Tiempo libre
Pedro Gandolfo | Sección: Sociedad
Tiempo libre, no ocio, porque ocio suena a pereza, indolencia, a flojera, a la madre de todos los vicios: tan sólo tiempo libre.
La definición de éste es bastante neutra: es lapso que las personas dedican a hacer lo que quieren. Se dice que, en buena medida, la calidad de vida dependería de él. No obstante, una parte enorme de nuestro tiempo —lo cual para más de alguno es motivo de hondo desaliento— se va en la jornada laboral, a la que se suman el largo periplo de ir y venir desde el trabajo a la casa, y las horas que, fuera de aquélla, clandestinamente el trabajo sustrae. Hay, además, un tiempo vegetativo, de sobrevivencia y de cuidado de sí y del prójimo, muy importante, por cierto, porque es el forzoso sustento de todo lo demás: en él dormimos, comemos, nos lavamos, nos vestimos. Una de nuestras ventajas como especie es nuestra capacidad de cultivar y refinar el uso de ese tiempo, pero ello no modifica su naturaleza no libre. Al final, para un chileno medio, para usted o yo, por ejemplo, el tiempo libre neto que propiamente le resta es escaso.
Con todo, para determinar los gustos, preferencias y valores reales que inspiran y motivan a una persona y sociedad, es revelador considerar en qué se emplea esa holgura —por pequeña que sea— arrebatada a la esclavitud del trabajo y la sobrevivencia cotidiana. Hay mediciones estadísticas bastante confiables que señalan que en Chile en porcentajes abrumadores ese tiempo se pasa en casa y —también abrumadoramente— se pasa viendo televisión. La televisión, con ligeras variantes dependientes de los ingresos y la educación, es la reina de nuestro tiempo libre, el centro de la vida doméstica, la proveedora cómoda, a la mano, barata y complaciente de entretención: el “plasma de 42 pulgadas” es un sueño para muchos chilenos. Si bien la televisión por cable (considerando a los “colgados”) debe estar en cerca del 60 por ciento de los hogares del país, al final de cuentas la mayoría de los chilenos ve televisión abierta, sigue canales y programas chilenos. La cantidad de audiencias que éstos movilizan supera pavorosamente a la suma de las audiencias de cualquier otra actividad, por prestigiosa que sea, que compita por capturar esa estrecha faja de tiempo vacante. La televisión gana por muchos cuerpos. Así, no es de extrañar que las figuras que masivamente los chilenos conocen, comentan, admiran e imitan, son las que aparecen en la televisión: los protagonistas de “Mundos opuestos”, las conspiraciones, extravagancias y predicciones de Juan Andrés Salfate, los chismes de SQP o de Primer Plano.
El uso del tiempo libre es un espejo implacable de nuestros auténticos amores y anhelos. Al menos, no nos engañemos.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.




