La sabiduría en la educación
Leonardo Bruna Rodríguez | Sección: Educación, Sociedad
Una cosa es poseer mucha información sobre algo, incluso verdadero saber práctico, útil para hacer cosas y lograr objetivos necesarios y buenos para la vida material y práctica de los hombres. Pero otra cosa muy distinta es la sabiduría. Ambos son bienes, perfecciones de la inteligencia en el conocimiento de la verdad. Sin embargo, son bienes distintos que han de ser valorados diversamente, sobre todo en relación con la educación.
Entre las partes o dimensiones fundamentales de la obra educativa se encuentra la formación intelectual. Formación consistente en ayudar al alumno a que perfeccione su inteligencia en el conocimiento de la verdad del orden de todo lo que es, y en la adquisición del hábito de ver y juzgar todas las cosas desde sus principios. Lo primero se refiere al contenido de la sabiduría. Lo segundo, en cambio, corresponde a la sabiduría como el principal de los hábitos intelectivos que dispone la inteligencia a proceder de un cierto modo – desde los principios – en el pensamiento y juicio sobre las cosas. Si la formación intelectual se ordena únicamente a la adquisición de información, datos suficientes para el obrar práctico, sea productivo o moral, sin la comprensión del sentido y del orden de la realidad, principalmente de la existencia humana, entonces se logra conocimientos en el alumno, pero no sabiduría.
Por la sabiduría, suprema de las virtudes y término final de la formación intelectual, la persona alcanza una comprensión del orden de todas las cosas, la captación del sentido general de la existencia. No requiere necesariamente un conocimiento especializado como el de las ciencias modernas, pero sí la intelección de lo que es, esencialmente, el hombre en sus diversas dimensiones, la relación de todas las demás criaturas con él y el orden de su existencia hacia el Fin último. Ser sabio es conocer la unidad que existe en la creación, unidad que da sentido a todo lo múltiple y cambiante que hay en ella. Se trata de saber qué es Dios, cómo procede todo de Él y de qué modo todo se ordena a Él. Para alcanzar sabiduría, por tanto, se requiere saber de Dios y de todas las demás cosas, principalmente del hombre, en su relación con Dios Aquello de lo que trata la sabiduría, lo que principalmente debe ser conocido por ser lo más perfecto y digno de ser contemplado y amado es Dios, el hombre y su felicidad que está en Dios (1). El conocimiento de lo demás es sólo medio para mejor conocer esto.
En cuanto incluye el conocimiento gozoso de la verdad, la sabiduría es esencial en la felicidad del hombre. La contemplación de la Verdad divina hace feliz al hombre porque en ella se consuma la unión con Dios iniciada y buscada por el amor. De hecho la Vida eterna, que comienza con el Bautismo y es plena en el Cielo, consiste en un diálogo contemplativo amoroso y beatificante del hombre con Dios, por toda la eternidad. Por esto, el sentido último de todo conocimiento y aprendizaje humano es que sirva para contemplar la Verdad divina y la verdad del hombre en su relación con Dios. Y la educación de una persona está desordenada cuando no tiende conscientemente a esto como a fin. Por otra parte, la sabiduría es condición necesaria para realizar una vida humana plena, según el designio de Dios (2). Sin conocer el orden de la vida humana en sus diversas dimensiones es imposible que el hombre viva bien y sea feliz.
Ahora bien, ha sucedido que el hombre moderno, en virtud del misterio de iniquidad que opera en su corazón, ha querido vivir de sí mismo y para sí mismo, y no de Dios y para Dios; porque de tal modo se ha amado desordenadamente a sí mismo que llegó hasta el desprecio de Dios. Y esto determinó radicalmente la comprensión del sentido y la orientación del conocimiento humano y, por tanto, de la educación en el mundo moderno.
