional, los países no han recurrido a este tipo de restricción publicitaria, sino que han optado por profundizar la información al público. Esto es consecuencia de que la propia Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda para enfrentar dicho flagelo la entrega a los consumidores de “información exacta, estandarizada y comprensible sobre el contenido de los productos alimenticios, que les permita adoptar decisiones saludables” y no reprimir la publicidad. Y eso es lo que viene haciendo Chile desde el año 2005, luego de la entrada en vigencia del etiquetado nutricional obligatorio. Para la OMS, la obesidad no la causa ningún alimento en particular, sino que “dietas desequilibradas, tanto por exceso como por defecto”. En otras palabras, cualquier alimento puede ser inocuo, incluyendo la popular sopaipilla, si es ingerida moderadamente, y puede llegar a ser inadecuada, si lo es en exceso.
Una ley como esta, de ser aprobada, afectará derechos básicos, como la libertad de elegir, y el ejercicio de actividades económicas lícitas, como lo son la industria de alimentos y la industria de la publicidad. Además, colocaría una barrera a la entrada de todo producto alimenticio nuevo, ya que sin publicidad televisiva será muy difícil posicionar nuevas marcas y destacar los avances de cualquier innovación.
Mientras tanto, la obesidad, entre otras enfermedades crónicas, continuará siendo un problema en nuestro país, hasta que no ataquemos sus causas reales; esto es, los hábitos de vida poco saludables de muchos chilenos. Hacerlo requiere de buenas campañas publicitarias y educativas y de una mejor coordinación público-privada que permita compatibilizar objetivos de salud respeto de libertades individuales y desarrollo de la actividad productiva.
La libertad es el vital alimento de nuestro mercado. No pocas veces éste puede presentarse con mucha sal, o demasiada grasa, pero si se limita su ejercicio, el remedio termina por agravar la enfermedad.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.




