Sociedad de autónomos

Álvaro Ferrer | Sección: Sociedad

Semana tras semana somos espectadores (lectores) de sugerentes análisis y comentarios sobre la contingencia. Dichos análisis son verdaderas prédicas dominicales, que encuentran un sinnúmero de fieles que gozosos aplauden aquellas palabras que los exhortan a seguir viviendo tal como lo hacen y los confirman en su comodidad. El discurso que alaban no les resulta exigente, pues no pide a nadie que cambie de opinión, ni menos de conducta. Cuando mucho, les da la opción: elijan. Y con eso se los gana a todos.

En tales sermones encontramos siempre una particular y muy extendida visión sobre el modo en que ha de configurarse nuestra sociedad: cuáles han de ser los principios que la sostengan y las barbaridades que implica negar o alejarse de esos pilares fundacionales. Me arriesgo entonces a ser un bárbaro, pues no acepto ninguno de esos blandengues supuestos.

Pienso que la sociedad no se reduce a una simple agrupación de individuos que comparten un determinado espacio físico y hábitos de consumo. Creo que la sociedad requiere factores de unión de mayor peso específico. De mayor perfección intrínseca. Y la arenga liberal, por popular que sea, no une a nadie. Separa. Carcome. Destruye.

Desde el palco de la tolerancia se nos dice que somos autónomos: dueños de nuestra vida, señores del propio presente, protagonistas del futuro particular. Así, la sociedad se beneficia más con que cada uno escriba el guión de su vida que con que unos intenten corregir a otros. Este guión no admite más límite que el daño a terceros; tratándose de la propia existencia, incluye incluso el derecho a ponerle fin si se la considera muy pesada.

Ni pensar entonces en corregir. Jamás: de hacerlo se estaría violando aquel principio supremo del “no me meto, no te metas, déjame ser”. La frase parece reclamo de un adolescente aún víctima de la tiranía de sus hormonas. Como sea, es parte de la síntesis según la cual, domingo a domingo, se nos dice como hemos de vivir: cada cual preocupado de lo suyo, amo y señor de su metro cuadrado. Autónomo. Pero autónomo adulto, capaz de discernir sin intervención de terceros cual es la mejor vida que quiere vivir. Luego, facultado para vivir en función del propio destino –el que autónomamente se ha discernido y elegido–, inhabilitado por lo mismo para inmiscuirse en el de los demás. Vivir y dejar vivir. Total, el valor radica en elegir, no en elegir bien. Tal cosa es sucedáneo de paternalismo.

¿Habrase visto mejor disfraz para el individualismo egoísta, para la indiferencia respecto del prójimo? ¿Qué unidad real cabe dentro de una comunidad en que cada parte se considera un todo en sí perfecto e independiente? ¿Qué comunidad puede servir al bien de sus miembros si la independencia entre ellos es el prerrequisito de la misma vida en común? ¿Qué lazos entre personas podrán subsistir, habida cuenta de las dificultades que necesariamente acompañan toda historia, si la voluntad está habituada a buscar solo el bien propio? ¿Cómo vivir en auténtica unión y fraternidad con los demás, sobre todo con los extraños, si todo otro, con su vida y pensamiento, resulta indiferente? ¿Cómo perseverar en cualquier servicio a los demás si inmiscuirse es políticamente incorrecto, si preocuparse en serio, al punto de intervenir y mostrar el error, constituye un atentado a la libre determinación del prójimo?

Con todo, quienes pontifican la doctrina de la autonomía no cesan de corregir a quien advierte cualquier error; le disparan sendos adjetivos y semanalmente lo condenan al exilio, pues consideran su disensión como dogmatismo inaceptable para el modelo de sociedad que ellos creen mejor. Es decir –era que no– se contradicen de principio a fin. Pero no lo reconocen. Ni lo harán. Para eso habrían de reconocer este error y dar un mínimo paso hacia la rectificación. Esto es, tendrían que corregirse. Y la excepción a su regla da para corregir al resto, no para vivir coherentemente con ella.

Y es que abrir las puertas a la corrección implica aceptar que alguno pueda saber más y mejor qué es lo bueno y conveniente para otro. Y eso es soberbia. ¿Quién puede osar erigirse como conocedor del auténtico bien? Ese tal, de existir, podría razonablemente pretender influir en la vida de los otros, desde la cuna hasta su muerte. Y ello es inaceptable. Podría preferir ciertos modos de vida antes que otros, sean estos mayoritarios o minoritarios, y así trataría a algunos con mayor consideración y respeto que al resto. ¡Qué injusto! Por lo demás, la hipótesis es absurda: pues conocer el auténtico bien supone conocerlo verdaderamente. Y la verdad no es la mejor compañera de la sociedad en que estamos viviendo. La verdad sería demasiado incómoda, pues mostraría el error de unos cuantos. Demasiado objetiva. Eso suena a metafísica, palabra prohibida. Por dura. Imagínese usted, eso de que las cosas son lo que son. ¡Qué dogmatismo más intolerante! No, nada de objetividad. Ni en las cosas, ni en el conocimiento, ni en el lenguaje.

