El jurista de hoy

Gonzalo Carrasco | Sección: Sociedad

El destacado profesor de Derecho Rodolfo von Ihering cuenta que en una ocasión tuvo un curioso sueño: “Soñó que había muerto y que era conducido a un paraíso especial reservado para los teóricos del Derecho. En este paraíso uno se encontraba, cara a cara, con los numerosos conceptos de la teoría jurídica en su absoluta pureza, liberados de toda concomitancia con la vida humana. Aquí se hallaban todos los espíritus incorpóreos de la buena y mala fe, de la propiedad de la posesión, de la negligencia y de los derechos ‘in rem’. Aquí se hallaban todos los instrumentos lógicos necesarios para manipular y transformar estos conceptos jurídicos y mediante ello, crear y resolver los más hermosos problemas del Derecho. Aquí se encontraba una prensa hidráulica dialéctica para la interpretación, que podía extraer a presión un ilimitado número de significados de cualquier texto o ley; un aparato para construir ficciones, y una maquina de partir cabellos que podía partir uno solo en 999.999 partes iguales y, si era manejada por los juristas más expertos, podía dividir cada una de esas partes, nuevamente, en 999.999 partes iguales. Las ilimitadas oportunidades de este paraíso de conceptos jurídicos estaban abiertas a todos los juristas propiamente calificados, siempre que los mismos bebieran el líquido leteo que provoca el olvido de todos los asuntos terrenos de los hombres. Pero para los juristas más expertos el líquido leteo era enteramente superfluo. Ellos nada tenían que olvidar”.

El sueño Ihering, que está al borde de la alegoría,  es una invitación a reflexionar sobre el norte que debe guiar el Derecho y el éter de ideas que deben ser la inspiración de las normas jurídicas que regulan el actuar de la sociedad, distinguiendo la mundanidad (“los más expertos no tenían nada que olvidar”) de la hermosa y sana pertenencia al mundo. Ser del mundo no es lo mismo que ser mundano.

Ante esto, ¿qué función debería cumplir el jurista? Pienso que la de un intelectual con conciencia de su trabajo, recordando que cada jurista es el sucesor de un pontífice obligado a ser el guardián del Derecho.

Lamentablemente, hoy esta conciencia se ha perdido en gran medida por muchos estudiantes y profesores de Derecho, y aun cuando existen algunos brillantes guardianes de esta honorable rama del saber en nuestra doctrina nacional, se ha perdido el valor de un norte que guie la legislación de manera que los ciudadanos puedan desarrollar las virtudes humanas.

No es una tarea fácil encontrar los caminos legislativos que determinen la conducta hacia un actuar virtuoso, considerando además que la tarea del jurista va unida a los político-legisladores que no siempre son ejemplos de virtud.

Es por ello, que con ocasión de una pregunta hecha en una entrevista al destacado jurista Rafael Navarro-Valls, éste dijo que “Los juristas sabemos que, en materia de valores sociales, el Derecho tiene un influjo mayor mediante lo que podríamos denominar su actividad negativa. Es decir, puede contribuir a erosionar, por ejemplo, el ecosistema familiar con más eficacia que a restaurarlo, una vez alterado por medidas legislativas precipitadas”.

Esto ha tenido como consecuencia que hoy quien se dedica al estudio del Derecho no tenga la misma influencia en la sociedad que tuvo en tiempos anteriores. Georges Ripert en su obra “El régimen democrático y el Derecho Civil moderno” ya lo anticipaba cuando escribió que “Eliminados de la política y aun de la filosofía, los juristas se ha refugiado en el estudio de lo técnico. Allí se les ha dejado absoluta libertad y se les ha animado, pues tales estudios son inofensivos”.
Mientras escribo, recuerdo dos cosas significativas que vienen a la ocasión. Una clase que tuve con el destacado civilista René Abeliuk, en la que dijo que “en la actualidad los contadores auditores existían gracias al poco progreso de los abogados en materias económicas”, y una homilía del sacerdote Cristián Roncagliolo Pacheco, en la misa de inicio de actividades académicas de la Facultad de Derecho de la PUC de este año, donde dijo (parafraseo) que “la labor del abogado es distinta a la labor de un ingeniero comercial, de un medico, o de un ingeniero civil, ya que aun cuando esas sean nobles tareas, el abogado es un constructor de la sociedad”. Estos ejemplos muestran que el sentimiento es algo compartido.

Por esto el jurista debe tomar conciencia de su labor científica, para reencontrarse con los principios universales e inalienables de la ley natural, de los que el hombre con tanta frecuencia trata de huir y así, debe ir distinguiendo aquella ley humana que se inspira en la ley natural y la que no, y que en consecuencia, carece de todo valor.
En un ejemplo más de la práctica de la fe desde el camino de la inteligencia, San Josemaría Escrivá de Balaguer, doctor en Derecho y amante profundo de la Universidad y del conocimiento científico, da directrices para una fructífera investigación de la Verdad en un discurso académico pronunciado el 9 de mayo de 1974, que pueden servir de guía a la labor del estudio del Derecho: “el amor a la verdad compromete la vida y el trabajo entero del científico, y sostiene su temple de honradez ante posibles situaciones incómodas, porque a esa rectitud comprometida no corresponde siempre una imagen favorable en la opinión pública”. Y es que, lamentablemente de manera muy común, la verdad descubierta con el esfuerzo de un estudio bien hecho, choca con la conducta de muchas personas que se niegan a ver más allá.

Se hace necesario redescubrir este valor del cultivo del Derecho, con independencia de los posibles rechazos que tenga la bella imagen de la verdad, sobre todo en esta sociedad donde la cultura relativista a veces parece imperar. Es necesario, en consecuencia, que el jurista cultive la virtud cardinal de la fortaleza frente a estos obstáculos.

Por ello, Andrés Bello siendo un ejemplo para los hombres de Derecho, decía que “Desearíamos que el joven abogado extendiese sus miras más allá del reducido y oscuro ámbito de la práctica forense; que profundizase los principios filosóficos de esta ciencia sublime, y los contemplase en sus relaciones con las bases eternas de la justicia y de la común utilidad; y que no olvidase de templar su serenidad, amenizándola con el cultivo asiduo de la filosofía y de las humanidades, sin las cuales no ha habido jamás ningún jurisconsulto eminente”.