Y el hijo, ¿qué?

Pablo Follegati | Sección: Familia, Política, Sociedad

El hijo ha sido el gran olvidado del debate respecto del “matrimonio” homosexual, y del tema que le viene siempre aparejado, la adopción de niños por parte de estas “uniones”. Nos permitimos esta breve reflexión acerca de esta ineludible condición de todo ser humano, que puede servir, una vez desechado el sentido común, para recordar la perenne importancia que tiene la familia para la cultura, al menos tal y como el género humano la había entendido hasta nuestros días.

Lo esencial de una persona es, precisamente ser persona, ser “alguien” y no algo. Ser hijo es, según la terminología clásica, “accidental” (más precisamente, es un accidente de relación). Ser hijo no es la esencia de un ser humano, y lo que no es esencial es accidental. No obstante lo anterior, es imposible venir a este mundo sin ser hijo.

Como el hijo es una persona y, como tal, portadora de una dignidad inviolable, que no puede ser usada por terceros como un mero medio o instrumento  (mismo principio por el cual se condena la esclavitud, por ejemplo), resulta absolutamente imprescindible que cada hijo venga a este mundo de un modo coherente con su dignidad personal, esto es, querido por sí mismo y no como un mero medio (por el bien que él mismo constituye y no por el bien que se pueda conseguir de él). Que a una persona le comuniquen, más o menos concientemente, que ha sido traído al mundo instrumentalmente y sin un mínimo de gratuidad, no puede sino traer graves consecuencias para esa persona.

Entonces, todo ser humano, en el ejercicio de su sexualidad, tiene una responsabilidad de la que no puede escapar, ni aún aduciendo sus “derechos sexuales”. Situándonos incluso en esa pobre pero popular definición según la cual “la libertad de uno termina donde empieza la del otro”, ninguna persona tiene el derecho de unirse sexualmente a otra sin considerar que de esa unión eventualmente se puede engendrar una persona y que ésta, como tal, exige venir a este mundo de modo gratuito (por amor, se suele decir) y no como un medio que viene únicamente a satisfacer el deseo de los potenciales padres.

Fijémonos entonces en los derechos del hijo: por que un hijo es persona, y no puede venir a este mundo sino es por el concurso de un hombre y una mujer, es que los seres humanos estamos obligados a usar de nuestra sexualidad de modo tal que queden salvaguardados sus derechos.

Por lo tanto, para ser verdaderamente respetuosos de los derechos humanos, la sociedad debe resolver cuál es el marco adecuado (moral primeramente, y jurídico por extensión) para que una persona venga a este mundo de un modo coherente con su dignidad. ¿Es necesario que haya una promesa pública entre un hombre y una mujer, de amarse y respetarse mutuamente por el resto de sus días para que su acto sexual sea coherente con la dignidad de un hijo? ¿Es coherente que nazca solamente como fruto de un “entusiasmo” pasajero entre un hombre y una mujer? ¿Es justo que una persona venga al mundo sin que se tenga la seguridad de que sus padres lo quieran educar todo lo que sea necesario, tal y como su condición de persona lo exige? ¿Es coherente con la dignidad de una persona que los padres suspendan el uso de anticonceptivos para posibilitar que venga un hijo al mundo?

Todas las normas morales y todas las leyes relativas al ejercicio de la sexualidad están relacionadas con el hecho de que todo hombre viene a este mundo como hijo, que todo hijo es persona, y que toda persona tiene unos derechos inalienables.

Toda esta consideración tiene un problema que, en general, para el hombre progresista es difícil de aceptar: que el hombre tiene un origen sagrado. Olvidada en una sociedad la verdad acerca de la existencia de Dios, que es el origen de la persona, de cuya acción creadora participan los padres, es lógico que se olvide su carácter sagrado que no se tenga la perspectiva necesaria como para considerar los derechos de un hijo en cuanto que es persona.

Lo que queda es seguir escuchando cómo defienden estérilmente los derechos humanos –tanto los que existen como aquellos que son invento moderno– personas que lamentablemente no aciertan a comprender suficientemente al sujeto de esos derechos.