Para el liberal es útil sostener que no podemos estar seguros de nada. Salvo de que no estamos seguros de nada. Y de que el Estado ha de ser laico. Y de que hay que repartir la “píldora”. Y dar a las mujeres la posibilidad de asesinar impunemente a sus hijos. Y que los jóvenes han de gozar ante todo, incluso por sobre la obediencia a sus padres. Y de quitar subsidios con cargo a rentas generales a todo establecimiento educacional que tenga un crucifijo. Y que no se debe indultar a militares. Y que hay derecho a creer pero no a que las creencias se sobrepongan a los deberes cívicos. Y podemos seguir. Pero ¿cómo se puede estar seguro de tanto, y a la vez predicar desde la filosofía de la sospecha? ¿Qué doctrina es esta que combina escepticismo, relativismo y dogmatismo?

Conforme: ocurre que los clérigos liberales saben distinguir muy bien: tratándose de Dios son escépticos; hablando de moral son relativistas; predicando sobre derechos humanos –que  sólo predican de quienes ellos consideran personas– son dogmáticos. No hay coherencia, pero los ajustes funcionan. Y suenan bien.

Como cuando la homilía de la semana sustituye los términos varón y mujer por orientación sexual; sexo por género; matrimonio por pareja; mal gusto y tontera por humor o arte; familia por “uniones”, incoherencia y cobardía por pragmatismo. Y podemos seguir, pues los dueños de la verdad que agrada saben manipular el lenguaje. Con artificios llenos de elocuencia, y qué decir de sus abundantes citas de autoridad, impresionan y cautivan. No argumentan en serio. El terreno fértil de tal argumentación –si así pudiera llamarse– es la indeterminación total de contenido; mediante conceptos vacíos la función continua es pan y circo: cada cual los llena según su experiencia y discernimiento –dicen ellos–, como si ello fuera garantía de sensatez, sobre todo cuando el molde conceptual se llena más con pasión y prejuicios que con estudio y conocimiento cierto. Les resulta útil llamar a las cosas como se les antoja, sin límite a la hora de predicar adjetivos, sobre todo si descalifican a la Iglesia. Poco se preocupan de respetar el lenguaje: abusan, separando los conceptos del ser y su uso de la comunicación de la verdad. Salvo de su verdad –sí, con minúscula bien clara–, pues bajo la consigna del ejercicio de su autonomía y el falso derecho a que cada cual piense y diga lo que quiera, en la práctica avanzan su agenda usando a los receptores como simples medios. Cual sofistas. Es decir, no dialogan, solo pontifican como amos y señores del bien personal y político. Otra excepción. Era que no.

Es que, según repiten insistentemente, las diversas concepciones sobre lo bueno y lo malo han de poder convivir en el espacio público con la debida igualdad; de ahí entonces la indeterminación y que cada cual decida. Luego, si a usted no le gusta, ha de tolerar. No en el sentido de sufrir con paciencia, pues ello asume que se reconoce algo como malo y, por graves razones, se lo deja de combatir por un rato. No. Tolerancia como virtud suprema, la cual se debe inculcar y fortalecer por “anga y por manga”. La tolerancia permite que las diversas concepciones sobre lo bueno y lo malo convivan pacíficamente en sociedad. Y en plano de igualdad, pues todas las personas son iguales en dignidad y derechos. ¿Pero no habíamos quedado en que no es posible encontrar algo verdadera y objetivamente bueno hacia lo cual exhortar los esfuerzos humanos? Bueno, es que para el liberal hay curiosas excepciones en sus mismas premisas.

Pero ¿cómo tolerar si algunas doctrinas son mutuamente excluyentes? Votemos, que la mayoría decida: así, la opción favorecida no representa en sí algo mejor, sino algo más deseado al momento. Punto. Total, la tortilla se puede dar vuelta más adelante y tal vez entonces les toque a los otros. La clave está en que nosotros decidamos. Nosotros y nadie por nosotros. Salvo que decidamos no arreglarnos más según la regla de la mayoría. Eso no; mejor que alguien o algo nos impida semejante mala y absurda decisión. En fin.

