¿Y si la educación fuera un bien de consumo?

Federico García Larraín | Sección: Educación

Los nuevos líderes del movimiento estudiantil han recordado hace poco que para el Presidente la educación era un bien de consumo. Muchos rasgamos vestiduras cuando dijo eso, y con razón, porque la formación de personas no es un intercambio comercial. Sin embargo, por desacertadas que hayan sido las palabras del Presidente, merecen consideración, pues esconden más de lo que aparentan.

Esto me quedó clarísimo un día de clases frente a un curso apático y distraído. Busqué la manera de motivar a los alumnos para que se tomaran en serio mi ramo, que no les era muy atractivo. Les pregunté si acaso la educación era un bien de consumo. Con eso capté su atención. Respondieron unánimemente que no, por supuesto. Entonces les pedí que imaginaran por un momento que la educación –más específicamente, mi ramo– era un bien de consumo por el que habían pagado con anticipación. ¿Cuál sería su actitud entonces?

Piensen –les dije– que el profesor es el fabricante de un ‘producto’ llamado educación. El fabricante o proveedor debe, por contrato, entregar el ‘producto’ durante un tiempo determinado y a una hora determinada. Depende del ‘consumidor’ –ellos– si acude a recibirlo, y cómo y cuánto aprovecha el ‘producto’ educación.

El llamado de atención surtió efecto y se dieron cuenta que el que llega atrasado, el que se distrae y conversa en clases, el que se queda dormido o comienza a cerrar el cuaderno antes de que la clase termine, claramente –con sus actos lo demuestra– no piensa que la educación sea un bien de consumo sino algo bastante inferior, que trata con bastante menos consideración que a cualquier cosa que compra en algún vilipendiado mall.

Al parecer, la indignación suscitada por la comparación del Presidente no es más que una reacción visceral, pero que tapa el hecho que, para muchos, los bienes de consumo son lo realmente deseable, y la educación, a lo más, un medio para conseguirlos.

Antes de indignarse por una frase desafortunada convendría averiguar qué lugar ocupa la educación en la escala de importancia de cada uno. ¿Se presta más atención a la vitrina de una tienda que al pizarrón? ¿Se lee con más atención el menú de un local de comida que el texto asignado por el profesor? ¿Se valoran más dos horas de clases que el concierto de un grupo de moda? (¿A cuál se llega atrasado y a cuál con anticipación? ¿En cuál se pide que la función termine antes de lo previsto y dónde se pide “otra, otra”?).

Se podría llegar a pensar que al equiparar la educación con un bien de consumo se le hace un favor, ya que hoy no hay lugar para bienes que no sean de consumo, y lo que no está dentro del consumo simplemente no existe. Pero sabemos que los bienes materiales y la educación son cosas distintas. Ahora, si la educación no es un bien de consumo, hay que aclarar qué es y eso exige una noción del hombre educado, cosa compleja. Por el momento, mis alumnos entendieron que la educación se merece, al menos, el trato de un bien de consumo.