Ira
P. Raúl Hasbún | Sección: Religión, Sociedad, Vida
Desde Aristóteles sabemos que la calificación moral de la ira depende de por qué y cómo se enoja uno. Falta contra la paciencia el que explota sin causa suficiente y más allá de toda medida razonable. Falta también contra esa virtud el que debiendo enojarse no lo hace: su aparente moderación es un disfraz de su tácita aceptación de la injusticia contra la que debía rebelarse.
La Sagrada Escritura consigna injusticias que claman al cielo y manchan la tierra. Así ocurrió con el crimen de Caín, que mató por envidia a su hermano Abel; el genocidio del Faraón, que ordenó a las parteras egipcias asesinar a todo recién nacido hebreo; la inicua orden del rey David para que el ejército dejara morir a Urías, esposo de Betsabé y así encubrir su adulterio; la matanza de niños inocentes decretada por Herodes en Belén. Toda eliminación directamente querida de una vida humana inocente es un crimen contra Dios y contra el hombre. Atenta contra el derecho primero y fundante de todos los demás. Usurpa la exclusiva soberanía de Dios sobre la vida. Deja tras de sí una estela de dolor, daño y perturbación tanto personal como social. Por eso no es virtud el silencio complaciente o el lenguaje eufemístico contra quienes perpetran tales crímenes. Mucho menos puede ser virtuoso contener la ira contra quienes los justifican y les suministran los medios necesarios para consumarlos. Peor que el ladrón es la autoridad que de hecho o de derecho condona el robar. Peor que el homicida es quien aprueba leyes que autorizan a matar una vida inocente. Y en el colmo de la perversidad se sitúa el que garantiza al homicida la protección del Estado y, si es el caso, el financiamiento de su fechoría.
Toda esta carga de perversidad antivida se acumula en la permisión legal del aborto. Más que permisión, es una incitación: sus partidarios la promueven en nombre del derecho a decidir libremente. ¡Como si hubiera libertad contra el derecho a la vida de un inocente! Y comienzan siempre con la invocación terapéutica. ¡Como si el asesinato directamente pretendido de un inocente mereciera llamarse, y perpetrarse, en calidad de medicina curativa! Claro, al invocar razones de salud, el crimen quedará amparado y financiado por el aparato estatal de salud pública. Promotores de este crimen que clama al cielo son médicos que hicieron el juramento de nunca dañar la vida. Y parlamentarios que juraron honrar la Constitución, garante del derecho a la vida. Y bautizados en el Cristo que ardía –y arde– de ira contra el que ofende la conciencia y desatiende la vida de los más pequeños. Ha llegado la hora de la buena ira.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.