Puesto que nosotros decidimos, dice el liberal, es que el Estado debe ser neutro. Muy neutro, siempre presentando opciones para que los individuos escojan. Nada de mostrar un camino como mejor que otro. No señor. La autoridad no debe confundir sus creencias personales con sus deberes cívicos en razón del cargo –¡sea anatema si pone una imagen de María en el edificio público! Mire que el cargo se lo dio el pueblo; limítese entonces a administrar y respetar. No a conducir, menos a guiar. De hecho, y nuevamente en razón de otra curiosa excepción a sus principios, desde el palco de la tolerancia el predicador liberal dispara con un dogmatismo certero contra la autoridad, enseñándole semanalmente cómo ha de actuar. Y otro tanto hace con los católicos: los corrige apenas puede con una suave y delicada ironía que ni un pelo les deja encima. Neutra ironía, que de neutra no tiene nada, y de posible tampoco, pues ya es en sí una doctrina sobre lo bueno y lo malo. Pero esta incoherencia poco importa: las creencias personales deben guardarse en privado y siempre ajustarse a los deberes cívicos, frase que el liberal proclama obviamente sin reconocer que su concepción de tales deberes descansa en su creencia, aquella de la neutralidad. No importa, otra excepción. Es que se trata de excepciones excepcionales. No obstante, no autorizan a nadie, menos a la autoridad, a actuar contra el paradigma.

La neutralidad no neutra se ve con claridad en una de las materias en que el liberal presta una obsesiva atención: la libertad sexual. Sí a todo, con quien sea, dónde y cuándo sea, cumpliendo dos requisitos: consentimiento libre y ausencia de daño a otro. Es que para el liberal el consentimiento es, de suyo, garantía de corrección, candado inexpugnable ante la intervención de terceros y la autoridad. De ahí que aboguen por la derogación del artículo 365 del Código Penal. Y sobre el daño…, para el liberal el daño se mide de manera curiosa, por cierto sin atender a ninguna dimensión que no sea material o corpórea. De hecho, el liberal no excluye todo daño: acepta aquellos que la sociedad acepta, pues manda la mayoría (salvo si la mayoría decide algo que afecte directamente al liberal). En la misma línea, abre las puertas a variados riesgos asociados a la libertad sexual –como la potencial muerte de un inocente– pero las cierra cuando se trata de alimentos defectuosos o una ola desde Japón. Claro, ojos que no ven, corazón que no siente. Y para el liberal es muy importante sentir, al punto que el rato rico, el placer sensible, manda sobre la responsabilidad y la consideración del otro como fin, aunque frecuentemente el liberal cite a Kant (sí, el otro, aunque consienta, es una persona, no una cosa para la delectación de los sentidos).

¿Y qué decir de la función de la ley en sociedad? Aquí pasan cosas raras: pues algunos domingos se dice que la ley puede incluso determinar quién es persona y desde cuando tiene derecho a la vida, y un par de semanas después se enseña que con la ley no basta, sobre todo cuando algunas autoridades se escudan en su letra para no enajenar su patrimonio. Así, para el liberal la ley es techo o piso según la materia; más bien, según sus creencias sobre tal o cual materia. Es que ser liberal –responden– es ser también librepensador. Abierto, con esa apertura que para ellos es sinónimo de cultura.

El discurso liberal pretende construir una sociedad indefinida, que no se identifica con nada salvo los mismos presupuestos liberales; de ahí que para discutir con un liberal haya que hacerlo en su cancha, con sus reglas y árbitro, so pena de ser considerado “interlocutor inválido«. El discurso cívico que usan tiene aires de civilidad, pero poco o nada conduce al Bien Común: la neutralidad y tolerancia serviles a la autonomía resultan incapaces de comprometer a alguien en un proyecto que supere sus metas individualistas y que, a ratos, requiera el sacrificio de las mismas por un bien mayor. Ciertamente se sigue hablando del Bien Común, ahora como saco dentro del cual cabe cualquier cosa, salvo aquellas relacionadas con la moral y el destino trascendente del hombre. Así, el Bien Común, tomado como fin, es en realidad el justificativo de los intocables medios y procedimientos: mercado y democracia. Fin de la historia.

Sin embargo, el liberal no llama explícitamente a que los individuos dejen de preocuparse de la cosa pública. Al contrario, fomenta su participación mientras esta no incomode al resto. Claro, a través del consumo, el pago de impuestos y el voto. Además del uso del control remoto: pues la tolerancia manda cambiar de canal o apagar, pero jamás criticar el espectáculo chabacano. Participamos mirando para el lado. Y para nuestro ombligo. “Preocúpese de sus cosas”, dicen. Ese es el animal político: el que no molesta.

