Sobre el orden del alumno y la autoridad del profesor en la sala de clases

Leonardo Bruna Rodríguez | Sección: Educación, Familia, Sociedad

La obra educativa del profesor en el colegio no es lo mismo que la de los padres en el hogar. Lo propio del profesor es la formación académica, enseñar lo que los padres no pueden dar a sus hijos (ciencias, artes, formación deportiva, etc.). La dimensión moral de la educación, que es fundamentalmente la formación del niño en la virtud moral, es tarea primariamente de padres. Sin embargo, en la sala de clases, un buen profesor puede y debe cooperar también con los padres ayudando en la adquisición de hábitos, sin los cuales, por otra parte, no puede propiamente enseñar. Y respecto de este tema queremos aportar algunos elementos para la reflexión sobre la educación.

Para que se constituya verdaderamente una clase, además de la ciencia en el profesor, se requiere necesariamente el orden del alumno en la sala. Orden interior, una cierta serenidad del alma, por la regulación racional de las tendencias causada por la virtud moral. Y orden exterior, dado por aquellos hábitos propios de la vida escolar – puntualidad de la clase; orden, limpieza y belleza en la sala; pulcritud de cuadernos y textos, corrección en el lenguaje, en la presentación personal y el uniforme; cumplimiento de normas y silencio del alumno, etc. – que, sumados, manifiestan interiormente al niño que se encuentra en algo serio y bueno para él. Ciertamente, es fundamental que el profesor tenga ciencia de lo que enseña, sin lo cual no se suscita en el alumno la admiración y el amor por esa verdad, condición necesaria para el inicio de la dinámica educativa. Pero también es cierto que sin el orden mencionado, por muy verdadera que sea la clase, el niño no valora, ni siquiera se entera de lo que se está presentando.

Sin el orden exterior mencionado el alumno no se da cuenta de que está en algo valioso, la sala de clases no le aparece como un lugar en que vale la pena estar, porque allí se encuentra con lo que es noble, bello y verdadero. El profesor, en cuanto profesor, no será respetado y la clase será apreciada, en el fondo, como algo vulgar en la cual el fin será buscar constantemente poder divertirse, divagar con su imaginación y memoria sensible o, simplemente, descansar. Por otra parte, la falta de aquel orden interior, más difícil de alcanzar porque es resultado de virtud moral, y que se manifiesta en la forma de ese “ruido interior” que son las pasiones desordenadas (deseos, aversiones, iras, melancolías, tristezas, temores, odios, etc.), impiden la atención, concentración y activa aplicación de la mente a la consideración de la verdad significada en lo que ve, oye y lee en la clase. Podría darse orden exterior en una sala y un niño, en ella, estar incapacitado para estudiar y aprender por falta de ese orden más profundo, que es el interior.

Ahora bien, en relación al orden hay dos elementos conexos y absolutamente esenciales en la educación, que son la obediencia y la autoridad. El orden es consecuencia de la obediencia del estudiante y de la autoridad del profesor. La obediencia es una de las virtudes fundamentales en la formación de la persona y consiste, esencialmente, en ponerse voluntariamente bajo la palabra directiva de otro o, mejor, dejarse conducir por el superior. Obedecer supone humildad y reconocimiento de la verdad de la autoridad, y hace crecer mucho en libertad, pues, subordinar voluntariamente el propio deseo o querer a la palabra del superior causa ese aumento progresivo del dominio de sí mismo, que es la libertad. Es evidente, por el contrario, que el cumplimiento irrestricto y constante del propio deseo produce cada vez más dependencia respecto de circunstancias pasionales, debilidad de carácter y un ensimismamiento tal, que hacen muy difícil una vida moral plena y, por lo mismo, profunda y fecunda vida intelectual. Sin la convencida y esforzada obediencia del niño a la palabra verdadera de su autoridad, no adquiere aquellos hábitos escolares y virtudes morales, por los cuales se constituye en él aquel orden interior de sus tendencias, indispensable para la aplicación serena y constante de sus facultades cognoscitivas al estudio.

