Algo se quebró, ¿tiene reparación?
José Luis Widow Lira | Sección: Religión, Sociedad
Los últimos meses en Chile han significado un calvario para la Iglesia. Y si ampliamos la mirada al mundo ya llevamos varios años. Todos sabemos por qué: miembros de la Iglesia, sacerdotes, monjas, consagrados en general, han estado comprometidos en abusos de naturaleza sexual, incluidos dentro de las víctimas, niños. Pero no sólo eso, sino que también los abusadores contaron con la desidia, si no franca colaboración, de autoridades eclesiásticas de mayor peso como son algunos obispos. Esto ha producido muy justificadamente escándalo en muchos y las naturales críticas públicas. Se ha hecho ver la inconsecuencia de la Iglesia: predica una cosa y practica otra muy contraria. Ha producido también el alejamiento de muchas personas de la fe y de la vida sacramental, lo cual es directamente contrario al fin mismo para el cual existe la Iglesia. Por supuesto, los acontecimientos han derivado también en el aprovechamiento de tantos enemigos declarados de la Iglesia para ensuciarla sin distinción alguna; para desprestigiar no sólo a los que han cometido abusos, sino a la institución del sacerdocio; para crear desconfianzas no únicamente con quienes se la merecen, sino con todo lo que tanga alguna relación con la Iglesia. Muchos son también los que sin haber sido enemigos abiertos, hoy han perdido todo respeto por el catolicismo y por sus sacerdotes y religiosos y, aprovechando que en este momento es gratis, critican al voleo y dan las peores interpretaciones posibles a cualquier hecho, ganando de paso puntos de rating, presencia en los medios o al menos, el montarse en la comodidad de la cresta de una ola que va en esa dirección.
Algo se quebró y no sabemos si podrá repararse. Sí estamos ciertos de que, si se puede, será muy difícil y largo. Se ha quebrado la confianza en sus sacerdotes y religiosos, se ha quebrado la fe de tantos. Se ha roto la imagen de la Iglesia y se ha perdido el respeto por ella.
En el estropicio se ha dejado de ver todo lo que permanece en pie, bien armado y vital: la misma fe de tantos que la han sabido fortalecer a pesar de los embates, a pesar de los hombres; una Iglesia que misiona, llevando la fe a recónditos lugares del mundo; mártires que están ofreciendo su sangre por esa fe; una Iglesia preocupada de practicar la misericordia con tanto necesitado. Se ha dejado de ver que esta Iglesia que se critica es la misma de la madre Teresa de Calcuta, es la misma de las Hermanitas de los Pobres, es la misma del Refugio de Cristo, es la misma de los colegios Nocedal y Almendral de La Pintana. Sí, todo esto también es católico: hecho por católicos para todos los hombres, hecho con el espíritu de la caridad católica. Pero esto, hoy, muchos no lo ven. Otros, no lo quieren ver. Otros ni quieren verlo ni quieren que los demás lo vean.
Algo se quebró. ¿Es posible de reparar? La respuesta no la conozco. Desde luego es seguro que la reparación está más en las manos de Dios que en la de los hombres. ¿Querrá Dios que se repare todo esto? No lo sé. Lo único cierto respecto de la voluntad de Dios es que si todo esto ha sucedido es porque de ello Él puede sacar bien. Y aquí entra la tarea del católico hoy día: hacer lo que debe hacer más allá de los éxitos visibles que pueda lograr.
¿Qué significa esto en concreto?
Primero, hacer todo lo posible para evitar que los gravísimos abusos que han cometido algunos de sus miembros los repitan. Hay que excluir de la vida corriente a cualquiera que tenga antecedentes homosexuales o pedófilos. Si se tiene conocimiento de que alguien debe pagar por abusos que ha cometido, tener la iniciativa para que, sin cálculos humanos, pague, aun si fueran muchos los implicados –no estoy en condiciones de decir si son muchos, pero tampoco estoy en condición de descartarlo–. Por supuesto, la jerarquía, en esta tarea, deberá velar para que no se produzca una caza de brujas, donde acusar es fácil y probar la inocencia difícil, más aun si tenemos una multitud inclinada a aceptar como verdadera cualquier acusación si ésta afecta a una persona consagrada. Pero más allá de eso, la Iglesia debe estar vigilante para que no haya más abusos y para que los que haya habido no queden sin castigo. Pero incluso debe ir más allá: debe estar atenta a lo que ocurre con tanto sacerdote que anda por ahí y que nunca debió pasar del primer año de seminario –de la primera semana–, sea por mediocre, por inculto, por débil, por amanerado, por lujurioso. Y si hay que retirarlos de circulación, que se retiren. Sin dudarlo y sin cálculos humanos.
Segundo, la Iglesia deberá revisar los seminarios y escuelas o institutos universitarios de teología. Que salga de ellos tanto seminarista que confunde piedad con amaneramiento. Que los seminarios den buena y firme formación en la fe –menos palabras vacías sobre el amor, más teología sobre las virtudes teologales; menos palabrería vana sobre el amigo Jesús, más teología sobre la obra redentora de Cristo–; buena y firme formación filosófica –menos Heidegger, más santo Tomás; menos fenomenología, más metafísica–; buena y firme formación moral, lo que implica conocimiento de lo que es bueno y de lo que es malo, carencia de respetos humanos para enseñarlo, y hábitos consecuentes para llegar a ser buen ejemplo. Esos hábitos, no debiera ser necesario decirlo, deben considerar la virilidad de los sacerdotes y la feminidad de las religiosas, a las cuales no deben renunciar.
Permítanme insistir en el punto relativo a la formación intelectual en la fe y en la sana filosofía: esto es central. El Papa acaba de insistir en ello. No puede ocurrir que en un Instituto de Teología o de Filosofía de una Universidad Católica sea más importante Descartes, Heidegger o Nietzsche en lugar de san Agustín, santo Tomás, o san Buenaventura. Tampoco está bien que tengan la misma importancia. Sin buena formación en la fe y sin sana filosofía, el catolicismo muere, partiendo por la moral que queda reducida a una cáscara vacía y termina, más temprano que tarde, siendo gravemente traicionada e incluso abandonada. La moral es la manifestación coherente de una vida de gracia cuyo fundamento es la fe que complemente y completa la Verdad que se puede conocer por la sola razón natural.
Tercero, la Iglesia debe volver a ocupar los terrenos que abandonó: debe volver a una liturgia centrada en el sacrificio de Cristo y que enseñe la fe; debe volver a salir a convertir en vez de simplemente esperar que los fieles vengan. La Iglesia está “institucionalizada” en el mal sentido de la palabra: esta “funcionarizada”. Los párrocos esperan por fieles en sus parroquias cada día más vacías; los capellanes esperan por los miembros de sus instituciones en sus oficinas, cada vez menos visitadas; los obispos esperan a sus sacerdotes en la sede episcopal en lugar de ir a pastorearlos a sus parroquias, que vendrían a ser como la primera línea del combate por la fe.
Cuarto, la Iglesia necesita que su jerarquía y sus fieles asuman la tarea difusora de la fe sin vergüenzas ni debilidades. A lo que es sí, sí, y a lo que es no, no. Ya Cristián Warnken pedía que el discurso católico dejara de ser meloso, inasible por gelatinoso, ininteligible por vago. ¡¡¡Y tenía toda la razón!!!
Quinto, la Iglesia necesita oración y mortificación. Mucha oración y mucho sacrificio. Y particularmente necesita que los fieles recen por sus sacerdotes: para que ellos sean fieles al sacerdocio de Cristo y santos ministros de su tarea salvífica.
Dios extraerá los frutos que quiera.




