Teresa
P. Raúl Hasbún | Sección: Historia, Religión, Sociedad
En TV cable hay un programa que se ufana: “America’s got talents”. Cada 13 de julio nosotros nos gloriamos: “Chile’s got saints”. Juanita Fernández Solar, como carmelita Sor Teresa de Jesús de los Andes, es la primera chilena solemnemente proclamada santa. Más que por el salitre o por el cobre, más que por sus vinos o sus salmones, más que por su sistema previsional o sus equilibrios macroeconómicos, nuestro país se yergue entre las naciones con el humilde orgullo de ser cuna de héroes del espíritu. No se canoniza a nadie sin exhaustiva comprobación de que ha practicado heroicamente las virtudes teologales (fe, esperanza y caridad) y las cardinales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza). Cada santo vale diez mil talentos. Es la demostración irrefutable de la superioridad del espíritu sobre la carne, de la humildad orante sobre la soberbia fatigante, del silencio fecundo sobre la ostentación vacía, de los gestos inadvertidos sobre la ampulosidad mediática, de la gracia divina sobre la pretensión babélica, titánica: “lo podemos todo sin Dios”. Una nación es culturalmente madura cuando ha dado a luz al menos un santo.
Chile ya tiene dos, y vienen otros muy cerca de ser canonizados. La lista es larga y admirable. No se llega a ella por dinero o por lobby, sólo por mérito intrínseco y excepcional. Los ya ungidos y los candidatos a serlo tienen en común, por cierto, su fe católica, marcada por un amor incondicional a ese Cristo que los amó incondicionalmente, y autentificada en su entrega total al servicio de los hermanos más pequeños. Teresa es religiosa carmelita, consagrada a Jesús y a la Iglesia en pobreza, obediencia y virginidad. Alberto es sacerdote y religioso de la Compañía de Jesús, declarado heroico en la forma y grado con que vivió sus votos y digno de admiración e imitación por su capacidad de reconocer a Cristo en cada desvalido. Laurita es adolescente, defiende con fortaleza sobrehumana su integridad acosada y ofrece su salud y su vida para obtener que su madre vuelva a vivir como lo manda la fe. Tras de ellos caminan obispos, sacerdotes, laicos consagrados, frailes de convento: el pueblo los conoce y pide que sean canonizados. Saben, los sencillos de nuestro pueblo (y son mayoría), que la principal riqueza de una nación son sus santos. Ellos son los verdaderos revolucionarios. Porque la pesantez de la materia sólo puede ser vencida por la levedad ingrávida del espíritu. Ningún proceso puede presumir de revolucionario si no representa y potencia una victoria del amor sobre la mentira, la injusticia, la odiosidad y la indiferencia. Los santos son esa victoria.
Tras cada santo hay una familia, un colegio, una cultura: una comunidad de fe que ora y labora en el espíritu de Cristo. Nuestra Iglesia’s got talents.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.




