Por un renacimiento del arte iluminado por la fe

Jesús Colina | Sección: Arte y Cultura, Religión

07-foto-1Ha sido uno de los momentos por los que será recordado el pontificado de Benedicto XVI: el inicio de un camino que no se sabe aún a dónde llevará. En la Capilla Sixtina, Benedicto XVI congregó a unos 260 artistas de renombre internacional en las diferentes expresiones, con un objetivo declarado: superar la brecha que desde hace décadas se da entre el mundo artístico y la Iglesia.

Algunos de los artistas que se encontraron con Benedicto XVI eran españoles, como el tenor Plácido Domingo, el arquitecto Santiago Calatrava, el escultor Venancio Blanco o el pintor José Cosme. Estaban también el actor mexicano asentado en Los Ángeles Eduardo Verástegui; el estadounidense Bill Viola, considerado padre del videoarte; la escritora italiana Susanna Tamaro; el cantante Andrea Bocelli; el compositor Ennio Morricone…

La belleza, camino a Dios

Benedicto XVI acogió a sus huéspedes –algunos no eran católicos, ni siquiera cristianos– con un discurso en el que se adentró en el sentido de la auténtica belleza, que presentó como camino para llegar a Dios. «Con demasiada frecuencia –dijo–, sin embargo, la belleza de la que se hace propaganda es ilusoria y falaz, superficial y cegadora hasta el aturdimiento y, en lugar de sacar a los hombres de sí y abrirles horizontes de verdadera libertad, empujándolos hacia lo alto, los encarcela en sí mismos y los hace ser todavía más esclavos, quitándoles la esperanza y la alegría. Se trata de una belleza seductora, pero hipócrita, que estimula el apetito, la voluntad de poder, de poseer, de prepotencia sobre el otro, y que se transforma, rápidamente, en lo contrario, asumiendo los rostros de la obscenidad, de la transgresión o de la provocación en sí misma».

07-foto-2La auténtica belleza, por el contrario, según el Papa, «abre el corazón humano a la nostalgia, al deseo profundo de conocer, de amar, de salir hacia el otro, hacia más allá de sí mismo. Si aceptamos que la belleza nos toque íntimamente, nos hiera, nos abra los ojos, entonces redescubrimos la alegría de la visión, de la capacidad de comprender el sentido profundo de nuestro existir, el misterio del cual somos parte y del cual podemos obtener la plenitud, la felicidad, la pasión del compromiso cotidiano».

Según el Santo Padre, «la belleza, desde la que se manifiesta en el cosmos y en la naturaleza hasta la que se expresa a través de las creaciones artísticas, a causa de su característica de abrir y ampliar los horizontes de la conciencia humana, de llevarla más allá de sí misma, de asomarla al abismo de lo infinito, puede convertirse en un camino hacia lo trascendente, hacia el misterio último, hacia Dios». Por este motivo, consideró, sorprendiendo a muchos de los presentes, «el arte, en todas sus expresiones, en el momento en el que se confronta con las grandes interrogantes de la existencia, con los temas fundamentales de los cuales deriva el sentido de vivir, puede asumir una validez religiosa y transformarse en un recorrido de profunda reflexión interior y de espiritualidad».

Llegó así a proponer ese «camino de la belleza» que nos conduce «a tomar el Todo en el fragmento, el Infinito en lo finito, Dios en la historia de la Humanidad». Y citó a Simone Weil, cuando escribía: «En todo aquello que suscita en nosotros el sentimiento puro y auténtico de lo bello, está realmente la presencia de Dios».

La Iglesia necesita a los artistas

07-foto-3Tras haber mostrado la necesidad que tiene de Dios el artista, el discurso del Papa evolucionó hasta constatar la necesidad que tiene la Iglesia de los artistas: «Para transmitir el mensaje que Cristo le ha confiado, la Iglesia tiene necesidad del arte», dijo.

El encuentro concluyó con un «amigable y apasionado llamamiento», como el mismo Pontífice lo definió: «Sois los custodios de la belleza, tenéis, gracias a vuestro talento, la posibilidad de hablar al corazón de la Humanidad, de tocar la sensibilidad individual y colectiva, de suscitar sueños y esperanzas, de ampliar los horizontes del conocimiento y del compromiso humano».

Un divorcio arte-Iglesia

El encuentro, posible gracias a los esfuerzos del arzobispo italiano Gianfranco Ravasi, Presidente del Consejo Pontificio de la Cultura y de la Comisión Pontificia para los Bienes Culturales de la Iglesia, tenía por objetivo recordar los diez años de la Carta que Juan Pablo II escribió a los artistas, así como los 45 años del primer encuentro de estas características, que convocó el Papa Pablo VI, el 7 de mayo de 1964, en ese mismo lugar. Aquel Papa, al igual que Joseph Ratzinger, sintió en su propia piel el drama que, sobre todo en el siglo XX, se verificó con el paulatino alejamiento de los grandes exponentes del mundo artístico de la Iglesia. Un divorcio entre arte y fe por el que la evangelización ha pagado un precio elevadísimo.

Restablecer la amistad

07-foto-4Como el mismo Benedicto XVI constató, las palabras que pronunció en aquella circunstancia resuenan todavía hoy bajo la bóveda de esta Capilla Sixtina: «Nosotros os necesitamos –reconoció entonces el Papa Giovanni Battista Montini–. Nuestro ministerio necesita vuestra colaboración. Porque, como sabéis, nuestro ministerio consiste en predicar y hacer accesible y comprensible, es más, conmovedor, el mundo del espíritu, de lo invisible, de lo inefable, de Dios. Y en esta misión… vosotros sois maestros. Es vuestro oficio, vuestra misión; y vuestro arte consiste en aferrar del cielo del espíritu sus tesoros y revestirlos de palabra, de colores, de formas, de accesibilidad».

El Papa continuó citando el histórico discurso de su predecesor: «Y si nos faltara vuestra ayuda, nuestro ministerio se haría balbuciente e incierto, y tendría necesidad de hacer un esfuerzo, diríamos, para ser artístico en sí mismo, es más, convertirse en profético. Para alcanzar la fuerza de la expresión lírica de la belleza intuitiva, necesitaría hacer coincidir el sacerdocio con el arte».

Benedicto XVI asumió, por tanto, el compromiso de «restablecer la amistad entre la Iglesia y los artistas», y les pidió hacer lo propio y compartirlo, «analizando con seriedad y objetividad los motivos que habían turbado esa relación, asumiéndose, cada quien con valentía y pasión, la responsabilidad de un renovado y profundo itinerario de conocimiento y de diálogo, de cara a un auténtico ‘renacimiento’ del arte en el contexto de un nuevo humanismo».




Nota: Este artículo fue publicado originalmente por Alfa y Omega, www.alfayomega.es.