Nosotros somos “los tiempos”

Mons. Charles J. Chaput | Sección: Educación, Religión, Sociedad

Se me ha pedido que presente algunas ideas acerca de la identidad católica de una institución católica de educación superior. Esta mañana, mientras estaba ordenando mis ideas, recordé dos artículos. Ninguno es reciente. Pero cada uno de ellos es aún más importante hoy día que cuando apareció.

El primero fue publicado en la red en 2002. El autor, Francis Fukuyama, habló en el Carnegie Council y luego respondió preguntas del público. Su tema fue: “Nuestro Futuro Posthumano: Consecuencias de la Revolución Biológica”. El Consejo puso después la transcripción en la Internet. El segundo artículo apareció en 2004. Hill Joy, un científico y matemático, lo escribió para la revista Wired. El título lo dice todo: “Por qué el Futuro no Nos Necesita”.

Cada uno de estos hombres tiene una mente sobresaliente. Ninguno de ellos, que yo sepa, es creyente. Ambos son profundamente partidarios de la ciencia y la tecnología. Pero ambos describen futuros posibles que deberían preocuparnos a todos, futuros en que la tecnología que creamos socava cosas importantes que creemos conocer acerca de la naturaleza humana, los derechos humanos y la dignidad humana.  Y lo más inquietante acerca de ambos es que tienen la intuición para ver y comprender los problemas que encaramos, también tienen la buena voluntad que los lleva a preocuparse por ellos, pero no tienen el marco de referencia moral que les permita presentar alguna solución convincente.

En sus consideraciones de Carnegie, Fukuyama hizo una observación en que vale la pena detenerse. Dijo: “Cuando (Thomas Jefferson) estaba en su lecho de muerte escribió: ‘una de las razones por las que podemos sentirnos optimistas acerca del destino de los Estados Unidos y del progreso, es que la naturaleza no ha conspirado para crear a ciertas personas que nacen con monturas sobre sus espaldas y otras que nacen con botas y espuelas para montarlas.’

Después de citar a Jefferson, Fukuyama agregó este comentario propio: las tecnologías que tendremos dentro de las próximas dos décadas “nos darán, efectivamente, la capacidad de crear personas que nacerán con una montura sobre sus espaldas y otras que nacerán con botas y espuelas para montarlas.

Si queremos saber por qué una educación verdaderamente católica es tan urgente, la respuesta está justamente ahí, en las palabras de Fukuyama. Como nación, hemos creado una cultura que se comporta como el “Aprendiz de Brujo.” Neil Postman una vez se refirió a nosotros como la primera “tecnópolis” emergente: una sociedad en que el verdadero principio organizador es el progreso tecnológico en su sentido más estrecho, y todos los otros valores sociales son subordinados a él.

Tenemos el conocimiento para desbloquear el poder de creación, pero carecemos de la sabiduría y la humildad necesarias para usarlo para el verdadero progreso humano. Nuestra definición de “progreso” es limitada y confusa. Pasa por alto la parte más vital de lo que significa ser realmente “humano:” nuestro espíritu. No comprendemos plenamente el poder que desbloqueamos o sus implicaciones. De hecho, muchos de nosotros ya no creemos realmente que exista una “naturaleza humana” única y permanente.

El genio de una educación católica es anclar los anhelos, el resplandor y la gloria en la grandeza de Dios. El hombre no tiene más seguridades que la garantía del amor de Dios. Si Lo negamos, nos negamos a nosotros mismos, si no Lo conocemos, no podemos conocernos a nosotros mismos.

Y esta es la razón de que, cuando las instituciones católicas de educación superior relajan o diluyen sus ataduras a la Iglesia, o tratan la enseñanza católica como algo de alguna manera apartado de la vida intelectual seria, no están siendo más progresistas o más relevantes. Están optando por ser “irrelevantes”, porque no tienen nada nuevo y confiable que decir al mundo que los rodea. Están traicionándose, traicionando a sus estudiantes y a la cultura que Jesucristo les llama a santificar. Jesucristo es el Señor. La Iglesia es su esposa y nuestra madre y maestra. Si estos dos hechos no arden en el corazón de una universidad católica, de sus directivos y sus profesores y, a través de ellos, en la vida de sus estudiantes, entonces ella es sólo una taza de sal más que a perdido su sabor, y su propósito.

La grandeza de la universidad católica no es sólo su excelencia académica, que es vital y admirable y que honra la gran tradición intelectual católica. Su verdadera grandeza es el humanismo cristiano — al que da vida la fe católica — que educa y hace nueva a la totalidad de la persona: mente, cuerpo y espíritu. Esto es lo que la distingue. Si una universidad “católica” es católica, realmente, fielmente, sin disculparse por ello, el futuro tendrá la clase de líderes claros y moralmente maduros que necesitamos.

Empecé con un par de voces preocupadas por el futuro. Quiero terminar con una voz del pasado que conoció la paz de la presencia de Dios en un mundo tan confuso y ansioso como el nuestro. San Agustín vivió su ministerio como obispo en una época en que todo lo sólido del antiguo mundo romano se estaba derrumbando. Su gente vivía con constante temor e inseguridad. El aliento que Agustín les dio fue este: “Tiempos malos, tiempos duros, esto es lo que la gente dice siempre; pero vivamos bien y los tiempos serán buenos. Nosotros somos los tiempos. Como seamos nosotros, así serán los tiempos.

Ustedes y yo —profesores, padres, estudiantes, sacerdotes y administradores— y todas las vidas que tocan todas las universidades católicas: “Nosotros somos los tiempos”. Y podemos dar forma al futuro con nuestro celo y fe y amor cristiano desde ahora en adelante. De manera que, vivamos bien y los tiempos serán buenos. Nosotros somos los tiempos. Tal como somos, como amamos y como hacemos, así son los tiempos.

Nota: Monseñor Charles Chaput es Arzobispo de Denver, y este artículo es una adaptación de sus comentarios en una reunión con profesores, directivos y estudiantes de la Universidad de Santo Tomás en Houston.