Dos perplejidades educacionales

Gonzalo Letelier Widow | Sección: Educación, Política, Sociedad

Dos aspectos de las recientes “tomas” de los estudiantes de la educación secundaria resultan particularmente desconcertantes.

El primero de ellos es común a prácticamente todos los movimientos de contestación social. Todos ellos inspirados (por supuesto) en la democracia, la participación y el diálogo; todos ellos (salvo honrosas y escasas excepciones) argumentando a piedrazos. El razonamiento que proponen es extremadamente sencillo: como tengo razón y ellos están equivocados, es culpa de ellos si los insulto, los empujo o destruyo sus cosas (que como son también mías, exigiré de modo perentorio que sean repuestas y reparadas).

El argumento típico para justificar estas acciones es que manifestarse públicamente es un derecho político fundamental. Sea. Pero ese mismo hecho debería implicar que los violentos sean castigados con todo el rigor de la ley. Tirarle piedras a un carabinero es algo impúdicamente escandaloso; no puede dar lo mismo, no puede ser normal. Es quizás el símbolo más gráfico de la incapacidad de vivir en una sociedad civilizada. De ninguna manera puede ser tolerado, menos aún en menores de edad.

Con lo cual pasamos al segundo punto. Incluso si se tratara de movimientos pacíficos (que no lo son), nos hemos transformado en víctimas del más brutal imperio de la fuerza. Un alumno de tercero medio (¡de quince o dieciséis años, por Dios!) emplaza al alcalde de la ciudad de Santiago a presentarse (“dar la cara”) so pena de prolongar los desmanes. ¡Y el alcalde de la ilustre ciudad de Santiago va! Es cierto, difícilmente podía negarse. Pero convengamos que sus razones son totalmente análogas a las del más vulgar chantaje. Por lo demás, no se resolverá nada, porque al minuto siguiente aparecerá otro (y ya apareció, pero esta vez de cuarto medio, un adulto…) a exigir la presencia del ministro, porque el alcalde ya no basta para la grandeza de sus demandas. En mis tiempos (que son bastante vecinos), si alguien osaba convocar de este modo a una autoridad al único que lograba ver era al inspector del colegio.

¿Cómo cambiamos tanto en tan poco? ¿Qué pasó que los adolescentes y los niños llegaron a ser actores políticos relevantes? ¿Y cómo hacemos para explicar y revertir el nivel del terror con que vivimos? Un terror tan grande, en efecto, que ya nadie se atreve a decir abiertamente estas cosas, porque hacerlo significa echarse encima una caterva de niños semisalvajes que le van a dar una paliza. Por antidemocrático y cerrado al diálogo, qué diantres, merecido lo tiene.

De un modo vergonzosamente paradójico, hemos llegado a un punto en que una de las razones más potentes para realizar la (necesaria) reforma de la educación es evitar una nueva rebelión de los chupetes.