En el orden del conocimiento, la radical autonomía del hombre frente a Dios se ha dado en la forma del racionalismo; aquella vuelta de la razón sobre sí misma y olvido del ser objetivo de las cosas. Afirmada la razón como absoluto y la anterioridad constituyente de esta respecto de la verdad objetiva del ser, el “hombre carnal” (en lenguaje de San Pablo) rechazó el ser y la verdad sobrenatural revelada por Dios, reduciendo primero el conocimiento humano sólo al racional natural. Y como consecuencia de esta separación de la razón humana respecto de la fe sucedió también que la razón se extravió de tal modo que llegó a negar en el hombre su natural capacidad de conocimiento metafísico y, con ello, la posibilidad de saber racionalmente de Dios y del hombre en su relación con Dios (3). El conocimiento humano cierto se reduce hoy sólo al de la ciencia positiva, al fenoménico o empíricamente constatable. Privada de la fe y negada su capacidad metafísica la razón del hombre moderno quedó de tal modo aprisionada en el mundo corpóreo que ya no puede, por lo menos a través de la ciencia y de la filosofía actual, saber de Dios y del hombre y, con ello, alcanzar el conocimiento de la unidad y el orden de la existencia. Se hizo incapaz de sabiduría.
La mencionada reducción del conocimiento humano operada en la modernidad ha servido, ciertamente, para el desarrollo de una ciencia positiva que verdaderamente posibilita, mediante la técnica, el dominio efectivo de la naturaleza y, con ello, enormes posibilidades para el hombre. Y esto es, en sí mismo, sin duda algo muy bueno. Sin embargo, sobre la base del éxito alcanzado por el desarrollo de la técnica, se ha dado que el conocimiento humano es valorado exclusivamente en su función práctica. Así, actualmente un conocimiento sólo tiene sentido y valor si sirve para algo práctico, y en la pedagogía moderna, salvo excepciones, se enseña exclusivamente en orden a la praxis, en orden a la acción, principalmente productiva. Por este camino se realizó aquel propósito profundo para el cual nació el racionalismo: el hombre viviendo de sí mismo y para sí mismo en la más absoluta autonomía respecto de Dios. Efectivamente, la negación del conocimiento teórico de tipo filosófico – únicamente por el cual se puede reconocer el ser y la verdad objetiva de las cosas y, así, ascender a Dios a partir de la criatura – y la consiguiente reducción del conocimiento humano cierto y valioso al mero saber práctico, ha conseguido que el hombre quede vuelto únicamente sobre el mundo y sobre su propio obrar en el mundo y, de este modo, sobre sí mismo. Ya no hay sabiduría porque, en el fondo, no interesa un tipo de conocimiento que lleve al hombre hacia algo distinto y superior a sí mismo.
Pero esto ha tenido también otros costos. El conocimiento científico moderno, progresivamente especializado, sumerge al hombre en la materia impidiéndole la mirada de conjunto. El saber humano de las cosas, por falta de sabiduría, queda fragmentado, dividido en compartimentos cerrados sin conexión entre ellos. La incapacidad de reconocer la unidad y el orden de todas las cosas impide una vida unificada. La pérdida del sentido de la existencia tan propia del hombre moderno, abrumado por una sobrecarga de información no integrada en una visión de conjunto, verdadera y coherente, conduce naturalmente al desquiciamiento psicológico, al estrés y la neurosis. Por otra parte, el conocimiento y dominio de la naturaleza se vuelve contra el mismo hombre cuando se usa sin sabiduría, sin el reconocimiento del orden de las cosas (4). Actualmente existen muchos ejemplos de conocimientos y técnicas que mal usados producen daño al mismo hombre. Basta solamente pensar en la impresionante aplicación de la técnica para atentar contra la vida humana precisamente cuando es más débil e indefensa.
En consecuencia, educar en orden a la sabiduría aparece especialmente urgente en nuestros tiempos (5); si queremos realmente que nuestros niños entiendan y vivan prácticamente su existencia orientados a su Fin trascendente. Lo exige la auténtica libertad y originalidad de sus vidas, que es imposible sin la contemplación de la verdad. El término de la formación intelectual de un niño ha de ser un conocimiento sólido y coherente, esto es, fundamentado y relacionado, de toda la realidad en su conjunto; una visión de síntesis en la que Dios, el hombre, el mundo y la historia sean comprendidos en la unidad del designio sabio y amoroso de Dios para el hombre. Sin la verdad revelada, aceptada por la fe y sin el conocimiento metafísico, la mirada sobre el hombre, reducida a su dimensión sólo material y práctica, conduce inevitablemente al olvido de su dignidad personal y, consecuentemente, al trato indigno de su ser personal según los principios propios del utilitarismo actual (6). El conocimiento alcanzado sin sabiduría, en los años de formación escolar y universitaria, puede fácilmente orientarse a la exaltación de sí mismo y al dominio utilitarista de los otros. Conocimiento que puede servir para el éxito laboral y económico, pero que deja al hombre encerrado en sí mismo, reducido a la materia y al tiempo, porque faltó sabiduría.
