La reforma política pendiente
José Luis Widow Lira | Sección: Historia, Política
A pesar de que el gobierno ha descartado hacer reformas sustantivas a nuestro sistema político –cosa que me parece excelente, pues lo que se veía venir, en el mejor de los casos, parecía ser más de lo mismo–, quiero proponer algunas ideas en torno a la dirección que debieran tomar dichas reformas si algún día llegan a hacerse.
Es claro que el sistema actual pareciera en algunos aspectos no dar más de sí. No me refiero al sistema binominal. No estoy abogando por un cambio del binominal otro proporcional. El asunto no está en el hecho de si necesitamos mayor representatividad o mayor estabilidad. Es claro que, según la teoría democrática, el sistema proporcional mejora la representatividad. Pero también es claro que aumenta la inestabilidad al entregarle la llave de los acuerdos a los extremos del arco político. Considerando, además que los extremos existentes en Chile son nada más que de una izquierda radical –no digo que si hubiese un extremo de derecha fuese mejor–, tironeada por el odio, la ideología y la política de eslóganes, podemos adivinar que el cambio a tal sistema no traería nada bueno. Por otro lado, si el sistema binominal ha traído una estabilidad política, está no ha sido más que formal. Chile ha sufrido desde 1990 hasta hoy un continuo tránsito hacia el proyecto político liberal-socialista. No hay más que tomar los dichos de muchos políticos de derecha de hace veinte años atrás y compararlos con los de esos mismos políticos hoy día. Hoy se han casado con muchas de las tesis y políticas que hace un par de décadas no hubiesen aceptado ni por error. En este sentido, bajo una apariencia de estabilidad, Chile ha ido descristianizándose y desnaturalizándose en muchos bienes sin los cuales no se entiende su historia (cuando decimos historia, no decimos sólo pasado, sino fundamentalmente el presente tradicional, es decir, el ser que le corresponde y debe tener).
No se trata entonces de un sistema binominal o proporcional. Se trata de encontrar una forma política que nos permita apegarnos más a nuestra tradición histórica. Aunque no hay ningún sistema que asegure tal cosa, sí están aquellos que parecieran ser mejores en orden a ese fin. Sea cual sea el sistema, me parece que debe cumplir ciertas condiciones:
- Acercar a las personas a sus sociedades particulares naturales. La familia, el barrio, la ciudad, la región, las corporaciones profesionales. En ellas se juega el bien humano más directamente y por eso todos son más reacios a vivir de abstracciones y a aceptar soluciones espectaculares en el papel pero desastrosas en la realidad. El sentido común sobre lo que es bueno o malo está algo más a flor de piel.
- Lo anterior supone necesariamente descentralizar el poder: en sus dimensiones legislativa, administrativa y ejecutiva –incluyendo la económica–, y judicial. Hay que dar mayor espacio a órdenes particulares y terminar con el centralismo agobiante y totalitario en el que vivimos.
- Junto con lo anterior hay que velar para que esos órdenes particulares no se disgreguen en una multitud inarmónica y finalmente autodestructiva. El bien de cada parte no debe dejar de entenderse a la luz de su participación en un mismo bien común de mayor universalidad que se ha ido tejiendo a lo largo de nuestros casi quinientos años de historia –y no, ¡por favor!, doscientos.
- Los tres puntos anteriores pasan por un cuarto, pues es, me parece, condición de posibilidad para que se verifiquen: me refiero a la necesidad de terminar de una buena vez con el monopolio del poder que han tenido los partidos políticos. La representación no puede estar más catalizada en ellos, pues, desde hace tiempo, si es que alguna vez no lo fueron, están convertidos en oligarquías cuya única lógica es la de mantener y acrecentar su poder. Los partidos parecieran interesarse casi sólo en aquello que les permita asegurar la siguiente elección: si para eso hay que votar leyes inicuas o inútiles, si para eso hay que bailar en un programa de farándula o vestirse de puta, si para eso hay que llenar los espacios en los medios de comunicación diciendo nada, entonces,… allí están. Probablemente la mala evaluación de los partidos políticos tiene que ver con esto. El ciudadano de a pie tiene la peor impresión de la clase política no por falta de información o porque sea alguien negativo. La tiene porque se da cuenta que en Chile hay un mundo real y arriba una costra política que discurren, al menos, por caminos paralelos que, entonces, nunca se topan.
El problema es que una reforma así, que termine con este monopolio del poder, debe pasar precisamente por aquellos que se han encargado de monopolizarlo. Como tal cosa no parece posible, podemos augurar que nuestro futuro no estará exento de explosiones populares –y ocupo este término en el mejor de sus sentidos– más o menos grandes. Ojalá todas ellas sean usen medios legítimos y estén movidas por la justicia… aunque tal cosa sea imposible de asegurar.