Pero la obediencia presupone autoridad. Tiene naturalmente autoridad todo aquel que, en virtud de su estado (padre, profesor, etc.), debe ordenar la vida de aquellos que están bajo su cuidado. Sin embargo, existe una autoridad sobreañadida, llamada “moral”, espontáneamente reconocida y que no necesariamente está presente en aquel que es autoridad por su estado. Esta última es necesaria para lograr convencida obediencia o, por lo menos, disposición a la obediencia, en la obra de la educación.

No es autoridad, en este segundo sentido, el que meramente dice lo que todos dicen, o impone con violencia su querer, sino aquel que dice una palabra verdadera realmente entendida, y vive en coherencia con ella. Lo que mueve interiormente al niño no son tópicos o frases verdaderas dichas sin pensamiento, diríamos un “formalismo verbal pedagógicamente correcto” pero carente de actividad intelectiva que permita decir verdad desde sí mismo; ni tampoco la sola amenaza de castigo, y menos la violencia. Le mueve interiormente, aunque le cueste cumplirlo en su vida, la verdad reconocida en aquel que la dice con autoridad. Más aún, se entera profundamente de que es verdadero, y que se puede realizar, cuando ve que esa persona vive coherentemente y en paz según la palabra que dice. Y nos referimos a la verdad entendida y pensada tanto de los contenidos enseñados en las asignaturas, verdad que mueve al niño al estudio serio y, también, a la verdad sobre la vida moralmente recta, que le mueve a la virtud y la obediencia.

La profunda y serena convicción sobre la verdad de lo que es el bien intelectual y moral de sus alumnos, que es fruto de pensamiento y amor a los que enseña, es el fundamento de la consistencia y perseverancia del profesor en el ejercicio de su autoridad. Permanencia y constancia en el decir verdadero, y en la exigencia cotidiana del orden establecido y de las normas de la clase. Sin esto no logra la obediencia de su alumno, porque no le reconoce como autoridad. Y sin obediencia, tampoco se da el orden, interior y exterior, necesario para que se constituya verdaderamente una clase seria en la que realmente se pueda aprender.

Hoy encontramos dos errores graves que destruyen la autoridad. Uno es el relativismo y, otro, la falsa reducción del ejercicio de la autoridad al autoritarismo. Respecto del primero, es muy claro que ningún profesor verdaderamente relativista podrá propiamente enseñar en aquellas materias en las que, actualmente, se cree que todo es relativo (religión, filosofía, ética, historia, arte, etc.). Y, en cuanto relativista en el plano moral, tampoco podrá sostenerse, por falta de convicción interna, en el ejercicio constante de su autoridad en relación a los hábitos y exigencias disciplinares de los alumnos; sobre todo si se añade el esfuerzo y sacrificio que implica, tanto en el alumno como en el profesor.     

Y en cuanto a lo segundo, es cierto que el autoritarismo, como ejercicio violento de la autoridad, es reprobable. Pero no es verdad que ejercer autoridad sea sinónimo de autoritarismo. Sólo es violento para un niño el ejercicio injusto de autoridad, ese que le impide actuar en conformidad con el orden de su naturaleza, como cuando se le prohíbe ser pudoroso o rezar, o aquel que le mueve derechamente a actuar en contra de dicho orden, como la moción a la impureza o a la desobediencia a sus padres. Pero que el niño se resista, “pataleando”, o sufra el esfuerzo que implica realizar el bien arduo que se le manda, y evitar lo placentero ilícito que se le prohíbe, supuesto el modo debido en la exigencia, no significa que padezca violencia. En realidad, es lo que en el fondo espera de su educador, porque es lo que íntima y naturalmente quiere hacer, a pesar de la resistencia que le opone la obscuridad y debilidad de su naturaleza, en cuanto (y sólo en cuanto) herida por el pecado. Y es lo que agradecerá inmensamente cuando haya sido educado, porque gracias a esa  ordenación de su vida que, con amor y sacrificio le regaló su autoridad, pudo obedecer, adquirir hábitos académicos, virtudes morales y, por lo mismo, estudiar y aprender de verdad.