Antipiñerismo

Pedro Gandolfo | Sección: Política, Sociedad

En literatura es un precepto, al titular un texto, no cometer el error que he cometido al titular esta columna: demasiada literalidad. Pero el periodismo exige –me dicen– rapidez, economía del lenguaje, poder de síntesis, ir directo al grano, apuntar a la mandíbula del lector: el Presidente Sebastián Piñera –a quien no conozco en persona– es políticamente antipático. ¡Es así y qué le vamos a hacer! Y no es culpa de él; al contrario, más bien es una condena inapelable. La simpatía aquí –lo que en términos aparentemente más apropiados se debería llamar “carisma político”– es un elemento no racional y que, desde luego, escapa al control del sujeto: no se puede ser deliberadamente simpático (todos percibimos, con sus distintos matices, la falsa simpatía de algunas enfermeras o cuidadores de ancianos o animadores retocados). Ésta, en sus distintos grados, es un don, no una adquisición; integra lo que antiguos pre-psicólogos llamaban el “temperamento”, un componente bastante inmodificable y fortuito de la personalidad.

La simpatía –o su pareja, la antipatía, en la vida cotidiana y en la esfera pública– es un regalo que se puede cultivar, estilizar o amortiguar, pero no falsificar a voluntad y, por eso mismo, no es un atributo digno de mayor mérito o demérito. Pero es un hecho.

Y –cabe advertirlo, para espantar los malos pensamientos– el carisma y la ligereza de sangre fluyen por un camino independiente del de la inteligencia, la bondad o la sabiduría: la antipatía puede llegar a ser una mochila pesada para personas buenas, inteligentes o sabias o, viceversa, la simpatía, un motor a propulsión para malos, tontos o necios.

Puede que nos hallemos en el primer caso; bajo ningún respecto en el segundo. Conozco a personas, muy queridas por lo demás, admirables si los considero según esos atributos, pero que no son propiamente un dechado de simpatía. Lo importante es tener conciencia de ese rasgo y aceptarlo con templanza, cautela y, desde luego, resignación (por parte de quien lo padece) y lucidez, desprejuicio, y, desde luego, tolerancia (por parte de quien lo juzga).

El transversal y vasto “antipiñerismo” que une a los chilenos (es curioso estar unidos en torno a una afección puramente negativa) puede ofuscar el juicio esencial: el Gobierno ha sido, en estos dos años, razonablemente bueno. El tenor de las críticas de los dirigentes de la oposición parece darme la razón: ¡qué vagas, generales y poco concretas son! Lo que ocurre, en mi opinión, es que para quienes participaron de los gobiernos de la Concertación es difícil atacar al gobierno del Presidente Pinera porque éste (si logramos poner entre paréntesis su carisma negativo) ha venido llevando a cabo bien –incluso mejor– el mismo proyecto político que esos gobiernos.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.