‘Matrimonio homosexual’ y retórica del progreso

Patricio Domínguez | Sección: Familia, Historia, Sociedad

Es un lugar clásico en la filosofía afirmar que justamente lo más evidente, lo que más damos por obvio, es lo más difícil de demostrar o explicar. Por siglos se ha considerado que el matrimonio –institución más vieja que el cristianismo, por si alguien se olvida– se da entre un hombre y una mujer. Hoy esta noción se discute. “Si las parejas heterosexuales pueden casarse, ¿porqué no las homosexuales? Vivimos en la sociedad del respeto y de la igualdad de derechos, etc.” Ante esta arremetida, quien daba por su supuesto que el matrimonio era una cosa reservada a un hombre y a una mujer tiene que sentarse a pensar el asunto, a buscar un porqué de lo que parece evidente. El porqué, luego de algunas cavilaciones,  aparece más o menos de esta manera: el matrimonio es un complemento corporal y espiritual sobre el cual se funda una familia: todo complemente supone una alteridad: la alteridad corpóreo-espiritual sólo se da entre el hombre y la mujer. Se retrucará con que todos estos conceptos son impositivos y violan la libertad de las personas. Habrá quienes decidan que ese complemente se da mejor entre personas del mismo sexo: “¿Acaso no tienen derecho a actuar según lo que ellos consideran correcto?” El argumento de los “derechos” parece no tener rival: si afirmo que no todos tenemos los mismos derechos o que el “derecho” a casarse se define por su posibilidad procreativa parece que quedo fuera de juego. Si digo que los homosexuales no tienen derecho a casarse porque no cumplen con el requisito básico para hacerlo, se me responderá con el epíteto de “homofóbico” (lo que equivale a decir: eres un matón incapaz de participar de la civilización) y a lo segundo el intelectual progresista me dirá que soy el último bastión de un “concepto ingenuo de naturaleza”, “del naturalismo lingüístico”, de ser un fanático religioso o defensor de algo “pre-moderno”. En resumen, si estoy en contra de la “moción del matrimonio gay” puede que yo sea (a) mala persona (b) falto de seso y (c) anticuado.

En este columna me gustaría examinar con más detalle la retórica que hay detrás de estas usuales réplicas.  Si nos fijamos bien, el progresista, tal como reza su nombre, habla de “progreso”: este es el hilo conductor de su propuesta. El mundo actual se dividiría en lo fundamental entre dos posiciones: la conservadora y la progresista. La postura conservadora quiere conservar, quiere dejar las cosas tal como las recibió (¿de la edad media?), mientras que la postura progresista quiere progresar y cambiarlas. Un bando está por el oscurantismo y el autoritarismo, el otro aboga por los derechos y la libertad. Esta caricatura simplona que encontramos en los defensores más toscos del “matrimonio homosexual” (pero compartida en parte por sus defensores más sofisticados) es la que se expresa en frases como “antes había esclavitud y los conservadores se oponían a su abolición. ¿quieres oponerte también a que dos personas que se aman no sean injustamente discriminadas?” o “antes los conservadores se oponían a la teoría de la evolución, y hoy la aceptan; mañana pasará lo mismo con este tema”. Estas frases esconden una serie de supuestos extraños. Por de pronto, presuponen que el ‘matrimonio’ homosexual es un avance o un progreso hacia lo bueno, por el hecho de ser algo novedoso o “moderno”.  “¡Hay que ser absolutamente moderno!”, parecen repetir, junto al poeta. Ahora bien, erigir como criterio de bondad el que algo sea “moderno” ¿no deja bastante que desear? ¿No es una sandez decir que una cosa es mejor o más conveniente que otra por el mero hecho de ser la segunda más nueva? ¿No estamos transponiendo un criterio aplicable a la tecnología al ámbito ético-político? ¿Lo que puede servir para los artículos electrónicos o la medicina, sirve también para la sociedad y las personas? Concediendo que la humanidad haya progresado en muchos ámbitos, eso no quita que también haya habido retrocesos, retrocesos que pueden opacar al más brillante progreso. El siglo XX es un ejemplo vivo de cómo ciertas conquistas históricas pueden desaparecer en un tris de la mano del régimen político “moderno” que sea. Desde que la palabra ‘moderno’ es un mantra, una palabra mágica, ésta se ha invocado para propiciar todo tipo de barbaridades; desde asesinar masas, quemar libros (para reemplazarlos por libros “más actuales”) hasta botar barrios antiguos y destruir obras de arte.

