Mirada de futuro

Max Silva Abbott | Sección: Sociedad

Una de las ventajas de los aniversarios importantes, como un bicentenario, es que ellos permiten hacer un alto y mirar tanto los acontecimientos pasados como los desafíos y oportunidades futuros, con una perspectiva más larga que la habitual. De esta forma, es posible al menos intentar un diagnóstico global y, de ser necesario, corregir el rumbo.

Por desgracia, actualmente existe por regla muy general, una visión bastante cortoplacista, que no ve más allá de unos pocos años. Y en parte, esta mentalidad ha sido favorecida por la inevitable atracción inmediata que ejercen sobre nosotros una serie de actividades agradables con las cuales nuestra época nos invade, al punto que es verosímil estimar que nunca en la historia humana ha existido una industria de la diversión tan amplia –y dicho sea de paso, tan lucrativa– como hoy.

De ahí que fruto de esta inmediatez, no deban sorprendernos algunos cambios en la valoración de nuestras propias acciones, porque si todo es cada vez más próximo y rápido, parece muy difícil no estimar mucho más lo cercano que lo lejano, lo inmediato que lo mediato.

Así, medio atrapados en este “presente permanente”, nos vamos haciendo cada vez más insensibles e incluso ciegos para percibir realidades más lejanas, en parte, porque podrían no afectarnos tan directamente o incluso tener incidencia sobre los que vendrán después de nosotros. Sin embargo, no por ello dejan de ser importantes, y en no pocas oportunidades, son precisamente las de mayor trascendencia.

Ahora bien, si estamos cada vez más metidos en este “presente permanente”, al punto que los niveles de individualismo y también de egoísmo llegan a cotas insospechadas hasta hace pocos años, parece difícil enfrentar aquello que no tenga efectos inmediatos. Así, por ejemplo, siempre me ha producido perplejidad –con todo lo positivo que tenga esto–, el ferviente llamado que hacen varios ecologistas a pensar en las generaciones futuras a fin de preservar la naturaleza, no porque no tenga sentido, se insiste, sino porque de no mediar un cambio de actitud en nuestra forma de vida, es casi como pedirle peras al olmo.

Lo anterior se muestra, precisamente, porque respecto de otros problemas tanto o más importantes para la propia ecología humana (la erosión de la familia, el genocidio de los no nacidos, el descenso de la natalidad o el envejecimiento de la población a nivel mundial, todo lo cual está poniendo en entredicho la subsistencia de varios países), muchos permanezcan casi inmutables, como si el problema no existiera. Lo cual es perfectamente explicable, fruto de esta inmediatez que venimos comentando.

Lamentablemente, los problemas no desaparecen ni se solucionan por el hecho de no querer o no poder verlos. ¿Cuándo cambiaremos de perspectiva?