Iglesia, a pesar de todo

Max Silva Abbott | Sección: Religión

Las cada vez más complejas aristas que surgen con motivo del caso Karadima, han hecho que muchos se comporten como quienes buscan hacer leña del árbol caído. Así, la Iglesia católica sería el chivo expiatorio de todos los males e incluso, para algunos, una entidad que debiera ser eliminada de la faz de la tierra.

Ahora bien, sin perjuicio que resulta totalmente comprensible el dolor y también la rabia de muchas de las víctimas, y que hasta ahora existan serios indicios de que el manejo de la situación podría haber sido mejor dentro de la Iglesia, lo peor que puede hacerse es sacar conclusiones apresuradas, impulsadas más por la emoción que por la reflexión.

No se trata, obviamente, de exculpar a nadie, ni de ocultar la verdad: los hechos denunciados y que se investigan son gravísimos, y merecen ser sancionados. Sin embargo, no podemos echar a pique a toda una institución por un problema que si bien injustificable, se insiste, es muy minoritario, puesto que en todo el mundo, la cifra de sacerdotes, religiosos y seminaristas excede el millón. Con semejante criterio, ninguna actividad o institución humana podría quedar en pie.

Además, ¿cree alguien sinceramente que una institución podría a fuerza de engaños, dinero y poder, no sólo mantenerse durante dos mil años, sino además, continuar con fieles absolutamente convencidos de su fe, pese a lo que ven, y sin tener nada que ganar por conservarla, al menos en este mundo? Ha habido regímenes políticos con muchos más recursos y medios que éstos y no han durado ni siquiera un siglo; es cosa de pensar en el nazismo o el comunismo para darse cuenta de ello.

Por otro lado, debemos recordar que precisamente gracias a esta cuestionada Iglesia, poseemos una concepción de la dignidad humana como no existe en ninguna otra cultura, lo que también puede ser constatado fácilmente si miramos lo que ocurre en otras partes del Globo. De ahí que incluso los rabiosamente anticristianos, aunque no lo sepan, utilicen varios cánones de ese mismo cristianismo que odian tanto, al punto que como decía un antiguo filósofo español, “luego del cristianismo, se puede ser cristiano o excristiano, pero nunca más acristiano”.

Sin la Iglesia, y al margen de su insustituible misión espiritual (que por desgracia muchos no logran comprender), ¿dónde quedarían las obras de caridad –en que ella es, de lejos, la adalid en todo el mundo–, la defensa de la vida, de la familia, y en términos generales, de los que no tienen voz? De hecho, a tal punto ha llegado su papel preponderante en estos y otros varios temas, que muchos, incluso sin ser cristianos, acuden a ella ante conflictos sociales graves, como ya se ha transformado en una tradición entre nosotros.

Por tanto, pese a las caídas, que deben hacernos reflexionar para no repetirlas, los cristianos debemos seguir adelante, sin desmayos ni desmoralizaciones.