Decálogo
P. Raúl Hasbún | Sección: Política, Sociedad, Vida
Primero fueron 5 palabras: “¿por qué no te callas?”. Reivindicaron el valor del silencio contra la charlatanería impúdica y reactualizaron la sabiduría bíblica: “hay tiempo de hablar y tiempo de callar”. Y el mismo que implorara a otro refrenar su lengua decidió, en buena conciencia y hora, que ya era su tiempo de hablar. Y como lo que tenía que decir era el doble de importante que lo que antes pidiera callar, utilizó 10 palabras: “lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”.
Este decálogo es una sentencia, en el doble sentido de la palabra: dicho grave y sucinto que encierra doctrina y moralidad; y decisión de una controversia o disputa, judicial o extrajudicial. Sintetiza lo que un penitente dice y hace cuando ingresa a un confesionario: autoexamen, dolor, propósito de enmienda, reconocimiento oral de su culpa, y reparación del daño. El dignatario réprobo optó por la humildad y resultó enaltecido. Con sólo 10 palabras dichas de frente a quienes tenían derecho de pedirle cuentas, el monarca revirtió una oleada mundial de clamorosa y justa indignación e hizo más, por la monarquía y por su país, que lo que hubiera logrado un obstinado silencio o un pálido, formalmente correcto comunicado oficial.
Conviene acuñar su decálogo: “Lo siento mucho. Me he equivocado. No volverá a ocurrir”. Es una llave maestra para abrir todas las puertas y tener acceso a fondos vedados. Descomprime tensiones que sin esas 10 palabras arriesgan tornarse inmanejables. Quien sea capaz de pronunciarlas desde la humildad sincera del corazón tiene en ellas la clave para destrabar un conflicto y gestar una reconciliación, conyugal o familiar; acallar o acotar un escándalo público; temperar los rigores y coerciones judiciales y, por cierto, allanar el camino a las ternuras y misericordias divinas. Dichas en el sacramento de la confesión desatan la alegría de Dios y de sus ángeles y gozan del privilegio del sigilo. Manifestadas ante la televisión truecan la condena en simpatía y son signo de esa realeza suprema que es la humildad del servidor.
Ninguno de nosotros puede prescindir de este decálogo, porque todos hemos pecado. Quien no ha sentido la necesidad y obligación de decir estas 10 palabras o, sintiéndolo, no ha tenido el coraje de pronunciarlas no ha vivido, no está viviendo en la verdad y es hijo del padre de la mentira. Deseable sería escucharlas en labios de quienes clamorosamente, y con justicia, enrostraron a un monarca ecologista su escandaloso hobby de matar elefantes pero callan, o continúan colaborando, con atroz injusticia, cuando se pretende encubrir con la majestad de la ley el abominable crimen de eliminar las vidas mínimas de inocentes embriones de la especie humana. El desigual tamaño de las víctimas de una matanza no alcanza a justificar tan aberrante discriminación.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.




