Caravaggio superstar

Luis Sánchez de Movellán de la Riva | Sección: Arte y Cultura

Hace cuatrocientos años, un 18 de julio de 1610, fallecía uno de los artistas más famosos, apasionados y controvertidos de la pintura barroca italiana, el legendario Michelangelo Merisi da Caravaggio. Quizás sea el momento de recordar y celebrar a uno de los pintores más excepcionales de la historia del arte que rompió con los manieristas cinquecentistas y con el eclecticismo de los Carracci, aceptando un nuevo principio estilístico.

La pintura de Caravaggio, rompiendo todo lazo de continuidad, nos ofrece un intenso realismo y unos sorprendentes estudios lumínicos. Toma como fuente de inspiración el mundo que le rodea. Todo lo que ve, lo vulgar, las escenas y tipos populares, lo traslada a sus lienzos sin el tamiz idealizador de los clásicos. Realza las figuras y escenas por los efectos de luz, haciéndolas destacar sobre el fondo oscuro. La luz no se difunde suavemente, sino que surgiendo de un vano lateral cae crudamente sobre las escenas, delimitando claramente las formas iluminadas, en las que los colores adquieren vivas tonalidades. La escena tiende a simplificarse y la importancia de las figuras se halla establecida en función de la luz.

Durante este año cada una de las obras de Caravaggio –incluido el inédito Martirio de San Lorenzo, con clarísima factura caravaggiana– ha sido analizada y profundizada mediante exposiciones, artículos, seminarios y eventos de todo tipo. Todo el universo del artista se ha convertido en noticia mediática. El propio Caravaggio ha devenido en un auténtico superstar. Como muestra, la “Noche Blanca” que Roma le ha dedicado y en la que ha conseguido reunir a más de 25.000 personas, diseminadas por las iglesias romanas y la Galleria Borghese. Es toda una novedad que un pintor muerto hace cuatrocientos años consiga reunir un número de personas más propio de un discjockey de moda o de una estrella del rock.

El impacto colectivo del pintor barroco se puede ilustrar con el boom producido por la exposición “Caravaggio e caravaggeschi” del florentino Palazzo Pitti, al que debemos sumar los más de 600.000 visitantes a la exposición romana de la Scuderie del Quirinale. Se ha desatado en Italia una fiebre caravaggista que amenaza con convertir al propio Caravaggio en un nuevo Jim Morrison. Incluso ya hay quien propone que el aeropuerto milanés de Malpensa pase a denominarse con el nombre del artista barroco.

La fascinación que ejerce la figura de Caravaggio quizás sea un signo de la desorientación cultural de nuestro tiempo. Si existen grupos en Facebook que se apropian de su nombre, si se multiplican las publicaciones y las obras audiovisuales que lo recrean, es probablemente porque Caravaggio posee ese mínimo común denominador de la genialidad que hace que todos se pongan de acuerdo. Parece que Leonardo y Miguel Ángel son ya unos dinosaurios, Rafael está muerto desde hace por lo menos cien años y Velázquez no “pone” a los jóvenes. Caravaggio sorprende, pues sigue siendo, contra todo pronóstico, un forever young, como Rimbaud o James Dean.

Caravaggio gusta porque parece que elimina ese filtro intelectual que se interpone entre la obra y el espectador. Observamos a un artista que habla como nosotros, que no esconde esotéricamente el significado de sus cuadros en una simbología que desconocemos. Caravaggio es la muerte del audioguía, de la mesa arcánica, del erudito del arte que nos desvela los secretos iniciáticos del maestro reverenciado. Caravaggio cumple a la perfección y de forma genial con las dos grandes máximas de la creación pictórica: una, la representación de la identidad (en la cual, por cierto, fueron insuperables Tiziano o Velázquez), es decir, la posición del hombre en el mundo y la conciencia de sí mismo; y, la otra, la representación de la realidad (en la que destacan magistralmente Giotto o Masaccio), es decir, el intento de remover toda la supraestructura que se interpone entre la mirada del artista y su pincelada.

El peintre maudit, irascible y violento, que frecuentaba malas compañías, que se sentía más a gusto entre mujeres de mala nota y muchachos de la calle que entre gentilhombres y prelados, fue un espíritu auténticamente religioso que comprendió la espiritualidad más pionera, portando las ideas y las sensibilidades más avanzadas en la estética cristiana moderna.

Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Análisis Digital, www.analisisdigital.com.