En este escenario el auténtico bien del hombre en sociedad se vuelve una utopía, un despropósito hacia el cual ni los expertos en management, siempre serviles a sus indicadores de cumplimiento, planillas Excel y cartas Gantt, pueden llevarnos, ello sin importar su accountability dentro del proceso. Es que desde la exagerada exaltación de la autonomía de los cuerpos intermedios, pasando por la irreal y absurda minimización a todo evento del Estado, no se evita la coronación del individuo aislado –no la persona naturalmente sociable– como centro y fin de todo.

El sentido común muestra que las premisas liberales son contradictorias, están llenas de excepciones; la existencia del liberal también: pues ninguno de ellos vive realmente según lo que pontifica, al menos cuando alguien les toca el bolsillo. Entonces nada de neutralidad ni tolerancia a la autonomía del otro. Rápidamente se olvida la teoría. Como dije al principio, se trata de una cosmovisión blandengue. Una ideología reguleque. Más claro aún: es una tontera. Pero políticamente correcta y de moda. Ante todo, cómoda por poco exigente. Así, en estos tiempos de reality shows y comida rápida –“todo, siempre y altiro”– la lleva.

Podría blindarme ahora con la armadura liberal –véase cómo quedo a salvo de toda crítica– usando la frase de rigor: que cada cual piense y diga lo que quiera, pues para ello tiene derecho. Pero no creo que los derechos sean facultades carentes de un fin proporcionado e indeterminadas. No creo en el derecho a lo absurdo, a comportarse irracionalmente, pero asumo que estos no son tiempos para dar la bienvenida a los que los antiguos llamaban recta razón y las facultades morales dirigidas por ella. Obvio: nadie quiere subordinar su discernimiento adulto a una regla o voluntad superior naturalmente cognoscible, aunque ésta sea objetivamente más perfecta y, aunque difícil, sea posible de cumplir en todos los casos. Ni hablar entonces de una Regla y Voluntad sobrenatural aún más desprendida del yo.

Conviene llamar la atención: lo que nos une, el liberalismo imperante así entendido y vivido, es una doctrina que, además de absurda, es venenosa pues enferma el alma a punta de egoísmo, y así sienta las bases para la disgregación de la sociedad. El peor enemigo de aquella amistad cívica que enseñó Aristóteles es hoy el principal recurso declamatorio de cualquiera que pretenda ganar unos cuantos votos. Lo que nos une superficialmente, incluso elegido por consenso, impide que seamos amigos. Ni pensar en que seamos hermanos. Nos separa. Nos aísla. Nos aliena. Nos amarga. Donde la persona se sabe amada recibe y agradece la corrección para su bien. Aunque le duela. Mire usted una buena familia, modelo de sociedad: unos y otros se respetan, y prudentemente se preocupan, interesan e involucran. Se hacen parte, pues lo son. Se toleran sólo para evitar males mayores; ante todo, se procuran y realizan recíprocamente el mayor bien. Pero si el amor es sustituido permanentemente por autonomía… ¡no te metas, déjame solo! Hasta ahí llega la familia. Otro tanto pasa con la comunidad. Con esas premisas, adiós sociedad. Cambiemos de canal.

La sociedad de autónomos, en síntesis, está destruyendo a la persona al carcomer su capacidad y necesidad de amar. De amar en serio. Con sacrificio y desprendimiento. Pues reemplaza el recto amor a uno mismo –que encuentra el bien propio en y con el bien del otro– por el desorden del egoísmo a ultranza. De ahí que, al menos en mi experiencia, no he conocido un liberal coherente que, viviendo como piensa y predica, sea medianamente feliz. Todo lo contrario. Tal vez por eso, muy en el fondo –ahí donde pocos se atreven a entrar por miedo a encontrarse vacíos y, paradojalmente, acompañados–, y tal como muestran sus excepcionales excepciones teóricas y prácticas, clamen por objetividad, bien, belleza y verdad. Irónico entonces que excluyan con tanta violencia a Dios. Con Él se arreglaría el pastel. Completo, en todo sentido: verdadera unidad y auténtica concordia; las partes ordenadas en el Todo. Comunión y amistad en el orden que no se detiene en la justicia sino que la supera. Porque el sentido de la vida y su realización no se alcanza si el otro no importa, aunque el liberal entronice la indiferencia al respetar y tolerar, instalando el egoísmo como regla y medida del ser y el obrar.

Ya volveremos al sentido común pues la verdad triunfa por su propio mérito y no queda estómago para tanto sofisma; con Chesterton y Santo Tomás diremos que los huevos son huevos. Y que el amor es el remedio, sobre todo si es crucificado.