La piedad y el amor a la patria
Leonardo Bruna Rodríguez | Sección: Sociedad
La virtud de la justicia es el hábito por el cual, de manera constante y alegre, damos a cada uno su derecho, esto es, lo debido. La piedad es virtud derivada de la justicia y se define como aquel hábito que nos inclina a tributar a los padres, a la patria y a todos los que se relacionan con ellos el honor y el servicio debidos. El objeto de la piedad son todos los actos de honor, reverencia, servicio, ayuda material o espiritual, etc., que se tributan a los padres y a la patria. La razón de estos deberes de piedad es que los padres y la patria son el principio secundario de nuestro ser y gobierno. A Dios, como primer principio de ambas cosas (los padres y la patria), se le debe el culto primario y principal que se le tributa por la virtud de la religión. A los padres y a la patria, como principios secundarios, se les debe el culto especial de la virtud de la piedad.
La piedad se debe, principalmente, a los padres porque ellos son, después de Dios, los principios de nuestro ser, educación y gobierno. Pero también a la patria, porque también ella es, en cierto sentido, principio de nuestro ser, educación y gobierno, en cuanto que proporciona a los padres –y por medio de ellos a nosotros– multitud de cosas necesarias y convenientes para ello. En ella están comprendidos todos los compatriotas y amigos de nuestra patria. El patriotismo, bien entendido, es una verdadera virtud cristiana, una especie de la piedad, derivada de la justicia.
Cuatro son las principales virtudes cristianas que se relacionan más o menos de cerca con la patria: La piedad, que nos inspira formalmente el culto y veneración a la patria en cuanto principio secundario de nuestro ser, educación y gobierno. En este sentido se dice rectamente que la patria es nuestra madre. La justicia legal, que nos relaciona con la patria procurando el bien de la misma como un bien común a todos los ciudadanos, que tienen todos ellos obligación de fomentar. La caridad, cuyo recto orden obliga, en igualdad de condiciones, a amar más al compatriota que al extranjero, en cuanto es más cercano prójimo. La gratitud, por los inmensos bienes que la patria nos ha proporcionado y los servicios inestimables que continuamente nos presta.
En cuanto a los deberes con la patria, pueden reducirse a uno solo: el patriotismo, que no es otra cosa que el amor y la piedad hacia la patria en cuanto tierra de nuestros mayores o antepasados. Las principales manifestaciones del patriotismo son cuatro: Amor de predilección por sobre todas las demás naciones. Perfectamente conciliable, sin embargo, con el respeto debido a todas ellas y la caridad universal, que nos manda el amor a todos los hombres. Respeto y honor a su historia, tradición, instituciones, idioma, etc., que se manifiesta, por ejemplo, saludando y tratando reverentemente los símbolos que la representan, principalmente la bandera y el himno nacional. Servicio, como expresión efectiva de nuestro amor y veneración. El servicio de la patria consiste principalmente en el fiel cumplimiento de sus leyes legítimas, sobre todo las relativas a tributos e impuestos, condición indispensable para su progreso y engrandecimiento. En el desempeño desinteresado y leal de los cargos públicos que el bien común nos exija. En el servicio militar obligatorio y en otras cosas por el estilo. Defenderla contra sus perseguidores y enemigos interiores o exteriores. En tiempo de paz, con la palabra o con la pluma; en tiempo de guerra, empuñando las armas y dando generosamente la vida, si es preciso, por el honor o integridad de la patria.
Al sano patriotismo se oponen dos vicios: Por exceso, se opone el nacionalismo exagerado, que ensalza desordenadamente a la propia patria como si fuera el bien supremo y desprecia a los demás países con palabras o hechos calumniosos o injustos. Por defecto se opone el internacionalismo de los hombres sin patria, que desconocen la suya propia con el pretexto de que el hombre es ciudadano del mundo. Su forma más radical y peligrosa, por sus implicancias filosóficas y consecuencias religiosas, políticas y sociales, la constituye el socialismo marxista. También se le opone aquella globalización indiscriminada que tiende a uniformar ideológicamente a las naciones, borrando sus diferencias culturales y tradiciones propias.




