Familias conscientes y contracorriente: las espléndidas minorías

Domenico Agasso Jr. | Sección: Familia, Religión, Sociedad

Pocos días antes del VII Encuentro Mundial de las Familias, que se celebrará en Milán del 30 de mayo al 3 de junio, con la participación y el testimonio de Benedicto XVI, Vatican Insider entrevista al cardenal Ennio Antonelli, presidente del Pontificio Consejo para la Familia, el dicasterio vaticano que organiza el acontecimiento (junto a la diócesis ambrosiana, por medio de la Fundación Famiglie Milano 2012).

 

Eminencia, según su opinión, ¿en qué estado se encuentra la familia? En este tiempo de crisis económica, cultural, moral, ¿como puede definirse el “estado de salud” de la familia?

También ahora hay muchas familias vivas, auténticas. El libro que estoy presentando en estos días y cuyo prefacio he escrito lleva precisamente este título: “Familias Vivas”  (subtitulado  “Renovadas por el Evangelio”, de Aurelio Molè; edición especial para el encuentro del Papa con las familias, Ciudad Nueva, n. del. a). Hay grupos minoritarios de familias espléndidas, muy conscientes, mucho más capaces de ir contracorriente, mucho más comprometidas tanto con la Iglesia como con la sociedad quizás que en el pasado.  Estando en el Pontificio Consejo he podido tener una amplia panorámica de estas minorías, de estas familias verdaderamente ejemplares. Hay un nuevo protagonismo de las familias, de las agregaciones de familias: por ejemplo, las agregaciones familiares de compromiso civil en Italia se reúnen en el Foro de las Asociaciones Familiares, pero también en otros países existen formas análogas. Existen redes de familias que se agrupan con fines asistenciales, educativos, de ayuda mutua; hay grupos, movimientos de espiritualidad familiar, de apostolado. Se está llevando a cabo un florecimiento en la Iglesia, hoy quizás mayor que en el pasado y para mí esto supone un gran motivo de esperanza. Aunque es innegable la línea de tendencia general, que en cambio habla de una crisis de la familia. Basta pensar en el descenso de los matrimonios y en los matrimonios contraídos en edad cada vez más avanzada, en el aumento de los divorcios, en las convivencias de hecho, en los singles, en las familias monoparentales por decisión propia, y también en los singles por decisión propia… Y una cierta legislación que favorece el individualismo oscurece la identidad de la familia, el papel de la familia en la sociedad. Sin lugar a dudas hay numerosas señales de crisis, pero a pesar de ello yo pienso que hay que tener confianza porque precisamente, hay grupos minoritarios tan activos, tan hermosos como quizás nunca los ha habido; diría que también en este aspecto se está haciendo realidad lo que el Concilio había previsto, es decir, que la Iglesia puede ser también un pequeño rebaño, pero sigue siempre ejerciendo una misión universal, una misión de esperanza, de promoción del bien en la historia, en la sociedad, e instrumento de salvación eterna para todos los hombres cristianos y no cristianos. Esto podemos observarlo también en las familias, por lo tanto diría que podemos tener confianza tanto por un motivo teológico como por una realidad empírica que estamos comprobando.

 

¿Qué beneficios aporta la familia a la sociedad? ¿Por qué la familia puede ser considerada un patrimonio único para todos, creyentes y no creyentes?

