¿Cuánto cuesta el domingo?

Joaquín García Huidobro | Sección: Familia, Política, Sociedad

¿Hay algo más cómodo que saber que, a pocas cuadras de nuestra casa, hay un supermercado que atiende las 24 horas de lunes a domingo? Levantarse a las 4 de la mañana y saber que habrá una cajera dispuesta a vendernos un yogur, suena reconfortante.

También es comodísimo comprar en un mall, en pleno día domingo, la chaqueta que necesitaremos el lunes, porque la que se tiene está un poco arrugada y planchar es aburrido. Que haya un montón de dependientes que recién en febrero tendrán tiempo para ver a sus hijos pequeños es una anécdota, irrelevante ante la importancia de la compra que queremos hacer.

El debate sobre el alcance del feriado del 19 de septiembre no pasa de ser una anécdota en comparación con una realidad que debería llenarnos de vergüenza. Una cosa es una estación de servicio, un restaurante o una farmacia, pero otra muy distinta es que nuestros hábitos de compra mantengan a varios miles de chilenos en una situación que no querríamos para ninguno de nosotros.

Nos tranquilizamos pensando que se trata de personas adultas, que han celebrado libremente un contrato de trabajo que les exige una disponibilidad total. Pero, ¿cuánto hay de libertad en ese acto? No hace falta ser marxista para reconocer que existe un “ejército industrial de reserva”, un 7,5% de desempleados que están esperando que una persona renuncie a su puesto de trabajo para ocupar su lugar. Mucha gente en Chile sabe que si abre la boca le dirán: “¡si no le gusta, váyase!”, de modo que prefiere mantenerla cerrada.

¿Significa esto que los empresarios de las multitiendas son unos malvados?, ¿se han propuesto destruir la vida familiar de sus empleados y, de paso, fomentar la delincuencia, la drogadicción y el mal rendimiento escolar de esos hijos que apenas ven a sus padres? No va por ahí la cosa. Como ya lo vio Hegel, ellos son, en cierto modo, víctimas: si uno decide actuar de otra manera, la consecuencia más probable será la ruina.

Se hace necesaria, entonces, una intervención externa, que ponga algunas reglas básicas que todos deban respetar. La solución perfecta sería que nos atreviésemos a llevar a cabo un consumo solidario, que nos lleve a abstenernos de comprar los domingos o en otros días feriados. Pero es difícil renunciar al poder de comprar cuando uno quiera. Los sacrificios cuestan.

La otra posibilidad es que intervenga la ley y, como en un proyecto que se está debatiendo, exija, por ejemplo, aumentar el número de domingos libres de que dispone cada empleado al mes. ¿Se encarecerán un poco las camisas chinas? También las telas de algodón subieron de precio cuando se abolió la esclavitud. Si queremos salir del subdesarrollo económico, tendremos que trabajar muy duramente, mucho más que hasta ahora, pero si no se hace de manera adecuada, caeremos en el subdesarrollo moral.

Los chilenos nos hemos convencido de que nuestro sistema de compras es lo más normal del mundo. Y no lo es. Hay economías de mercado muy respetables, como las de Francia o Alemania, donde los supermercados no abren en domingo. La pregunta no es cuánto cuesta el domingo, sino: ¿creemos que todo está sujeto al cálculo económico?

Si no entendemos que hay cosas sobre las que no se puede disponer, realidades que van más allá de todo cálculo, como es el caso de un horario decente de trabajo, ¿podremos extrañarnos que luego se empiece a disponer de los bienes más sagrados, por ejemplo, de la vida indefensa?

Algunos quieren convencernos de que hay sólo dos posibilidades: o ser personas que hablan de dignidad sólo cuando el afectado está en el vientre materno, o ser unos reformadores sociales que se interesan por las condiciones de trabajo de los adultos mientras les da lo mismo que se mate a una guagua o a un enfermo terminal. Quieren que elijamos entre conservadurismo moral y socialismo económico. Esa disyuntiva es falsa, profundamente tramposa y no hay que dejarse engañar por ella.

La polémica actual sobre el aborto y el debate sobre el respeto del domingo no son dos discusiones totalmente distintas, puesto que ambas tienen que ver con el respeto que merece todo ser humano. Que el afectado se halle en un mall o en el vientre de su madre, es una circunstancia importante, pero no afecta el fondo de la cuestión.

 

 

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por El Mercurio de Santiago.