Psicología y Psiquiatría en el Magisterio pontificio

Monseñor Fernando Chomalí | Sección: Historia, Religión, Sociedad

Bien valió la pena el esfuerzo realizado por el Dr. Pablo Verdier Mazzara, médico psiquiatra de vasta experiencia clínica y docente, en recopilar, seleccionar y editar un conjunto de discursos de los Pontífices, fundamentalmente desde Pío XII hasta Benedicto XVI, relacionados con las enfermedades mentales, adicciones y el quehacer de la psiquiatría y la psicología, y entregarnos el libro titulado Psicología y psiquiatría. Textos del Magisterio pontificio.

El autor, acompañado por las psicólogas Carolina Barriga Polo y Daniela Castro Blanco, ha hecho un exhaustivo recorrido de más de sesenta años por los pronunciamientos papales. Ya desde ese punto de vista estamos frente a un trabajo titánico que bien vale la pena destacar.

Otro elemento interesante de este estudio es apreciar que los papas hablan de estas materias a los más variados grupos. Algunos muy vinculados a la Iglesia católica, como, por ejemplo, el Tribunal de la Rota Romana, la Academia Pontificia para la Ciencia, la Pastoral Sanitaria. Otros pertenecen al ámbito típicamente civil: congresos científicos de psiquiatría, psicología, neurología, pedagogía, obstetricia y ginecología. Es notable destacar los discursos de los sucesores de Pedro a las personas vinculadas al trabajo en torno tanto de los males del alcoholismo como de la drogadicción.

La mera lectura de estos documentos constituye un valioso enriquecimiento personal para los que se dedican a trabajar en temas vinculados a la salud mental.

La motivación del autor al darse este trabajo va mucho más allá que una mera curiosidad intelectual. Él ha comprendido, con cada vez mayor nitidez, que el hombre es un ser de una dignidad tal que para comprenderlo en toda su amplitud se requiere de la luz que aporta la Iglesia, como depositaria de la Revelación divina y autorizada voz en materia de fe y moral. Él, desde su quehacer médico, no puede obviar esta luz que, lejos de opacar la razón humana, la abre a nuevos horizontes, la enriquece y la sitúa en el contexto de una antropología que responde con mayor profundidad a lo que el hombre es.

Un sinnúmero de tópicos se encontrarán en estas páginas. Quisiera dar algunos elementos que me parecen del todo fundamentales a la hora de acercarse a estos textos magisteriales.

En primer lugar, todos los escritos entregados al lector en esta obra parten de una antropología, es decir, de una visión del hombre que integra todo los aportes que hacen las ciencias humanas, pero leídos desde la Verdad revelada, que ve en cada ser humano una criatura excelsa de Dios, creado a imagen y semejanza suya, llamado a una vocación trascendente y cuya vocación fundamental es el amor, que se manifiesta en comprenderse como un don de Dios llamado a convertirse en un don para los demás.

Este hombre, que difiere sustancialmente del resto de las criaturas, es una unidad corporal y espiritual, dotado de facultades que trascienden su corporeidad, para situarse en el orden del espíritu, como son su inteligencia, su voluntad y su libertad. Es desde esta realidad como se debe comprender la aportación que realiza la medicina en el ámbito de la psiquiatría, neurología, psicología y todas las ciencias humanas que tratan con el hombre. Desde esta realidad que le confiere al hombre una dignidad del todo especial, se ha de proceder con las terapias, cuyo único fin es el bien del hombre considerado integralmente.

En segundo lugar, todos los documentos alientan el trabajo que se realiza en estos campos. Ven a la ciencia médica y a los médicos y psicólogos como grandes aliados del hombre y de su progreso, postulando la dimensión ética que ha de llevar grabado su actuar.

La Iglesia reconoce en sus pastores que no son de su competencia los elementos propiamente científicos de sus investigaciones; sin embargo, reconoce que tiene una voz importante que proclamar, dado que todo acto humano tiene una dimensión ética fundamental, y que debe ser tenida en cuenta a la hora de realizar investigaciones en las cuales está involucrado el ser humano, así como en el curso de las terapias. Allí radica el aporte fundamental de estos textos al constituirse en una guía extraordinariamente útil para quienes sostienen que el ser humano, en su calidad de persona, ha de ser siempre respetado en sí mismo, independiente de su estado de desarrollo así como de su estado de salud. Dicha dignidad brota del hecho de ser persona y no se pierde bajo ninguna circunstancia de la vida. De ahí que siempre se ha de valorar a la persona sobre las cosas o los logros científicos, la ética sobre la técnica, los valores espirituales sobre los materiales.

Un tercer elemento que me parece relevante es que los pontífices, reconociendo por cierto la complejidad de las situaciones, vinculan muchas enfermedades mentales, y de modo especial el alcoholismo y la drogadicción, con estilos de vida propios de la modernidad, que hacen que la vida se presente muchas veces carente de sentido. Los papas creen firmemente que la familia es la célula de la sociedad y la base para una educación en valores y la gran promotora de un sentido de la vida trascendente.

La gran pregunta que nos dejan los pontífices es si la organización social, tal cual se ha ido configurando, ayuda o no a que tengamos una vida auténticamente humana, centrada en las personas y no en las cosas. Además, no pueden dejar de ver, en las situaciones de pobreza extrema, violencia, guerra y tantos males que nos aquejan, un terreno fértil para las enfermedades mentales.

Un cuarto elemento que está muy presente es el respeto que se le debe al enfermo y al santuario de su conciencia y su libertad. Desde este punto de vista, los médicos que se internen en estas páginas encontrarán una ayuda insustituible a la hora de discernir sobre la licitud o no de ciertos actos que merecen mayor estudio desde el punto de vista ético. Estos temas son especialmente relevantes en virtud de las nuevas posibilidades que se abren en el campo farmacológico, quirúrgico y psicoterapéutico.

Un quinto elemento, que en mi opinión es la síntesis de todo cuanto se lee en estos magníficos textos, es que al ser humano no se le puede considerar como un ser exclusivamente biológico o psicológico. Estos elementos son reales, pero no agotan al hombre en toda su realidad. Es muy importante que estén sanos dado que son la condición de posibilidad para que el hombre se eleve a los máximos umbrales de su naturaleza de orden espiritual y de su condición de ser moral en virtud de su libertad, que se constituye en un signo eminente de su dignidad.

Estos textos ayudan a comprender de manera admirable que todo terapeuta, en el nivel que esté actuando, no puede prescindir de esta realidad admirable, la condición espiritual del ser humano, que se constituye, según palabras del Concilio Vaticano II, en la única criatura que Dios ha amado por sí misma y que no encuentra la sublimidad de su vocación sino en la entrega sincera de sí mismo a los demás.

Nota: Este artículo corresponde al Prólogo del libro “Psicología y psiquiatría. Textos del Magisterio pontificio”, editado por Pablo Verdier Mazzara y publicado por BAC.