Macrocefalia

José Luis Widow Lira | Sección: Educación, Política, Sociedad

La macrocefalia es una malformación, defecto o patología que consiste en tener excesivamente grande la cabeza en relación al cuerpo. El problema es mayor si se considera que cuando existe una parte de un organismo hipertrofiada eso suele traer aparejada la atrofia de otras de sus partes. Además, si se trata de la cabeza grande de un animal que camina erguido en sus extremidades inferiores, la consecuencia será un centro de gravedad alto y por lo tanto una severa tendencia al desequilibrio, a caminar a trastabillones y cada cierto tiempo, en particular cuando apure la marcha porque ve alguna perenne aspiración cercana y accesible, a caer estrepitosamente. Caída, obviamente, que le hará perder el objetivo que llegó a pensar que lo tenía en el bolsillo.

Pues bien, si se me permite hacer un diagnóstico, me parece que Chile padece de macrocefalia grave. Chile está cabezón. Y si se añade que es flaco y larguirucho, podrá adivinarse que ahora que estaba apurando el paso porque pensaba que estaba a una esquina del desarrollo, se dará un costalazo –o se está dando– de padre y señor mío.

¿Por qué el diagnóstico de macrocefalia? Básicamente por tres razones. La primera, y en los días que corren la más vistosa, es que tiene la cabeza grande y sus miembros con atrofia parcial en lo que atañe a su enseñanza superior. La segunda es que tiene la cabeza no grande, sino gigante en lo que se refiere a su ciudad capital en relación con las regiones. La tercera, que tiende a pensar que los problemas se solucionan con la ley, la que si bien es capital, no puede reemplazar él ámbito propio de las acciones concretas de los ciudadanos, único en el cual finalmente se resuelven o no los problemas reales.

Vamos por orden. La matrícula de primer año en la educación superior el año 2010 se distribuyó de la siguiente manera: en las universidades se matricularon 149.361 estudiantes. En los institutos profesionales, 90.405, y en los Centros de Formación Técnica, 58.359. Es decir, el 50% de los estudiantes ingresa a la educación universitaria. Si se considera la matrícula total el porcentaje de estudiantes universitarios crece a 63% y sólo el 37% estudia en Institutos Profesionales y Centros de Formación Técnica. Es obvio que la fuerza de trabajo requiere de más técnicos que profesionales universitarios. ¿Qué ocurre, entonces, con parte importante de los alumnos universitarios una vez que egresan? Trabajan en puestos propios de técnicos. Esto significa una dilapidación enorme de recursos y de paso una creación de expectativas en una enorme cantidad de gente que luego no se cumplen. En Chile, con ese clasismo estúpido que solemos profesar, la educación técnica es vista como de segunda clase. Es imperioso cambiar esa visión, lo cual depende, por supuesto, del gobierno, pero también de otras instancias: la educación media debe dejar de estar orientada a la universidad como casi única o al menos preferencial salida. Por su lado, las empresas deben definir adecuadamente el perfil de sus trabajadores y allí donde lo natural es que haya un técnico, no debieran contratar un universitario como primera opción. Lo lamentable es que, aunque ya pocos recuerdan, las protestas estudiantiles partieron por la reacción de los rectores del CRUCH cuando el gobierno anunció que pondría más recursos en la educación técnica, entre otras cosas, porque es el sector que mayor movilidad social ascendente produce.

La segunda, de todos conocida, será la que produzca el próximo estallido social, pues ya no da para más. El centralismo ha conducido a que un porcentaje superior al 40% de la población viva en Santiago, mientras en las regiones extremas juntas no vive más del 4%. Pero no sólo eso, pues si se considera cómo se distribuye geográficamente la riqueza en Chile, la situación es peor. Considérese, por ejemplo, que todas las casas matrices de las empresas más importantes en Chile están en Santiago, salvo quizá una sola honrosa excepción. También significa que los sueldos más altos quedan en Santiago. Además que tributan en Santiago, que las decisiones se toman en Santiago y con la perspectiva del que vive en Santiago. Esto también vale para todas las empresas del Estado, ninguna de las cuales tiene su casa matriz en regiones. Uno no puede evitar preguntarse, por ejemplo, qué hace la casa matriz de Codelco en Santiago, cuando podría estar perfectamente en la región de Antofagasta. Lamentablemente este gobierno, aunque declare buenas intenciones, pareciera que en los hechos va para el otro lado: más centralismo, más macrocefalia. Por ejemplo, este año el presupuesto ya no contempla la “compensación” para regiones por el millonario subsidio al Transantiago, cuando ya el nombre mismo de “compensación” reflejaba una irritante visión –o más bien ceguera– centralista, pues parece que si no se gasta en Santiago, entonces no había razón para hacerlo en regiones.

La tercera razón para el diagnóstico de macrocefalia es la arraigada creencia de que nuestros problemas se solucionan con leyes. No estoy sosteniendo que las leyes no sean importantes –son efectivamente capitales–, pero sí afirmo que si no tienen su correlato en las acciones de las autoridades y ciudadanos fundadas y animadas por la virtud que orienta hacia el bien común, entonces no sirven de nada. Qué sentido tiene, por ejemplo, una ridícula modificación de la Constitución para garantizar la calidad de la educación –como si tal cosa pudiera garantizarse en una ley– si nada se hace en el terreno de la educación concreta, que tiene que ver con profesores y su capacitación, con autoridad, con mayores recursos, y sobre todo con lo más olvidado: formación de virtudes en los alumnos que les permitan tener una vida de esfuerzo, disciplinada y con su norte claro. Virtudes morales e intelectuales. Lamentablemente, otra vez con una ceguera increíble, no sólo no se pone el acento en esto, sino que quien se atreve a proponerlo seriamente es indicado con el dedo acusador como una suerte de dinosaurio que desea imponer su moral al resto. Habrase visto cosa más ridícula, pero, que sin embargo nadie parece discutir ni ponerle coto. Por el contrario, la necesidad urgente de educar nuestras generaciones jóvenes en la virtud es reemplazada por más leyes y, por supuesto, por la no aplicación de aquellas que pudieran disgustar precisamente a esos jóvenes que necesitan ser formados.

Perdonen ser agorero, pero creo que mientras no superemos esta macrocefalia, Chile seguirá caminando a trastabillones y no sería raro que nos demos un costalazo todavía mucho mayor que el que hemos sufrido durante este año 2011.