De relatos y otras hierbas… en el primer año de gobierno
José Luis Widow Lira | Sección: Política, Sociedad
Hace ya algunos días escuchaba a los panelistas de un programa de conversación de radio que hacían la evaluación de lo que fue el primer año de gobierno. La crítica principal en la que todos ellos coincidieron fue que el gobierno no tenía un “relato”. Sí, tal como usted lo lee: el gobierno no tenía “relato”. Luego de un primer instante de sorpresa ante tan rara crítica, luego fui entendiendo que se trataba de algo así como que el gobierno debería haber tenido una especie de narración vital –o algo así, no recuerdo las palabras exactas– que diera sentido a sus acciones y las insertara en un proyecto mayor. Detrás del esnobismo aparecía el sentido de la acusación, aunque la verdad, era aun bastante oscuro. Hasta llegué a pensar que se trataba simplemente de una frivolidad, dado que se le pedía un “relato” a un gobierno que le tocó una muy concreta reconstrucción tras un violento terremoto. Pero no, había algo más de fondo.
La acusación, si es que al final entendí bien, consistía en lo siguiente: se trataba de un gobierno del cual no se sabía para dónde iba, no se sabía qué idea de Chile quería plasmar a través de sus obras. Si de eso se trataba, quizá podría comenzar a estar de acuerdo.
Veamos por qué. El actual, es un gobierno cuyo compromiso ha sido la eficiencia: lo prometió en campaña y la verdad es que en la medida de lo posible ha cumplido tal promesa. Más allá de que eso pareciera de buenas y primeras un gran bien, no obstante no pareciera bastar. En primer lugar, uno puede ser eficiente también haciendo el mal o cosas sin importancia. Asumamos que no se trata de esto. Admitamos que se trata de administrar más eficientemente todo el estado. Aceptemos que ha sido así. Pero consideremos también que la administración del aparato burocrático del estado será siempre una cuestión instrumental. No quiero decir poco importante. Por eso no critico la intención de ser más eficiente en ese terreno. Lo que quiero decir es que tal administración es siempre para algo. Y esto es lo que no está nada de claro en el gobierno actual. Para qué. Si, ya se, para el bien de los chilenos, pero la pregunta es qué significa eso.
Los gobiernos de la Concertación tuvieron, en general, ese objetivo bastante definido. ¡¡¡Lamentablemente!!!…, porque era un desastre. Pero lo tuvieron definido. Ese objetivo que dio carácter a las anteriores administraciones fue la aplicación del modelo cultural socialista. La educación, las artes, el tono moral de la sociedad –que es de las cosas menos tangibles pero más influyentes–, en general todo lo que tenga que ver con la cultura fue conducido de tal manera de borrar cualquier vestigio de la tradición cristiana de Chile. Se hizo en nombre del progresismo, por supuesto. El asunto era tener un Chile “moderno”, lo cual suponía un exacerbado individualismo –y así, y es sólo un botón de muestra, llegamos a tener 7 de cada 10 niños nacidos fuera del matrimonio, más que duplicando a los nacidos dentro de él–, la desaparición de todos los “tabúes” morales –antes llamados normas, o barreras morales que evitaban que las sociedades se desbordaran–, el cultivo de la fealdad –incluyendo batidoras moliendo peces, como manifestación artística–, la falsificación de la historia y “desmitificación” de los héroes –lo cual incluyó al inefable Fondart financiando la destrucción de la figura de Prat–, la ordinariez hecha estilo –partiendo por la casa de vidrio y pasando por Tunik sacando fotos de guatones piluchos–, y así suma y sigue. El asunto fue, como en España, aunque acá no se dijo, que a Chile no lo reconociera ni la madre que lo parió. Madre que, por supuesto, fue católica. Y así fue. El Chile de hoy es irreconocible. Este fue el “relato” concertacionista, si se me permite ser siútico. Desde el primer día hasta el último.
En este contexto, se entenderá mejor que ser eficiente en la administración económica y burocrática del estado es algo, aunque importante, secundario. Como decíamos, es para algo. La Concertación administró para cambiar la cultura de Chile: de cristiana a socialista.
¿Y este gobierno?… ¿Qué idea de hombre y de sociedad impulsa su actuar?… cri, cri, –sólo se escucha el grillo. En buenas palabras, ¿qué idea de bien común anima a este gobierno? Pareciera claro que no hay un proyecto cristiano, por mucho que –y reconociendo lo refrescante que es– de tarde en tarde el Presidente hable de Dios. ¿Diferente educación? Si se toca la educación es para modificar lo externo: los resultados en pruebas, la cantidad de colegios, la calidad medida cuantitativamente, etc. Eficiencia. Y el corazón… pareciera ser el mismo que viene de la Concertación. ¿Cambios en los contenidos, objetivos y programas?… poco y nada. La última son los nuevos programas de “educación sexual y afectividad”, que ahora el Ministro Lavín discurrió que debían ser obligatorios desde los primeros años educación–¡¡¡en los cuales intervino la inefable APROFA!!!, líder en la destrucción de todo lo que huela a orden natural y que por supuesto colaboró en las políticas antifamilia de la Concertación. Por supuesto, esos programas consideran el aprendizaje de los distintos métodos anticonceptivos para que el niño pueda hacer una “elección adecuada”. ¿Es que no se dan cuenta que la única manera de educar en este aspecto es con la afectividad de unos padres cuyo amor es incondicional, estable e indisoluble? No, pareciera que no se dan cuenta. Es que la Concertación hizo bien su trabajo y las actuales autoridades piensan y actúan desde los principios que ella dejó.
Repitamos la pregunta: ¿qué idea de bien común anima a este gobierno? ¿Crecimiento económico, ausencia de corrupción, eficiencia? Nada de esto es el alma de nada. ¿Reformas democráticas? Ta, ta, ta, ta… como decía el profesor Jirafales. El alma de un gobierno está dada por su idea de hombre, de sociedad, de felicidad, del lugar de Dios entre los hombres. Pero en este terreno pareciera que no hay “relato”… o sigue estando el de la Concertación, administrado, eso sí, con mayor eficiencia… Plop.




