Carta abierta a las familias numerosas
Luis Fernández Cuervo | Sección: Familia, Sociedad
Ahora que pasan, según lo deseo, unas felices vacaciones, padres y abuelos, rodeados por la corona bulliciosa y alegre de numerosos hijos, nietos, y en ocasiones demás parentela, hasta completar la gran familia, casi-clan, casi tribu, ahora aprovecho esta ocasión para decirles que ustedes son los realmente importantes en cualquier país, los que engarzan mejor la transmisión de generaciones, la tradición que se hace cambio y progreso, los mejores valores y virtudes de una sociedad humana.
Ríanse ustedes de la propaganda machacona que quiere venderles el timo, con envoltura progresista, de que hay otros tipos de familias, otros tipos de matrimonios y de que tener muchos hijos es ser irresponsables. Todo eso es rotundamente falso.
Escuchemos a Chesterton cuya sabiduría de la vida y de la familia no envejece: “Todo lo que llamamos moderno ya está anticuado. Todo lo que se llama futurista ya es parte del pasado. Y lo nuevo es todavía demasiado nuevo para que se pueda ver”. Pero el matrimonio verdadero de un hombre y una mujer, y la familia verdadera que ese matrimonio forman, y la familia matrimonial de la que proceden, y la que formarán sus hijos, son el cimiento y crecimiento sólido de toda sociedad, no es el Estado ni sus maquinaciones, buenas o malas.
Chesterton sentencia: “Aunque el Estado real es una combinación humana y necesaria, siempre ha sido y siempre será demasiado grande, ancho, torpe, indirecto y hasta inseguro, para ser el hogar de seres humanos y de jóvenes que deben ser instruidos en la tradición humana. Si la humanidad no se hubiera organizado en familias, nunca habría tenido el poder orgánico para ser organizada en naciones. La cultura humana se transmite en las costumbres de incontables hogares; es la única manera en que la cultura humana puede permanecer humana”. Y de esos hogares los más beneficiosos para que cualquier sociedad se mantenga sana, son los hogares con múltiples hijos.
Repito lo que ya escribí en otra ocasión: “Esto no significa nada contra los que tienen solo uno o dos hijos. Tener pocos hijos no siempre es por egoísmo. Cada caso particular, cada persona, es un mundo. Pero sí es cierto que, a nivel de país, son cada vez más sólidos y numerosos los motivos, experiencias y estudios científicos por los cuales se deben defender y fomentar los matrimonios estables y favorecer además que puedan criar y educar muchos hijos”.
Mi primer aplauso, pues, para todo matrimonio estable y sus hijos. El segundo, más cálido y largo, para los matrimonios que se lanzaron a la intrépida aventura de tener muchos hijos. Mi aplauso y elogio, primero por todas las molestias e impertinencias que han tenido que sufrir, con paciencia y buen humor, de los imbéciles que les tratan de irresponsables. La ignorancia de esa crítica es atrevida y arrogante y su acusación un inmenso error, porque todos los estudios, psicológicos, sociológicos y económicos, coinciden en que la permanencia y progreso saludable de una sociedad depende fundamentalmente de estas familias. “El gobierno –vuelvo a Chesterton– crece cada día de manera más evidente. Pero las tradiciones de la humanidad soportan a la humanidad; y la tradición del matrimonio es central. Y lo más esencial en ella es que un hombre libre y una mujer libre escogen fundar en la tierra el único Estado voluntario; el único Estado que crea y que ama a sus ciudadanos”.
De los divorcios, los emparejamientos inestables y los apareamientos cuasi animales, están a la vista sus frutos mezquinos, ruines, conflictivos, llenos de disputas, violencias y en ocasiones de verdaderos crímenes.
Así que este elogio, defensa y exaltación no es un capricho mío. Es una verdad que actualmente conviene proclamar y subrayar. Hacerlo cuando una poderosa maquinaria política y publicitaria trata de dificultar e incluso destruir el matrimonio verdadero y la generosidad en la procreación y educación de sus hijos.
Es una verdad científicamente analizada y comprobada por muchos que se han especializado en el estudio del matrimonio, la familia y los hijos. Estudios que coinciden con lo que me dice mi experiencia. Las familias más felices que he conocido, en mi larga vida, son las constituidas por matrimonios estables, fieles hasta la eternidad, y con más de cuatro hijos; en ocasionas con ocho, diez o más hijos.
Ya en otra ocasión escribí como para muchos de esos estudiosos, no sólo educan los padres sino que educan y forman más para la vida, los hermanos y hermanas.
Vivimos tiempos donde la ceguera pragmática que padece tanta gente pone el fundamento para el progreso de una sociedad en su economía. En cambio un premio Nóbel de Economía, Gary Becker, piensa que lo fundamental para una buena economía son los matrimonios y sus hijos.




