Del valor del error y de un privilegio de la Iglesia en el debate público

Gonzalo Letelier Widow | Sección: Historia, Política, Sociedad

No es extraño escuchar que el fundamento y condición de una sana convivencia (normalmente se añade “democrática”) es la tolerancia, la apertura de mente y la valoración de la diversidad. Me parece, sin embargo, que una excesiva valoración de la diversidad nos impide comprender el valor del error, y de ese modo hace impracticable el diálogo.

Demás está reiterar que si por “tolerancia” y “apertura de mente” se entiende escepticismo, entonces lejos de fomentar el diálogo lo hacen imposible. De hecho, si no es posible concluir, ¿para qué diantres razonar? Por lo demás, a falta de razones aceptables para cualquiera terminaremos razonando con los sentimientos, lo cual es extremadamente peligroso. En un ejemplo sencillo: es improbable perder la calma porque un patán proclama que el teorema de Pitágoras o el principio de Arquímedes son una soberana idiotez; y si se la pierde no será por lo que dice, sino por cómo lo dice. Pero ¡ay de aquel que ose afirmar una cosa semejante respecto del equipo de fútbol de nuestros amores! Y el punto está en que la verdad no pertenece a nadie, en cambio mis afectos sí. El que ofende a la verdad es tonto, pero no ofende a nadie; el que ataca mis sentimientos es un canalla que me ofende de modo personalísimo, incluso cuando lo que dice es verdad. Al sentimiento no le interesan las razones.

Donde no hay verdad, sólo hay sentimiento, afirmación ciega y dogmática; es decir, ideología. Si tiene dudas, haga la prueba: pruebe a criticar públicamente la democracia y después tome palco. Recibirá democráticos insultos y descubrirá pluralistas palabrotas ignoradas por cualquier oído decente.

Algo distinto es el caso de la valoración de la diversidad. Aquí la cuestión es algo más sutil. De hecho, parecería que esto sí que es eficaz garantía de convivencia pacífica. En efecto, valorar lo diverso por diverso parece ser sinónimo de respetar al prójimo. Y sin embargo hay una importante diferencia. Solamente se respeta aquello que se sabe que es singularmente valioso; a la inversa, valorar todo por igual es lo mismo que no valorar nada. Lo único que es capaz de asegurar la valoración de la diversidad es la paz de los ascensores: una tranquilidad absoluta fundada en la más total indiferencia.

El punto se hace es más claro cuando lo vemos en concreto: a nadie le gusta que lo escuchen por “diverso”, sino porque (cree que) tiene razón y que sus razones son buenas. Al contrario, ser tratado como “diverso” es profundamente ofensivo: es el modo en que se trata a los gorilas o iguanas del zoológico.

Por extraño que suene, el único principio que puede asegurar la paz y el diálogo social es el amor a la verdad y el repudio al error. Con la condición de que se añada una precisión: no es lo mismo conocer lo verdadero que ser su dueño, y por consiguiente, saber algo no es lo mismo que saberlo todo. Ni el que cree saberlo todo, ni el que cree no saber nada tienen motivo alguno para sentarse a conversar con otro que, en cualquiera de los dos casos, seguramente no tendrá nada verdadero que decir.

En este sentido, el principio fundamental que hace posible el diálogo suena muy diverso a esos rimbombantes nombres modernos de la indiferencia. Es un principio sobre todo humilde; pero humilde de verdad, no con esa falsa humildad de quien se infla proclamando “yo sé que puedo estar equivocado y usted es dogmático por no reconocer lo mismo”. Se trata, al contrario, de saber que el otro, por equivocado que esté, al menos en algo debe tener razón, y que es muy probable que se equivoque precisamente porque ha visto (y exagerado) algo que los demás no vimos con toda claridad. Me atrevo a decir que este es el gran hallazgo metodológico de Tomás de Aquino. El que se equivoca también es inteligente, a veces es mucho más inteligente que aquel que, sin mérito alguno, tuvo la fortuna de conocer alguna verdad. El escolar que estudia el sistema solar ciertamente sabe más que Aristóteles, y pese a esto, sin dudas yo preferiría que me enseñe este último.

Dicho de otro modo: sólo el que valora la verdad es capaz de valorar también el error. Sí, valorarlo, porque no existe error absoluto. El mismo error es proponible, explicable y persuasivo en la precisa medida en que contenga algo de verdad. Por eso los errores más peligrosos son precisamente los que más se asemejan a lo verdadero.

La tesis tiene una interesante aplicación práctica: no todos los “equivocados” merecen el mismo respeto. Hay “equivocados” a los que no se puede ignorar lícitamente.

Del mismo modo, hay algunos interlocutores que pueden lícitamente exigir ciertos privilegios en el debate público. Uno de ellos, quizás el principal, es la Iglesia católica. No porque diga tener razón (“yo digo que yo tengo razón”, aun si la tengo, es un argumento bastante débil), sino porque, incluso si estuviera equivocada, es indudable que tiene mucho que decir sobre muchas cosas.

En otras palabras, desechar de plano la opinión de la Iglesia sin escucharla, además de gratuito, es profundamente imprudente. Es más; es prepotente, absurdo y ofensivo. Imprudente porque nos priva sin razón alguna del único “actor social” (así los llaman ahora) que ha venido diciendo exactamente lo mismo sobre los temas más importantes del hombre durante cerca de dos mil años. Descaradamente ofensivo porque significa acusar de sistemática imbecilidad a una enorme proporción de la humanidad, incluyendo algunos de los mayores sabios de su historia, durante una enormidad de tiempo, sin otro fundamento que la propia opinión subjetiva.

Evidentemente, esto no demuestra que la Iglesia tenga razón. Pero sí demuestra que lo que dice no es absurdo, y que antes de rechazarlo es perentorio entenderlo, porque es casi indudable que prácticamente todos los argumentos que se le oponen han sido ya recibidos, considerados y confutados a lo largo de su milenaria historia.

Así, el único privilegio que puede exigir la Iglesia en el debate público es el beneficio de la duda. Es su derecho, y con eso debe bastarle.

Y efectivamente le basta: es históricamente cierto que, allí donde se la deja hablar, la Iglesia convence y convierte. No por casualidad, tras los infructuosos esfuerzos por callarla, la única táctica que se ha probado efectiva contra su avance consiste en lograr que, ya sea por prejuicios o por pura mundanidad, no se la escuche.