Castidad
P. Raúl Hasbún | Sección: Religión, Sociedad
No voy a pedir permiso antes, ni daré disculpas después, por atreverme a escribir en defensa y elogio de la castidad. Las grandes culturas milenarias, conformantes del patrimonio ético de la humanidad, han sido unánimes en custodiar celosamente la práctica personal y el valor social de esta virtud. Leyendo con inteligencia las leyes del ser, reconocieron que en el ejercicio de la sexualidad se plasman los valores más específicos de la persona humana: comunión de personas, creación de vida. Buena parte de los códigos morales y jurídicos de vertiente hebrea, cristiana e islámica se destina a tipificar minuciosamente lo que es lícito y lo que ha de ser prohibido y castigado en tan delicada materia. La virginidad prenupcial, la fidelidad conyugal, la sanción rigurosa del adulterio y, por cierto, la exigencia de un clima familiar, escolar, público y social amigable con el pudor y hostil a la pornografía y prostitución recorren transversalmente esas tradiciones y convenciones religiosas y plasman en buena medida las normas de derecho de sus respectivas sociedades.
En nuestro Código Penal abunda la tipificación de delitos “contra la moralidad pública y contra la integridad sexual”. Una porción significativa de su articulado ha sido materia de reformas legales aprobadas en 1999 y 2004. Y salvo en lo relativo a la despenalización del adulterio y de la sodomía entre adultos, la tendencia de dichas reformas apunta a crear nuevas figuras o penalizar con creciente rigor el bien jurídico de la libertad e indemnidad sexual, con particular énfasis en el resguardo de los menores. En un cotejo porcentual, nuestra legislación secular consagra mayor espacio a la protección del recto ejercicio de la sexualidad que el que es dable encontrar en el Catecismo de la Iglesia católica. Incluso el pudor, concepto que parecería reservado a la ascética religiosa, es un bien jurídicamente tutelado en nuestro ordenamiento constitucional y penal.
Y es que el modo en que se conciben y ejercen las facultades sexuales es un modelo predictivo del auge o decadencia de las culturas. Sin apelación a motivos religiosos, el comunismo chino considera ilegales, inmorales y sicológicamente dañinas las relaciones prematrimoniales; favorece el aprecio de la virginidad y reprime la pornografía. El Presidente Bush destinaba millones de dólares anuales para que a través de las políticas de salud pública se promoviera la castidad prenupcial. Ya no es sólo cuestión de fe o moral religiosa: es prioridad de salud pública, conciencia de que sin educación de la sexualidad se corrompe el ambiente, se destruye la familia, se degrada la persona.
Castidad no es otra cosa que el ejercicio racional de las facultades apetitivas en materia sexual. Lo mismo que se exige frente al dinero, al poder, al alcohol y a las drogas: templanza, dominio de sí. Vivir como seres racionales. No pediré permisos ni disculpas por hablar de eso.
Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Revista Humanitas, www.humanitas.cl.




