¿La intolerancia como sistema?
Max Silva Abbott | Sección: Política, Religión, Sociedad
De acuerdo a lo que podría llamarse la “verdad oficial”, vivimos en sociedades democráticas, donde la tolerancia hacia las ideas ajenas, fruto de la libertad de conciencia, derivada a su vez de la dignidad humana, es un pivote fundamental. Precisamente, el mismo sistema democrático viene a ser un modo de coexistencia pacífico ante esta realidad, que busca evitar la violencia para convivir como seres civilizados.
Sin embargo, bajo esta apariencia, hace ya bastante tiempo que afloran de manera cada vez más común, muestras no sólo de una intolerancia patente e iracunda, sino además, de un totalitarismo que nada tiene que envidiar a los de viejo cuño.
En efecto, recientemente en España, el cardenal y arzobispo de Madrid, no pudo dar una conferencia en la Universidad Autónoma de Madrid, ante la presión de grupos radicales que amenazaron con boicotear el acto académico (mostrando así un nulo espíritu universitario), llegando incluso a temerse por su seguridad física. Algo similar a lo ocurrido hace poco más de un año con Benedicto XVI en la Universidad de La Sapienza, en Roma.
Si a esto añadimos, tal como está ocurriendo en varios países de Occidente, la pretensión de algunos sectores de controlar la educación en materia política, moral y sexual, el retiro de los símbolos religiosos, pese a constituir parte integral de su historia, o la auténtica imposición de diversas materias elevadas a la categoría de “verdad oficial” (ecología, calentamiento global, género y homosexualidad, entre otras), parece que la supuesta tolerancia, base de la convivencia democrática, se va pareciendo cada vez más a una patética burla, cuando no a una pantalla para imponer un pensamiento único.
Hay que decirlo claro: del momento en que una postura –no importa cuál– no es capaz de convivir con otras y se cree con el derecho a imponerse por cualquier medio (legal, económico, cultural, violento, etc.), es momento de darse cuenta que estamos en realidad, frente a un lobo disfrazado de oveja. Porque la verdadera tolerancia debe demostrarse no sólo con slogans o frases hechas, sino con actos concretos.
Además, si al mismo tiempo se señala por estos sectores que en atención al pluralismo ético de nuestras actuales sociedades, es necesario arribar a diversos consensos, la actitud descrita es cualquier cosa menos el camino para alcanzarlos. Al revés, pareciera que ya se ha construido toda una antropología y una ética desde algunas premisas determinadas, y el objetivo es, simplemente, imponer dicho punto de vista por cualquier medio, abusando de los cauces democráticos e incluso dejando de lado los argumentos, para auxiliarse del amedrentamiento, la amenaza y hasta la eliminación de los que osan pensar distinto. ¿Es esto democracia y tolerancia?