El buen profesor, por tanto, con su palabra sabia comunica el sentido y el orden de todo aquello que enseña, y no se limita a proporcionar meramente datos o información sobre aquello. Intenta no sólo el obrar práctico de su alumno, el mero hacer y no hacer, aunque sea moralmente recto, sino que habla en serio a su entendimiento, ayudándole a ver y admirar el orden maravilloso de su existencia, a comprender el sentido de todas las cosas. Ordena el dato a la comprensión del orden, como el medio al fin. Para esto, el que educa requiere contemplar el fin de la vida humana y la relación de todo lo que enseña con ese fin, requiere una síntesis verdadera, personalmente lograda, en orden a la cual debe conducir permanentemente al alumno. La clase, y en realidad toda obra educativa verdadera y fecunda, ha de tener un carácter esencialmente contemplativo. Exige, ciertamente, información, estudio y comprensión rigurosa de los distintos elementos y fundamentos requeridos para la comprensión del orden, pero el fin es siempre la síntesis, la intelección del sentido de lo estudiado o pensado en el orden general de la existencia humana. (7)
Notas:
(1) “Dios ha puesto en el corazón del hombre el deseo de conocer la verdad y, en definitiva de conocerle a Él para que, conociéndolo y amándolo, pueda alcanzar también la plena verdad sobre sí mismo” (Juan Pablo II, Fides et ratio, prólogo).
(2) “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo Encarnado… Cristo, el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 22).
(3) “… la razón misma movida a indagar de forma unilateral sobre el hombre como sujeto, parece haber olvidado que éste está también llamado a orientarse hacia una verdad que lo trasciende… Así ha sucedido que, en lugar de expresar mejor la tendencia hacia la verdad, bajo tanto peso la razón saber se ha doblegado sobre sí misma haciéndose, día tras día, incapaz de levantar la mirada hacia lo alto para atreverse a alcanzar la verdad del ser” (Juan Pablo II, Fides et ratio, 5).
(4) “El hombre actual parece estar siempre amenazado por lo que produce, es decir, por el resultado del trabajo de sus manos y más aún por el trabajo de su entendimiento, de las tendencias de su voluntad. Los frutos de esta múltiple actividad del hombre… al menos parcialmente, en la línea de sus efectos, se vuelven contra el mismo hombre; ellos están dirigidos o pueden ser dirigidos contra él… El hombre por tanto vive cada vez más en el miedo. Teme que sus productos, naturalmente no todos y no la mayor parte, sino algunos y precisamente los que contienen una parte especial de su genialidad y de su iniciativa, puedan ser dirigidos de manera radical contra él mismo” (Juan Pablo II, Redemptor hominis; cf. Fides et ratio, 45-48).
(5) “Nuestra época, más que ninguna otra, tiene necesidad de esta sabiduría para humanizar todos los nuevos descubrimientos de la humanidad. El destino futuro del mundo corre peligro si no se forman hombres más instruidos en esta sabiduría” (Concilio Vaticano II, Gaudium et spes, 15).
(6) “Sin esta referencia (hacia la verdad que lo trasciende), cada uno queda a merced del arbitrio y su condición de persona acaba por ser valorada con criterios pragmáticos basados esencialmente en el dato experimental, en el convencimiento erróneo de que todo debe ser dominado por la técnica” (Juan Pablo II, Fides et ratio, 5).
(7) “El fin de toda ciencia y de todo arte es la perfección del hombre, que es su felicidad” (Santo Tomás de Aquino, In Metaph., prólogo).