¿Porqué entonces esa fe ciega en el progreso? “No se trata de fe –responderán– se trata de constatar que en los países más desarrollados estas cosas se están aprobando, mientras que aquí, en Chile, estamos a la época de las cavernas”. Nuevamente la retórica del progreso, ahora con criterios comprobables: los países desarrollados. Me temo que el argumento “ellos (españoles, estadounidenses, franceses) lo han hecho” sólo pueda tener cabida dentro de un país tan arribista como el nuestro. Esa cantinela se repite desde hace siglos en Chile como excusa para todo: a la élite se le ocurrió que era mejor ser  francés que hispano, y desmontaron el magnífico artesonado español de la catedral de Santiago para cambiarlo por un estuco afrancesado y mármol pintado (tal cual); hoy muchos pronuncian la palabra “Harvard” como si fuera un amuleto y se endeudan para aprender inglés sin haber ojeado el Quijote o poder escribir en un castellano correcto. Tendremos mucho que envidiarle al primer mundo, pero de ahí a concluir  que tenemos que imitar todo lo que salga es bastante pueril. ¿No nos sonrojamos un poco cuando escuchamos hablar de la “Belle Époque santiaguina”? –¡ojalá no se entere un francés!– ¿no es un poco tonto que nos hablen de Harvard como un modelo a seguir en lo que sea? ¿No suena ingenuo que nos propongan como modelos a países donde la juventud es igual de alcohólica y desesperanzada que la nuestra? En suma, el que un país desarrollado haya hecho tal o cual cosa es un elemento retórico digno de ser mirado con menos entusiasmo, considerando también que el “copiar-pegar” es una fantasía.

Llegamos el núcleo del problema. Despejado el aderezo retórico del progreso y de los modelos a seguir, sólo queda defender la moción del “matrimonio homosexual” desde premisas filosóficas y jurídicas que no vengan con una filosofía de la historia de contrabando (“si no te subes al carro del progreso eres un reaccionario”) o con clichés arribistas (“en Suecia las niñas pueden abortar sin la autorización de sus padres, qué desarrollados son”) que terminan por motejar de “retrógado”  a quien piensa como ha pensado parte no despreciable de la humanidad por siglos. No se trata de que no haya retórica –es inevitable y bueno que la haya– sino de transparentar los supuestos sobre los que se basa esa retórica y no partir de ellos para ganar el debate por secretaría. Se trata también de evitar el “cliché” retórico de que esto es una discusión aséptica y racionalmente neutral (que recuerda también el “progreso” de las ciencias), porque es algo mucho más complicado que eso, como lo son las cuestiones que atañen al hombre.  No sólo hay posturas argumentales en juego, sino también cosmovisiones, sensibilidades, presunciones y visiones epocales.  Creo que partir como si no existieran es partir en falso y ponerse en ocasión segura de repetir monsergas como las mencionadas. Sólo si nos hacemos cargo de estos “relatos” circundantes podemos entrar a tierra derecha, y dialogar en serio sobre qué es un derecho, qué es el matrimonio, qué es la homosexualidad, cuál es la relación entre ética y orden jurídico y por supuesto, qué significa progresar en la historia. Antes de eso, paja y humo.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Ruleta Rusa Blog, http://ruletarusablog.wordpress.com.