Monotonía del movimiento universitario
Hugo Herrera | Sección: Educación, Política
El movimiento estudiantil ha tratado de introducir reformas que beneficien a la generalidad, especialmente a los más pobres. Su modo de actuar ha sido imaginativo y jovial. Sin embargo, también ha emergido en ocasiones cierta actitud que ensombrece su gran aporte. No me refiero aquí a la manida “intervención de encapuchados”, ni a la violencia que algunos estudiantes, e incluso activistas profesionales que ya no estudian, han ejercido contra las autoridades. Este es un fenómeno relevante desde cierto punto de vista, pero marginal, puesto en el contexto total de acontecimientos.
Lo que a veces ha ensombrecido al movimiento estudiantil es cierta monotonía en su discurso. La imaginación alegre, la multiplicidad de colores, el pluralismo de tendencias, edades y orígenes que muestran las manifestaciones, han contrastado con lo monocolor de las propuestas, que muchas veces no salen del eslogan: “Educación pública, laica y gratuita”.
Me parece que el discurso no ha estado siempre a la altura de la estética de las marchas.
Alguien podría replicar: ¿Pero no ha ocurrido siempre que los movimientos sociales se han movilizado tras consignas monótonas, pues son ellas –y no los complejos discursos– las únicas capaces de movilizar?
Es cierto, pero sólo en parte.
Mayo de 1968, París: Le Nouvel Observateur publica un diálogo entre Daniel Cohn-Bendit, líder estudiantil, y Jean-Paul Sartre, el reputado filósofo. Es allí, en medio de ese diálogo, que aparece el lema “la imaginación al poder”. Sartre, Marcuse, de Beauvoir, Ionesco, Eliade, Cioran, Bourdieu, contados entre las más egregias cabezas del siglo 20, fueron, directa o indirectamente, parte en el movimiento del 68. Los eslóganes allí eran expresión de una reflexión compleja. Se buscaba ampliar el campo de lo posible, pulsar los resortes y límites de la sociedad y el Estado hasta su punto más extremo, para engendrar nuevos modos de acción y comprensión.
Entre nosotros, en cambio, parece que no se trata de extender el campo de lo posible allende sus estrechos límites actuales, sino de algo más simple.
“Educación pública, laica y gratuita”, se dice. Con esta afirmación se desconoce, empero, la imaginación creadora de aquellos laicos o cristianos que soñaron con instituciones privadas de excelencia que han alcanzado esa calidad según mediciones objetivas, como la Universidad Técnica Federico Santa María, la Universidad de Concepción, la Austral de Valdivia, las Católicas en Valparaíso y Santiago, la Universidad Diego Portales, la Universidad de los Andes, el Duoc o el Inacap.
Por momentos, parece que el modelo ideal de cierta dirigencia estudiantil sería algo así como una única institución estatal y laica que concentre exclusivamente los recursos públicos destinados a educación superior, que imparta todas las carreras sin costo para los alumnos (aunque sí para quienes compran pan y pagan IVA). No se repara en que con ello se pone en serio riesgo el pluralismo y la libertad, las condiciones de la ciencia y la enseñanza que los mismos dirigentes quieren defender.
Una repartición pública no asegura, por el mero hecho de ser pública, pluralismo. Ella también puede ser campo de uniformidad, monotonía e incluso sectarismo. Conozco facultades estatales donde sólo se enseñan ciertas posturas. Por su parte, hay no pocas universidades no estatales que han logrado la suficiente apertura como para dar espacio a la crítica y al pluralismo.
Además, la variedad de tipos de instituciones de educación parece ser una mejor garantía de libertad para el pensamiento que la uniformidad o que un monopolio educativo. Ya Montesquieu sabía eso de que, para dar espacio a la libertad, hay que dividir el poder de las instituciones.
Dados estos antecedentes, ¿por qué no superar los estrechos límites del eslogan y ampliarse a un sistema de educación superior institucionalmente pluralista, en el cual todas aquellas entidades que cumplan con las condiciones de excelencia y apertura que la comunidad política defina sean financiadas por el Estado, con independencia de quien sea titular de su propiedad?
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por La Segunda.




