Dar
P. Raúl Hasbún | Sección: Religión, Sociedad
La sabiduría, sinónimo y requisito a la vez de felicidad, supone un ponderado equilibrio entre hablar y callar; obrar y orar; apurar y esperar; reír y llorar; recibir y dar: cada uno de estos elementos en el momento oportuno y en la justa medida. Detengámonos en el último binomio. Desde que somos concebidos estamos recibiendo: vida, alimento, cuidado, educación, amor. Y aunque la edad va reduciendo el nivel de dependencia, nunca llegamos a ser autosuficientes. De ahí que el sabio sea dócil, humilde y agradecido: tres calidades cuya ausencia garantiza un pasarlo mal y hacer mucho mal.
Para satisfacer tal necesidad y derecho de recibir tiene que haber otro en posición y voluntad de dar. Por ley de la naturaleza, por exigencia de la sociedad y por consecuencia de nuestra dignidad de hijos, creados a imagen y semejanza de Dios tenemos vocación y misión de dar. Vocación y misión que no se actualiza dando cualquier cosa o dando de cualquier manera. No es sabio ni virtuoso el que da como liberalidad aquello que todavía debe en justicia: impostura rayana en la hipocresía. Tampoco merece alabanza el que da con la torcida intención de ganar poder sobre otro o fabricarse una imagen de público benefactor: el don es meritorio cuando busca sólo el bien del beneficiario. Señal negativa y sospechosa es dar con máxima publicidad, o sólo cuando hay publicidad: “que tu mano izquierda no sepa lo que da tu derecha”, amonesta Jesús.
El mérito de dar empieza a corroerse en la medida en que el donante deja al receptor en permanente dependencia, sin procurar que el subsidio favorezca su paulatina emancipación: actitud que no honra la dignidad del que recibe ni la inteligencia o pureza de intención del que da. Similar reparo merece el que da de mala gana, como forzado o con cuentagotas: Dios y los hombres aman al que da con alegría y sin dejarse vencer en generosidad. Mención especial hace Jesús del dar a aquellas personas cuya situación les impide, en lo inmediato, retribuir: indigentes de comida, vestuario, habitación, salud o libertad. Esa indigencia del beneficiario asegura la mejor retribución para el benefactor: “vengan, benditos de mi Padre, a tomar posesión del Reino preparado para ustedes desde la creación del mundo… porque lo que le dieron a uno de estos hermanos míos más pequeños, me lo dieron a Mí”. Sin olvidar que hay también indigencia de respeto, de verdad, de perdón y de alegría, con la consiguiente necesidad de obras y dones espirituales como son enseñar, aconsejar, corregir, consolar, reconciliar, regocijar.
Entonces la sabiduría culmina en el hermoso desequilibrio prometido por Jesús: “mayor felicidad hay en dar que en recibir”.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Humanitas, www.humanitas.cl.