Actualmente por desgracia se confunde a menudo la familia con la cohabitación, con una suma de individuos que están en la misma casa. Pero la familia no es solo esto, es mucho más. Está el matrimonio, hay un pacto, un compromiso, un cuidado hacia esta alianza para vivirla, para mantenerla significativa, está la fecundidad de este pacto no solo por medio de la apertura a la procreación y a la educación de los hijos, sino también respecto a los esposos mismos sobre todo, que se hacen el bien el uno al otro; y una fecundidad también hacia la sociedad porque se alimentan muchas virtudes sociales que son indispensables para la conexión y para el desarrollo: el respeto hacia las personas, la confianza recíproca, la solidaridad, la laboriosidad, la colaboración, el sentido del ahorro, el hacer proyectos. Muchas virtudes que además son el alma de una sociedad civil. La familia da todo esto en primer lugar. Además, siempre con esta lógica, tenemos la tutela hacia los débiles, es decir, los niños, los enfermos, los ancianos, los discapacitados. Y este es un servicio que se hace a toda la sociedad. Pensemos cuanto más tendrían que gastar las instituciones si tuvieran que hacerse cargo de estos gastos. Además hay otra función: la redistribución de la renta. Precisamente con la lógica de la solidaridad, en la familia tiene lugar la redistribución de la renta, por ejemplo entre el marido y la mujer, o cuando hay un parado la familia se le ayuda completando sus ingresos durante el tiempo necesario, etc… Luego tenemos el valor del trabajo doméstico que no está contabilizado en el PIB pero es un valor económico real. Si como parámetro tomamos el bienestar existencial de las personas es evidente que el trabajo de cuidado que se realiza en la familia tiene un valor económico enorme, y por lo tanto habría que pedir alguna forma de reconocimiento, por ejemplo bajo forma de pensión. Además están las empresas familiares, que son verdaderas empresas, no hay que olvidarlo, son todavía la columna vertebral de la economía de muchos países, entre ellos Italia. Por lo tanto, la familia da mucho, porque, en la medida que es auténtica, se basa en la lógica del dar, de la comunión entre las personas, de la solidaridad de las personas, de querer el bien de unos y otros. Esta lógica crea fuertes vínculos, profundos y por lo tanto todos esos beneficios que de ellos pueden derivar para la sociedad. Mientras la lógica de lo útil es muy diferente, lleva a una convergencia más o menos precaria de intereses, por la cual muchas convivencias en realidad son frágiles y no producen las ventajas para la sociedad que una verdadera familia produce.

 

¿Quién o qué está haciendo daño a la familia?

Una cultura libertaria, relativista, es decir, la exaltación de la libertad subjetiva sin verdad, sin búsqueda del verdadero bien, olvidando que uno es verdaderamente libre cuando busca la verdad y la abraza, y trata de hacer verdaderamente el bien. Es el motivo por el cual existe la libertad, de otro modo es una falsa libertad, es destructiva. Pero actualmente está muy difundida la idea de que la libertad es un absoluto, es decir, la libertad como elección, elegir por el hecho de hacerlo, el arbitrio, una cosa es verdadera y buena simplemente porque yo la elijo; en cambio, es al contrario: para ser verdaderamente libre tengo que elegir lo que es verdaderamente bueno y lo que es verdadero. Jesús dice: la verdad nos hace libres; no la libertad nos hace verdaderos. Luego, está la cultura individualista estrechamente relacionada con el primer aspecto, por el cual se tiende a permanecer plegados en el propio yo, los otros son vistos principalmente como rivales de los cuales es necesario en algún modo defenderse, a los cuales hay que domar, instrumentalizar o neutralizar. Luego la cultura utilitarista, que está estrechamente relacionada a los aspectos precedentes y lo vemos por ejemplo en el mercado: se piensa que sea una ley absoluta de la economía la búsqueda de la máxima ganancia a cualquier  precio, la maximización absoluta del propio interés, sin otras atenciones. Esto daña el mercado mismo, en el fondo, la crisis económica se debe a esta carrera desenfrenada hacia lo útil. Y la mentalidad utilitarista del mercado se transfiere a las relaciones entre las personas. También estas se rigen por una negociación más o menos implícita. Yo te doy si tú me das, de este modo se calcula todo. Y esta es una lógica muy pobre. Y luego el otro aspecto la cultura consumista: se cree que se es feliz en base a la cantidad de cosas que se conquistan, de las experiencias que se viven, de las sensaciones, de las sugestiones, de las emociones que se sienten. Pero la felicidad no reside precisamente en la cantidad, al final uno se encuentra más vacío, mas insatisfecho que nunca. La felicidad reside en construir algo que permanezca, una cosa sensata, llena de belleza, de valor, de la cual sentirse satisfecho. Mi abuelo materno con 92 años decía “soy feliz porque he tenido una hermosa familia: una mujer siempre buena y ocho hijos que se llevan bien entre ellos”, y ahora una vez al año nos reunimos todos y celebramos una gran fiesta. Y él decía también: “Soy verdaderamente feliz, porque mi vida no ha sido inútil, he hecho algo hermoso”.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Vatican Insider, http://vaticaninsider.lastampa.it/es.